Aspas

Las aspas comenzaron a girar mientras todo el pueblo aplaudía. Fue en ese preciso momento en el que el milagro que había estado maquinándose a lo largo de los días de construcción dio sus frutos, en el que la realidad del agua brotando colapsó en el presente y dio forma a una nueva andanada de aplausos y rezos. El líquido se precipitó hacia el cubo colocado bajo el grifo, gota por gota.

Se trataba de un cubo medio, de los que acostumbran a incluir una fregona del todo absurda en aquél lugar repleto de barro. El pueblo carecía de recipientes mayores que ese, e hizo falta más de una hora para que el balde se llenase del todo.

Aspas

Era un agua que no se había visto nunca en la localidad, salvo las contadas gotas que caían del cielo, en pureza. Los niños que rodeaban el cuenco apenas sí se atrevían a tocar su contenido, temerosos de si aquel cristal líquido podría dañarles. La ingeniero jefe dejó escapar un par de lágrimas de emoción mientras cerraba el grifo, y el traductor explicó que era mejor dejar el agua en el interior hasta que fuese necesitada «o se la llevaría el calor del sol y de la tierra».

Los indígenas asintieron. Eran conscientes de que el agua cubierta duraba más viva que aquella que el sol podía mirar. Pues el sol era un avaro, y la reclamaba para sí a lo largo de los días hasta que ellos no tenían nada que llevarse a la boca. Y por eso salían las mujeres de la aldea, en lo que los maridos iban de caza, a por agua repleta de barro al río más cercano. Un pequeño arrollo a cuatro kilómetros de distancia al que había que acudir varias veces al día para que todos los pequeños tuviesen el líquido necesario. Y lo mismo hacían los poblados de la zona, ahogando más y más al riachuelo.

Filtraban esta agua sucia en una tina cubierta de raíces en su entrada, y dejaban reposar unas horas antes de beber. Luego, limpiaban el fango del fondo. Era así como se eliminaban algunas de las impurezas del líquido. Pero nunca hubiesen soñado con uno que tuviese tan poco color y olor. Dentro de la máquina, una ventana o muesca vertical, garabateada a los lados con alguna especie de símbolos, iba ascendiendo a medida que el agua de la atmósfera era recolectada.

Los indígenas no sabían cómo funcionaba la máquina, y ni falta que les hacía. Para ellos estaba bien robar un poco del agua que el cielo tiene en abundancia para abastecer la aldea. Poco sabían ellos sobre cómo el molino obtenía la energía del viento y del sol para generar un vacío por el que entraba el aire y desecarlo, decantando el líquido mediante su condensación. Este caía gota a gota al depósito, donde permanecía hasta que era depositada por uno de los grifos. Eso era todo lo que necesitaban saber.

La máquina podía recolectar agua hasta de noche, cuando las aspas no dejaban de girar y coger aire, y disponía de un sistema que manaba a la tierra el agua sobrante. A los tres días de llenado, resultó evidente que en la aldea ya no tendrían que viajar para recolectar líquido, dejando a la mitad de la aldea con el doble de tiempo para dedicarse a otras tareas. El contenedor almacenaba cuatro días de agua cada día, con lo que era posible hasta llenar las garrafas cerradas y dárselas a los pueblos de las inmediaciones.

Un solo molino de agua era capaz de suministrar hasta a tres aldeas cercanas, y pronto la ruta de las mujeres de la zona cambió del río lleno de barro al Poblado de las Aspas. Diez meses más tarde, y ocho molinos instalados en ocho aldeas del mismo desierto, las gentes empezaron a verter el excedente en la tierra, a cinco metros de profundidad, como les habían enseñado a hacer en los pozos que llevaban decenas de años secos.

Sin la extracción constante de agua, y con el vertido de los pocos litros sobrantes sobre el terreno, el río de barro se volvió algo más claro, y brillaba más cada día. En muchos de sus márgenes empezó a crecer una vegetación rala, cuyas semillas habían esperado siglos escondidas en la tierra.

Veinte kilómetros más allá, las gentes de otras aldeas pudieron empezar a beber esa agua de río. Y las aspas siguieron llegando, girando al viento y recogiendo sol, para seguir llenando el desierto de agua.