Al otro lado de la Esfera de Edwards

Dicen que el silencio y el vacío del espacio pueden hacer que te sientas solo, impotente ante un universo empeñado en matarte y en exterminar toda forma de vida. Dicen que es entonces cuando el síndrome de pandorum arranca y vuelve loca a las tripulaciones de las naves, que por eso nadie ha logrado cruzar la Esfera de Edwards. Lo que no cuentan estas historias es lo que nos está esperando al otro lado de esa frontera muerta.

Cartel «Al otro lado de la Esfera de Edwards»

Dock flota hacia su puesto y sobrepasa el mío, el de artillero. Él es el capitán, y lo es no porque se lo haya ganado, sino porque el anterior lo perdió cuando se arrancó los ojos unas semanas atrás. No era el pandorum, era lo que había más allá del espacio vacío que dicen que lo provoca, y nosotros escapábamos a toda prisa de aquél mar de muerte y escombros. En dirección a nuestro pequeño y cálido sistema solar.

Dos de los siete motores de impulso Vega habían sido dañados, uno como consecuencia de un accidente y otro en el último ataque de aquellos que no conseguíamos ver. Ni los infrarrojos ni el radar de impulsos electromagnéticos lograban captar nada a nuestro alrededor. Tan solo el modo en que en ocasiones se apagaban las estrellas nos hacía saber que ellos seguían a nuestra cola, tratando de alcanzarnos.

Por suerte, sus motores parecían más lentos que los nuestros, y estos los teníamos a toda la potencia que los tres reactores nucleares eran capaces de suministrar, ignorando los consejos del mecánico o su tolerancia. Por desgracia, sus armas parecían capaces de alcanzar cualquier distancia, y los golpes de sus misiles se confundían con la vibración que ofrecían nuestros moribundos reactores.

Ben había calculado, en base al primer disparo y su teórica posición relativa, que estaríamos fuera de alcance si sobrevivíamos unos diez minutos más. Algo en lo que el casco de la nave tenía algo que decir.

Construida para soportar el impacto de micrometeoritos, la Merrick aguantaba a duras penas los golpes de lo que parecían armas plásticas adosadas al casco exterior. Cinco o seis fugas de aire parpadeaban en la pantalla del ingeniero. En mi panel, dos señales avisaban de que íbamos cortos de misiles.

En principio, eran misiles para destrozar asteroides y minarlos, pero a ellos les daba igual que los dirigiésemos contra nuestros atacantes. O que, al menos, hiciésemos el intento. Salían de las toberas y se encendían sus pequeños impulsores, hasta el objetivo marcado. Habíamos sembrado nuestro rastro con ellos cuando al capitán se le ocurrió la idea de soltarlos formando redes perpendiculares a nuestro movimiento rectilíneo, de modo que habíamos soltado las balizas de veinticinco en veinticinco formando cuadrículas cuadradas con once metros de largo.

Las últimas dos redes habían dado en el blanco, de ello nos informaron las luces que veíamos por las cámaras de popa, y que nos indicaban que la explosión había sido todo un éxito. Aunque el enemigo se quedaba atrás, sus misiles seguían llegando e impactando contra el casco de la Merrick como gotas sobre un yelmo.

Nueve minutos después, apenas sí recibimos impactos. Dock levanta su manaza para hacer que yo choque la mía cuando un último golpe hace girarla nave en todas direcciones, y nos lanza sin rumbo hacia el espacio.

Al recuperar el conocimiento, percibo el frio a mi alrededor. Hay un pequeño reguero de sangre en la pared y los controles, y parte de mi pelo está reseco. He debido darme un golpe en la cabeza, y la sangre ha acabado taponando la herida. Pero con la temperatura tan baja sin pérdida de atmósfera, ha debido de ocurrir hace horas.

El cadáver de Dock flota junto a mí. Se ha partido el cuello con el impacto. Entro dentro del traje de astronauta y abro la compuerta del puente. el pasillo de veinticinco metros de la Merrick se encuentra a oscuras, y me obliga a encender mis lámparas y empezar a gastar energía.

Tras varios minutos, alcanzo la bodega de carga totalmente despresurizada. Hay una brecha circular por donde ha entrado un misil sin explotar. Las estrellas que veo al otro lado de la herida del casco me indican que seguimos girando, pero mi cuerpo se ha habituado al movimiento.

Me anclo a la entrada de la bodega y avanzo en busca del misil. Lo encuentro en menos de un minuto, perforando una de las paredes. En la parte trasera puedo leer sin problema el rótulo del cilindro. Una serie de números y letras perfectamente legibles se encuentran impresas en rojo sobre el cilindro.

Es entonces cuando todas esas historias para no dormir se vuelven realidad dentro de mi cabeza. Esas en las que los primeros humanos simplemente desaparecieron, que las primeras colonias huyeron hacia la profundidad del espacio y se volvieron locos.

«Quizá no se volvieron locos, quizá simplemente decidieron quedarse allí, y defender la soledad que acababan de ganar» pienso mientras las vibraciones se extienden por el casco de la Merrick. Miro a las estrellas a través de la grieta del casco. Están frenando. Estamos siendo abordados.

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