Atrapado entre dos renglones

Daba vueltas de un lado a otro, inquieto. Con las manos a la espalda, recorría la longitud horizontal de la página. Y volvía luego a pisar a un centímetro escaso de donde había estado, recorriendo hacia abajo la hoja.

atrapado entre dos renglones

—Esto es un disparate—repetía, saltando furioso los renglones de dos en dos—. Los personajes y las personas no pueden hablar entre ellos. Esto es un disparate.

—¿Quieres calmarte?—consigo escribir en el hueco que me deja su vaivén sobre la página llena de tinta—.Vamos a hablar esto.

Trato de seguirle, pero como todos los personajes inventados con los que uno trata de contactar, el mío estaba pasando por las primeras fases del síndrome de Cotard. Ansiaba la libertad que da estar vivo, pero reconocía que, al haber nacido impreso en hojas y no haber tenido más interacción que la que yo mismo le obligaba a tener, él no existía.

No existir, al parecer, pone a uno lo suficientemente nervioso como para no estarse quieto en el lugar en el que lo han escrito. En lugar de eso, daba absurdas patadas entre las líneas, desordenando todo el libro. La estancia, antes iluminada por la luz de unas lámparas, pronto empezó a quedar a oscuras, obligándome a escribir de nuevo el alumbrado. Cuando conseguía iluminar la habitación, él había tirado un muro, eliminado la puerta o incluso hecho girones su ropa.

—¿Quieres estarte quieto?—inquirí.

Me sorprendió que, durante un segundo, mi personaje se detuvo a mitad de página y me hiciese caso.

—¿Qué ocurre? ¿Has superado la fase de negación?—pregunté.

—¿Y si eres tú el que no eres real?—me pregunta con un deje de furia en su línea. Se acercó todo lo que pudo a mí, casi haciendo escapar las letras que lo conformaban de la página—¿Qué ocurriría si ambos estamos atrapados aquí dentro? Si no hay diferencia entre tú y yo.

—No digas bobadas, soy el escritor. Veo la hoja, yo te escribí—escribo sin demasiada confianza en la página donde se encuentra.

Pero mientras lo hago percibo ese sentimiento de caída que las personas suelen experimentar de noche, al despertar. Miro a mi alrededor. El sol entra por las ventanas del sur. Esto no parece un sueño, y tampoco me he despertado. Vuelvo al libro, donde mi personaje, furioso, trata de llamar mi atención.

Como todo personaje inventado, ansiaba la libertad a manos de su autor. Su única salida era llevarme dentro del folio, hacerme dudar, plantear dudas sobre mi propia existencia. Y, he de admitir, lo estaba consiguiendo.

—Piénsalo con detenimiento. ¿Cómo es posible que hables conmigo? ¿Cómo podemos mantener esta conversación a menos que alguien haya escrito todo?—Planteó las preguntas que flotaron en el aire durante unos segundos. Estas cayeron al suelo, mojándolo de tinta húmeda. Luego, sentenció.—Tú tampoco eres real.

Me levanté de la silla de un brinco con más miedo del que he tenido en toda mi vida. Algo no estaba bien. O bien el sol había dejado de brillar, o su tono… El tono. De nuevo esa sensación de caer.

Contemplé la estancia. Toda ella había perdido el contraste que tenía unos minutos antes. Todo rastro de color estaba desapareciendo frente a mis ojos, tomando dos tonalidades. El negro de la tinta impresa para los objetos y amarillo para el fondo sobre el que parecían escritos.

Cerré los ojos un segundo, y estiré la espalda. Di dos pasos hacia la ventana de una hoja y la levanté hasta arriba, asomando mi cuerpo por el hueco. Necesitaba aire fresco. Observé la ciudad que se abría ante mis ojos, y una lágrima oscura rodó en forma de coma por mi cara. Los edificios, carretera y vegetación se mecían con el paso de las hojas, cubiertas y conformadas por palabras. Cualquier objeto sobre el que posase los ojos se abría en un caleidoscopio de términos enlazados, como lo están las hojas de una enredadera. Aquí y allá, nubes de palabras se movían por el cielo, rodaban bajo las ruedas de los coches al pasar, y batían las eles para impulsarse en el aire.

Detrás de mí, en la habitación, mi personaje seguía gritando dentro del libro. Acompañaba sus palabras de tinta con risas nerviosas.

—¡Tú tampoco eres real!

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