Batallitas espaciales

—Conocí a un tipo que murió en una de esas barcazas, ¿sabéis?

Batallitas espaciales

El hombre les habló sin que ellos le hubiesen dirigido previamente la palabra, interrumpiendo la apasionada conversación entre los jóvenes. No les miró, pidió otra cerveza con la cabeza al camarero y, sin embargo, ninguno de los muchachos habló durante ese tiempo. Le observaron desde el metro de distancia que les separaba en la barra del bar y esperaron a que continuase.

—¿De dónde sois?

Estos contestaron, nerviosos, sobre tres localidades diferentes.

—Yo soy del desierto de Arabia, del cráter Bouger—dijo el más alto. Su aspecto era el del marciano típico. Alto y desgarbado, sin fuerza, inteligente y profundamente pacífico. Lucía una sonrisa bobalicona y se frotaba las manos, nervioso.

—De acuerdo, Bouger—asignó usando el dedo el hombre—. Os llamaré en función de vuestra procedencia. ¿Y tú?

—Hola, yo vengo de Z2, en el Cinturón.—El segundo tenía una constitución normal, fruto de las estaciones cinturinas cuya gravedad estándar permitía a la gente no desarrollar enfermedades graves. No obstante, el desconocido no pudo pasar por alto el brazo mecánico que asomaba por la manga de la camiseta negra de la banda de rock Spawn Shark.—Aunque, en realidad, nací en Quaoar antes de que lo volásemos por los aires.

—Bien, te llamaré Quaoar. Z2 siempre me ha parecido demasiado difícil de pronunciar. ¿Y la tercera?

—Yo me llamo Anna—dijo tajante. No le apetecía que un desconocido le asignase como nombre el lugar del Sistema Solar donde vivía, aun a pesar de que su bronceado la delataba como ecuatorial de la Tierra.

—Me parece correcto, terrana—asintió el hombre cogiendo la cerveza de la barra, e indicando con la cabeza a los jóvenes que le siguiesen a una mesa.

Estos habían aterrizado en la estación geoestacionaria de Caronte II para recorrer juntos las órbitas bajas del Sistema Solar, y aquél hombre parecía un buen modo de aprender algo diferente a lo que enseñaban los archivos de la ebiblioteca. La barcaza hacia Venus no saldría hasta dentro de ocho horas, y tenían tiempo de sobra para tomar algo con aquél hombre.

—Ha dicho que conocía a alguien que murió en las barcas de línea—inquirió Anna al desconocido—, ¿quién era?

—De modo que tú eres la que mandas del grupo, ¿eh?—preguntó retóricamente el desconocido con una sonrisa en los ojos—. Me podéis llamar Hellas. Nací en Marte, como aquí vuestro amigo Bouger, hace cincuenta y siete años estándar. Y, la verdad, no hice nada durante los primeros treinta. Luego, la cosa se puso divertida.

«Mis padres eran terrícolas migrantes, por lo que a diferencia de aquí el larguirucho, yo tengo un tamaño normal. No te ofendas, Bouger.—El marciano se encogió de hombros, indiferente al calificativo que le había acompañado toda su vida. Hellas continuó su historia—Eso ayudó a que la empresa de construcción Beλond –un absurdo chiste con la palabra de una lengua muerta para indicar «más allá»– me contratase como soldador por horas en el dique carontino de Baborem.

Allí conocí a este tipo, un muchacho por aquél entonces, y para siempre. A diferencia de mí, él provenía de una larga familia de peregrinos sin planeta natal. Llevaban más de siete generaciones vagando por el Sistema Solar, dando tumbos, trabajando para una u otra compañía. Se llamaba Sam Li, aunque todos le conocíamos como Ingrav. El muy cabrón era capaz de pasar de dos g’s a ingravidez en unos segundos sin pasar por una jaqueca del demonio ni un periodo de adaptación. Los peregrinos es lo que tienen, ¿no? No había quien le ganase trabajando. Sin duda, el mejor remachador en cero g que he conocido. Y uno de los más idiotas.

Trabajé con él unos cuatro años estándar, quizá alguno más. No lo recuerdo con claridad. Pero lo que sí que recuerdo era el modelo de barcas de línea que estábamos construyendo. Los modelos A113 eran robustos, muy prácticos y poco estéticos. Parecía que habían sido diseñados puramente para el transporte de carga sin importarles un bledo las personas que había dentro. Y, si al diseñador no le importaba, imaginaos a los que las construíamos. A diferencia de los modelos actuales, los A113 y anteriores no disponían de las comodidades modernas, aunque compartían el mismo esquema de las actuales.

