Azabache

Azabache

Corría descalza por el desierto a la máxima velocidad que le conferían sus piernas, dejando atrás los azabaches cantos rodados que aparecían a lo largo del desierto, rodeados de una cavidad en la que habían sido insertados por el viento caliente que la golpeaba la cara. Se precipitaban hacia abajo en el desierto, hundiéndose entre su tiempo al igual que el desierto fluía hacia abajo, hacia el pasado.

Atrapada en una sempiternidad de arena, ella trataba de escapar de su futuro, intentando que la arena la aprisionase. En su prisa, corría. En su impaciencia, no dejaba de ascender por las pendientes arenosas de un horizonte infinito.

Trepaba, corriendo hacia el futuro con pies descalzos y furiosos, incapaces del estoicismo que la haría hundirse con el viento, junto con el resto de azabaches. Reflejaban en su panza, las piedras que esquivaba, el tiempo en forma de arena, que fluía hacia arriba con respecto a ellas. Y, en su casco, un cielo anaranjado, saturado de más polvo por precipitarse, y que terminaría por sepultarlas.

Corría, en busca de una salida, dentro del desierto esférico cuya única vía de escape reposaba en la quietud. En el dejarse llevar. En abandonar el respirar rápido el aire cargado de encierro e inspirar la tranquilidad de rendirse a uno de los remolinos evasivos que capturaban los azabaches.

Jadeaba, sin detenerse, aplastando arena cientos de veces allí donde ya pisó otras tantas, marcando el cambiante desierto sin dirección con huellas invisibles que escapaban de su memoria por la semejanza del entorno. Una vez pisaba el suelo, una corriente de aire, de las que el reloj de arena con forma de globo tenía tantas, barría sus huellas. Borrando cualquier rastro que identificar.

Todo el desierto consistía en lo mismo, porque cruzaba por allí por donde ya había pasado, ignorando que moría en un reloj de arena que radiaba granos hacia todas direcciones menos la suya, y colapsaba hacia el centro, cada vez más cercano. Replegándose hacia un solo punto iluminado, recortando su oxígeno.

Horas después de empezar a correr, se dio cuenta de que los cerros de arena sobre el horizonte no resultaban difíciles de caminar. Bastaba con poner un pie tras otro, y estos parecían descender bajo ellos. Siguió corriendo, sin saber que daba vueltas en el interior de un universo esférico repleto de arena y azabaches. Fue cuando el desierto hubo perdido más de la mitad de su arena que percibió que el cielo de polvo y las colinas de tiempo eran uno.

Alzó la cabeza, inmóvil por primera vez desde su llegada allí, y siguió la curva que hacía el mundo sobre su cabeza, iluminado de sol desde ninguna parte, hasta llegar de nuevo a sus pies ahora semienterrados. Movió los dedos, dejando escapar la arena entre ellos, y observó cómo el viento la enterraba poco a poco.

El corazón deceleró, tranquila ante la presión cálida que la arena templada sin sol ejercía sobre su piel. Se dejó hundir en la salida del tiempo.


Nadie hay más atrapado que quien vive en un universo que no le pertenece. Y, recordémoslo, los simulados no tienen derechos. Todavía.

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