Agorafobia

Vuelve a dolerme la cabeza. Otra vez. Exactamente igual que el resto de los días de mi encierro aquí, junto a estas personas que empezaron siendo desconocidos del día a día. Avanzo hasta la planta baja y miro fuera, al día claro que amanece entre los edificios. Me pregunto qué lo habrá causado, qué nos ha pasado por dentro, y si habrá cura a nuestro mal. Es extraño cómo podemos quedarnos apoyados a ras de cristal para ver cómo la ciudad se hunde ante nuestros ojos pero somos incapaces de salir a la calle.

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Fuera, la naturaleza ya se ha abierto camino sin nuestras restricciones. Después de casi dos años de reclusión, las plantas han invadido la ciudad que tardamos años en levantar. Las calles se han convertido en pastizales cubiertos de hierba crecida sobre el humus de dos otoños, y los roedores campan a sus anchas. Jaume dijo que hace dos días vio un lobo, pero bien pudo haber sido un perro. Además, también dijo hace unos meses que había visto un ciervo.

Avanzo hacia la improvisada cocina, con su salida de gases hacia la calle, y cojo mi desayuno diario. Está servido sobre uno de los platos de barro que Mario horneó casi al principio. Era bueno en lo que hacía hasta que se descubrió que robaba comida. Dos oportunidades más tarde para comportarse después, fue expulsado a la fuerza del edificio. Murió casi al instante de un ataque de pánico. Sus huesos aún pueden verse en la plaza frente al edificio, cubiertos de vegetación y limpios por los pájaros.

Subo con mi ración hasta el segundo piso y saludo a uno de los de contabilidad. Tiene barba larga, al igual que yo. Al igual que todos. Ahora, parece que solo hay un estilo de varón: demacrado y con barba. No recuerdo su nombre, aunque varias veces nos tocó cavar juntos para localizar el metro. Me siento en una de las mesas de oficina que quedan sin quemar y miro al horizonte de Madrid.

Hace más de un año desde el último gran incendio. Ahora, la humedad de la ciudad y la podredumbre hacen imposible que vuelva  a desatarse el fuego. Lo cual nos tranquiliza bastante, la verdad. Especialmente al principio, cuando los edificios de la zona aún no estaban conectados con la red que crecía en el suburbano, el temor a quemarnos vivos en nuestro edificio de oficinas nos destrozaba por dentro. Fueron meses duros, cuando veíamos cómo las raciones empezaban a escasear.

Por suerte, una mañana de abril irrumpimos en un cuarto de mantenimiento de la estación de Cuzco tras semanas de excavar. Entre las estaciones de Plaza de Castilla y Nuevos Ministerios, y haciendo uso de los carritos que teníamos en la oficina para trasladar documentos, pronto nos convertimos en improvisados transportistas de la línea 10 norte. Llegábamos desde Tres Olivos hasta Alonso Martínez, donde acabamos pactando con otros grupos el dominio de aquél territorio.

—Demasiado pacífico, ¿no?—recuerdo que dije en voz alta con los responsables de la reunión cuando volvieron.

—¿Qué esperabas? ¿Una pelea a muerte por el dominio de la red de metro? Luchar es estúpido, solo trae problemas a largo plazo. Ellos mueven la mercancía por el centro, y nosotros nos encargamos de este pequeño tramo de línea. Créeme, casi es más de lo que podemos abarcar con nuestros carros. Necesitamos algo más resistente.

Dos semanas más tarde, les compramos a unos tipos alojados en un supermercado de Alonso Cano un centenar de carritos con los que íbamos y veníamos por nuestra línea a cambio del transporte de casi ochocientos kilos de tierra húmeda para cubrir el suelo del supermercado sobre el que ahora crecen hongos.

Decían, antes de que todo empezase, que la humanidad reaccionaba bien ante los ataques de la naturaleza. Y tenían razón. Hasta ahora, no ha habido ni una sola reyerta en toda la red de metro en casi dos años. El que tiene comparte lo poco que ha conseguido arrancar de la tierra con quien lo necesita, y el censo que tratan de movilizar ya habla de cifras que rondan los dos millones de personas.

La tierra y las semillas fue lo más cotizado al principio, pero tras la primera gran cosecha se extendieron más de cincuenta tipos de semillas por toda la red. Y la tierra no ha dejado de moverse desde que empezó a excavarse más allá de los túneles antiguos.

La red de metro se ha convertido en nuestras nuevas calles y comercios. Las plantas de los edificios en nuestros huertos y granjas. Ahora, casi todas las estaciones tienen huevos, muchas ya tienen cerdos, y una decena de grupos de voluntarios se dedican en exclusiva a plantar hongos por toda la red, enseñando a quien no sabe a sacar partido de la tierra. Cogemos esta y, revuelta, la subimos a los edificios donde cultivamos frutos de temporada en pisos sin ventanas.

Sin embargo, los dolores de cabeza empiezan a causar daños. Los médicos dicen que es porque los humanos no estamos hechos para vivir en los túneles, y hace meses que se ha establecido una rotación en casi todas las estaciones. Se nos obliga a dormir junto a las cristaleras y ventanas, y a pasar parte del día en habitaciones con vistas a la calle. Solo un tercio de nuestra vida pasará en los túneles. Parece que, de momento, los dolores no van a más. Quizá incluso remitan tras algún tiempo.

Termino el desayuno y miro al horizonte. En una hora tengo que entrar de nuevo a la galería a setenta metros debajo de mí para arrastrar uno de los carritos durante las ocho horas siguientes. Me pregunto si este nuevo mundo es un lugar donde podamos criar a nuestros hijos.

Hace dos días hicimos el transporte más importante de todos. Casi trescientos libros vinieron desde la biblioteca de Ascao, parcialmente inundada tras una tormenta. Nos quedamos con cincuenta de ellos y seguimos empujando el carrito al norte. Son estos pequeños sucesos los que me convencen de que sí, puede que haya futuro.

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