Eran cilindros O’Neil en miniatura, de unos cincuenta metros de diámetro máximo, y unos treinta habitables. Contaba con cerca de cien habitaciones y estaban pensado para realizar rutas hohmannas de menos de trescientos días estándar ida. No había salas recreativas ni nada parecido a las actuales. Más bien era un bote de transporte en el cual podías dormir, leer o hacer ejercicio. Y ya está. Contaban, por supuesto, con un par de comedores y con una despensa considerablemente grande para problemas eventuales o salidas de órbita.

Los cilindros hacían lo mismo que los que tenemos ahora: recorrían trayectorias hohmannas rápidas y luego volvían lentamente recorriendo el Sistema Solar mientras cargaban sus células con velas solares. De modo que la mayoría del tiempo se encontraban vacías de gente, tal y como ocurre ahora.

Sin embargo, en mi último año en Baborem, Ingrav tuvo la mala suerte de encontrarse dentro de una de las barcazas durante el viaje inaugural de prueba. Para comprobar que no había problema, todas las naves eran fletadas en piloto automático y realizaban un lazo completo de 963 días Marte-Tierra-Marte.

La A113-HJ-45 partió del dique carontino el decimal del doce de maius de 1345 d.Dec., calendario terrano. La desaparición de Sam Li fue confirmada apenas tres días después, cuando tras una búsqueda ordinaria fuimos incapaces de dar con él. Ni sus familiares cercanos ni amigos sabían dónde estaba, y yo era lo más parecido a un amigo del trabajo. Tras una magnífica investigación policial de casi un mes, se llegó a la conclusión de que había desaparecido, algo que sabíamos desde el principio.

No fue hasta que la HJ-45 fue abordado casi un año estándar después en la órbita terrana que me informaron que Ingrav había sido encontrado en su interior. Al parecer, un día antes de la botadura, Li había decidido emborracharse dentro junto con dos prostitutas marcianas a las que nadie echó de menos. Era por todos conocido que los trabajadores de Baborem ganábamos lo suficiente como para celebrar todas las noches, pero a ninguno salvo a Ingrav se nos hubiese ocurrido ocupar una nave a punto de ser fletada para follar en cero g durante un rato. De ahí que era uno de los más idiotas con los que he trabajado.

Él lo hizo, por supuesto, y los tres fueron lanzados al espacio. Tenéis que entender que por aquél entonces las naves no contaban con mecanismos de seguridad modernos. Lo cierto es que solo desde hace quince años se fabrican barcas de línea con sistemas de salvamento, eyección o balizas. Antes era demasiado caro.

La HJ-45 fue lanzada al espacio, además, sin un sistema de comunicaciones a larga distancia. Suponemos que para cuando Li y las dos chicas despertaron, se encontraban lo suficientemente lejos –o estaban tan borrachos– que fueron incapaces de realizar una llamada.»

Los tres jóvenes escuchaban la historia bebiendo cerveza de manera alterna. Hellas había conseguido atraer su atención desde el principio con sus batallitas de cadáveres espaciales. Pero, claro, ninguno de los tres estaba acostumbrados a un concepto tan absurdo como la muerte en el espacio, lo que les llamaba la atención. ¡Siempre había un mecanismo de seguridad!

«Se conoce que durante un tiempo, días quizá, los tres ocupantes trastearon con el sistema de comunicación. En la Tierra encontraron las consolas medio desmontadas y con los cables sueltos. Al menos lo intentaron, ¿no? Pero lo más curioso es que dos de los cadáveres habían sido roídos, mientras que un tercero había muerto de inanición. Los forenses dijeron que las dos prostitutas tenían golpes en la cabeza, mientras que Li había fallecido por falta de alimento.

Da qué pensar, ¿verdad? Li sabía que el viaje duraría casi un año, y que era imposible sobrevivir con la carne de dos cadáveres. Sin embargo, asesinó a aquellas mujeres para disponer de un poco más de tiempo. Quizá un par de semanas más. En fin…»

Hellas suspiró, alzó las cejas y volvió a terminar su cerveza.

—¿Otra?—preguntó, levantando el brazo.