Aún queda esperanza

Loren apuntó con su ballesta de madera y trató de contener la respiración. No veía a ninguno más, y eso le ponía nervioso. Una vez que la flecha atravesase el cuerpo de aquél kek, el resto acelerarían en la búsqueda de sus atacantes, y los descubrirían en pocos minutos. Los keks avanzaban siempre en manadas o grupos de más de diez miembros con ropas desgastadas por el paso de los años y las inclemencias del tiempo atentando contra sus fibrosos cuerpos.

Aún queda esperanza

Lento, con pasos torpes, aquél kek avanzaba entre los vehículos atrapados hacía años por la vegetación. Hacía décadas, mucho después de que los coches se convirtiesen en chatarra inservible por su exposición a los elementos, las plantas reclamaron lo que legítimamente les corresponde, y las carreteras fueron el medio que eligieron para propagar los bosques que vendrían después.

Los quitamiedos, canaletas y conductos de las carreteras se convirtieron pronto en finas líneas por donde las enredaderas y arbustos comenzaron a arraigar, extendiéndose desde cualquier punto con la vegetación suficiente, invadiendo las autopistas y ramificándose por todo el mundo. Desde la exposición al virus K, el efecto invernadero había retornado en menos de sesenta años, y en dos generaciones la Tierra parecía haber restaurado hasta el último de los bosques.

El asfalto, en su momento liso y continuo, se encontraba levantado por las raíces que lo agrietaban y empujaban hacia arriba, rompiéndolo en miles de pedazos de desarrollo fracasado.

Situó el visor en la cabeza de aquél kek y apretó ligeramente el gatillo. Los keks habían aparecido con la plaga, pero no era seguro si esta los había convocado o si habían sido ellos los causantes de su propagación. Lo que había quedado patente durante los últimos años es que la generación de Loren era inmune, y esto significaba que los humanos ya no se contagiaban ni se convertían en aquellos animales. Al menos, eso decían los ancianos. Pero tampoco entendían por qué los keks transformados no recuperaban su aspecto humano, o si lo harían algún día.

A Loren le parecían preguntas absurdas. Un kek no volvería nunca a ser un humano. Las primeras fases del ciclo del contagio con la cepa K, la persona perdía la capacidad de ver, y poco después el cráneo crecía hasta cubrir las cuencas de los ojos, dejando la nariz como una ranura esquelética abierta a la oscuridad. Totalmente ciegos y casi sordos, los torpes movimientos de los keks no debían ser tomados a la ligera. Su piel y estructura ósea aumentaban su dureza haciéndolos casi imposibles de romper, y debido a su forma de viajar en manadas había que ser rápido entre la primera flecha y la última. Muchos combates los empezaban los humanos pero los acababan los keks por su superioridad numérica.

Aquél kek no atacaba, ni se movía. Simplemente estaba ahí delante, parado, apoyando su mano sobre el capó abierto de una antigua ranchera, como si estuviese descansando. Algo iba mal, los keks no descansaban. Loren levantó el dedo del gatillo y bajó el arma, mirando a su compañero situado a unos metros de distancia, y haciéndole un gesto para que bajase su propia arma y se acercase. Algo seguro que no iba bien. Deberían estar viendo al resto de la manada con sus ropas marrones y sucias, convertidas en trapos oscuros, viajando entre el resto de coches junto a aquél solitario ser.

En lugar de eso, un solo kek se encontraba paseando por el terreno de caza de los dos jóvenes. Sus ropas parecían más girones que prendas, y sin excepción se encontraban todas cubiertas de una mezcla entre barro, hollín y sudor. El kek estaba descalzo y no poseía herramientas de ningún tipo.

—¿Qué ocurre?—preguntó Andreu con un susurro apenas audible hacia su compañero, a escasos centímetros de su cara.

—Algo no va bien, ¿y los otros? Nunca viajan solos—Loren negaba con la cabeza.

—Esta vez tenemos suerte, solo hay uno. Matémosle y salgamos de aquí—apremió.

—No, nunca hay tan solo uno. Déjame los prismáticos y…—Loren abrió los ojos y su compañero giró lentamente la cabeza hacia la forma que ahora parecía observarles desde la línea de vehículos, treinta metros más allá.

Les había oído, de algún modo, aquél kek había podido oír sus susurros, y oteaba en su dirección para buscarlos. No se sabía demasiado de cómo conseguían ver aquellos animales, pero se estaba del todo seguro que requerían estar muy cerca, y aquél kek estaba demasiado separado de ellos.

Ambos jóvenes levantaron despacio el arco y la ballesta al unísono y se prepararon para el disparo. Los keks no hablaban, tan solo emitían extraños crujidos y cloqueos que nadie lograba identificar como un lenguaje. Sin embargo, cuando las dos flechas pasaron a escasos centímetros del cuerpo de aquél animal, este se tiró al suelo, se cubrió la cabeza y gritó.

—¡No! ¡No, por favor!

Loren cogió los prismáticos y, aun a pesar de la rasgada lente que había aprendido a corregir con una pasada rápida sobre el objetivo, discernió una boca y una nariz completamente formadas bajo dos ojos sucios y cubiertos de porquería.

Aquél kek era un humano, el primero que venía desde la planicie de Sástago. Eso significaba que aún había otras poblaciones. Que había esperanza en la raza humana.

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