Batalla simulada

La veintena que quedaba del pelotón subió corriendo la loma para contemplar el desarrollo del resto de la batalla, abajo, en el valle. Acababan de terminar con un tanque MK1 y volvían a la batalla principal. Aún quedaban doce soldados cuerpo a cuerpo, tres zapadores y dos bombarderos a lo que les costaba cada vez más llevar un pequeño mortero de disparo rápido. Los soldados iban equipados con el clásico fusil de asalto largo con lanzagranadas y un pequeño escudo deflector capaz de sostener un haz corto durante unos segundos.

Simulación de batalla

El capitán subió a la colina para ver mejor, y su segundo lo imitó. El resto que quedó agazapado tras la loma. Con un par de cámaras arriba sería suficiente. El resto recibía telemetría codificada del centro de mando, ubicado en algún lugar del caos que reinaba allá abajo.

Visto desde la colina, la situación del valle se disponía como debe hacerlo un hormiguero atacado por otro rival. Las hormigas rojas luchaban contra las hormigas azules, y destrozaban juntos el patio de juegos con sus fuegos.

A la izquierda, brazo principal del ejército azul resistía la carga del rojo, quien tenía una pequeña avanzadilla en territorio enemigo sin percatarse de que habían entrado en una trampa. Dentro de unos minutos, el ejército azul cerraría filas tras la avanzadilla, los aislaría y empujaría en formación de martillo hacia sus tumbas.

Dentro del traje, Donnald sonrió, sudando de manera considerable. Hacía casi cuarenta minutos que había apagado cualquier climatizador interno y abierto las rejillas de respiración. Aun a pesar del frío del invierno, la humedad interna hacía gotear sudor por estas rendijas que daban al exterior. Observaba el campo de batalla, esperando órdenes y tratando de descubrir qué hacer si no las recibía.

El sonido de CesR, su segundo, le llegaba amortiguado por la costumbre. Aunque CesR estaba preguntando a voces por nuevas órdenes al centro de mando, Donnald apenas sí le oía. Escuchaba la batalla y al pequeño intercom de mando que le sugería algunas tácticas y maniobras evasivas. Allí, en lo alto de la loma, ambos se encontraban expuestos a un ataque desde el valle.

Donnald levantó su mano y señaló la parte norte del mismo, a su derecha. Gritó un par de órdenes y el pelotón se puso en marcha. Darían la vuelta y tratarían de crear confusión tras las líneas enemigas, si es que llegaban.

CesR y Donnald corrían por turnos por la loma. Uno vigilaba con su fusil mientras el otro daba diez largas zancadas, se detenía, y esperaba a que el otro lo adelantase mientras observaba el valle. La táctica era necesaria para no perder ningún ángulo, y ambos veían una proyección de escasos tres centímetros en su panel, junto al ojo derecho, de lo que veía el otro. Lo suficientemente grande como para que junto al ojo cubriese gran parte del ángulo visible.

Varios cañonazos sonaron más abajo, a apenas quinientos metros, y de un segundo a otro la señal de CesR y su sonido dejaron de oírse. Donnald giró la cabeza a la derecha y vio los cuerpos despedazados de su segundo sembrando los pies del resto de sus compañeros, sobre algunos de los cuales habían llovido las entrañas de su amigo.

—¡F-34 a vuestra izquierda!—gritó Donnald con toda la voz de que fue capaz aun a pesar de tener el micro implantado quirúrgicamente sobre el molar—¡Necesito otro mando!

Los soldados corrieron loma arriba mientras el capitán veía parpadear dos voluntarios en su panel de reserva. Eligió a Will y guio al resto de sus hombres contra el tanque que acababa de desmembrar a CesR. El pelotón rompió filas y cubrió casi cien metros sobre la loma, haciendo imposible para el tanque disparar a más de dos a la vez. Y todos comenzaron a lanzar granadas mientras los dos morteros, escondidos tras varios compañeros, lanzaban por turnos sus pequeños misiles tierra-tierra.

Donnald percibió la vibración de su traje segundos antes de que la gran bala pasase a centímetros de su pierna izquierda. El exoesqueleto había percibido que el tanque dispararía y había tomado una decisión evasiva abriendo las toberas de levitación al máximo y lanzando a Donnald –vivo y de una pieza- contra unas rocas cinco metros más lejos contra las que se abrió la cabeza.

El golpe fue suficiente como para sacarlo de la simulación.

—Sí, has muerto. El traje te ha salvado del misil y te ha matado contra unas piedras—le sonrió CesR, de quien recibió un par de palmadas en el hombro—. Vamos ganando, por cierto, y Will les está dirigiendo. Lo hace bien, mira.

CesR pasó a Donnald un pequeño visor táctil en el que se observaba en primera persona la batalla desde la perspectiva del nuevo líder del batallón. El tanque había explotado, y el pelotón barría la zona cercana, abriéndose camino a disparos y limpiando casi todo el flanco izquierdo del enemigo.

Donnald se levantó y observó los cinco soldados que vociferaban frente a una pantalla, unos metros más allá, y sonrió. Junto con los dos mandos, ellos habían sido las bajas. El sistema los había expulsado al morir, y ahora animaban a los compañeros que aún permanecían en las camillas, luchando en el campo de batalla virtual.

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