Biblioteca Numana, granja de genios

Evan paseaba tranquilo por la calle, como lo hace quien tiene la conciencia limpia. Al igual que cada día, recorre los ocho kilómetros de césped que le separan del trabajo en lugar de los dos por asfalto. Le gusta sentir cómo la hierba y la tierra se comprimen bajo su peso cuando camina con deportivas.

Sale del parque y cruza la calle, hacia el edificio de siete plantas que destaca en una ciudad construida durante la última ampliación, dos siglos más atrás. Junto a los edificios de líneas barrocas se alza un bloque de hormigón sin ventanas y rodeado por una cerca metálica de cinco metros acabada en puntas cortantes. Sobre la fachada y en el tejado, un dispositivo militarizado vigila con cámaras y tasers de alcance cincuenta metros.

Biblioteca numana granja de genios

Nada que no esté autorizado puede cruzar la alambrada, vivo. Evan llega a la primera garita de seguridad y enseña el carnet. Recibe la autorización de primer nivel tras una inspección ocular y continúa andando hacia el bloque de hormigón. Se encuentra rodeado de veinte metros de césped que nadie pisará nunca. Los haces láser hacen una demostración semanal de qué es lo que pasa cuando una hebra de césped ha superado los siete centímetros y medio de altura. Si alguien consigue saltar la cerca y llegar al edificio, perderá los pies en la primera andanada de energía. Luego la tibia y peroné pasarán a ser cuatro huesos en lugar de dos, y el gemelo se seccionará por la mitad. La rótula terminará por separar la pierna y el fémur irá recordándose poco a poco hasta llegar a los genitales. Pasado este punto, Evan prefiere dejar de imaginar nada.

Un pasillo de adoquines le lleva a la entrada principal del edificio, donde le espera una oquedad del tamaño de un cubo de basura en la pared metálica de un metro de espesor. Mete el brazo y espera a que se ponga verde el agujero. Luego, lo saca con calma y espera que la tonelada y media de acero se levante.

Ha visto en vídeo lo que pasa si alguien trata de entrar corriendo tras un autorizado sin enseñar su chip subcutáneo. La losa de acero cae justo de modo que sea aplastado en el centro. Un complejo programa de movimiento genera un patrón de descenso para ejecutar al intruso. Y sacar el brazo si el agujero no se ha iluminado en verde tampoco es un plan genial.

Evan espera, cruza la losa y se para en la habitación azul oscura, donde deja todas sus pertenencias y su ropa en un cajón y pasa a descontaminación: una sala cilíndrica del tamaño del ancho de una puerta y que se sella nada más entrar él. Se protege el pene de manera instintiva mientras espera que la sala se llene del líquido. Unos segundos bajo este, y comienza a desaguarse por los filtros del suelo. Se abre una pared delante, al vestuario donde le devuelven sus pertenencias.

Una vez dentro, la seguridad es activa. Todo el personal de administración es militar, y avanzan de tres en tres por los pasillos cargando con fusiles y pistolas. Un soldado más en cada ascensor.

***

Entro a mi ascensor y solicito:

—Biblioteca Numana, por favor.

Usa un lector de muñeca y comprueba que yo soy yo. Sé que si descubre alguna anomalía primero me noqueará y luego me pedirán disculpas. No ocurre nada, retira el dispositivo y accede a su panel privado para hacer descender el ascensor doce pisos.

La biblioteca está contenida dentro de una jaula de hormigón y acero trenzado a la que se accede por una única escalera de servicio en el sótano 12, y desde dentro de unos cuantos años. Una vez se para mi ascensor, un pelotón de tres soldados me escoltan por las escaleras. Uno por delante, a dos pasos, y los otros dos por detrás, a dos pasos entre ellos y del segundo a mí. Si trato de hacer algo, no saldré de esa escalera andando.

Otra puerta blindada más, un cambio de guardias y un pasillo largo en el que fusiles móviles me apuntan a medida que avanzo. Están cargados, y reaccionan a la velocidad y a una orden directa. Trato de pasear y relajarme, aunque mi escolta conoce a la perfección el ritmo máximo del pasillo. Una vez al otro lado, abren las puertas a un semicírculo acristalado sobre la Biblioteca Numana: la biblioteca de los humanos que no existen.

Biblioteca es un eufemismo. Todo el hangar, de cien metros de diámetro, es una jodida cárcel de tres pisos para las mentes más importantes del multiverso. Saludo a mi compañera de trabajo y ella me devuelve una sonrisa. Está embarazada desde hace unos meses, y empieza a notársela. Nos dedicamos muestras de afecto que no encajarían en una cárcel, pero con las que el trabajo se nos hace más ameno.

Helena me cae bien, la conozco desde hace cinco años, cuando entró. Por aquél entonces la prisión ya estaba construida al completo, y ella pasó a ser mi jefa.

—Tú eres más de hacer cosas —me dijeron desde arriba, y yo obedecí.

Me siento en mi puesto y pregunto:

—¿Algún nuevo?

—Sí, dos. Ha sido una madrugada movidita. Llegaron a las 2:32h y a las 3:45h desde el 2345 y el 2534. Las dos físicos teóricos, y mujeres. La casualidad es que las trajo Jenkins más doce y su hijo no nacido. O, al menos, afirma ser su hijo, y el ADN coincide. Dice que Jenkins no pudo volver, pero que le dio el dispositivo.

—Según la política de la empresa…

—Nos desharemos de su cadáver a medio día —interrumpe Helena, fría, mientras yo asiento.

El mecanismo es sencillo. Tenemos agentes durmientes en toda la ciudad que esperan años a que surja un genio entre la población. A veces surge solo, de manera espontánea, en un par de años. A veces surge gracias a un empujoncito de la organización de la Biblioteca a través de mecanismos que ni siquiera deseo conocer, y tarda hasta cien. Cuando el genio se constata como tal, alguien lo rapta en el futuro, va a la cámara de envío más cercana y pulsa el único botón que hay, junto con un código. Eso hace aparecer en una cámara blindada contra explosiones nucleares los cuerpos infartados de ambos. Una reanimación más tarde, se comprueba la calidad del genio, y el mercenario recibe una compensación económica a cambio de darlo a la Biblioteca. Y sigue cazando, si quiere. Pero no puede enviar a nadie en su lugar desde el futuro. Demasiado riesgo.

En cinco años de funcionamiento hemos llenado dos pabellones de Mozarts y Einsteins, y la Biblioteca se ha convertido en la mayor empresa de tecnología del mundo. Según nuestros cálculos, en diez años todas las patentes nuevas serán nuestras.

Mi labor, hacer que los genios sigan produciendo obras de arte, teorías, tecnología… Dinero. Cuando un grupo de ellos se revela y trata algo abro una pequeña abertura dentro de mi oficina de cristal que da a su cárcel y cojo una de esas granadas de metralla que tengo en el cajón. La activo en modo búsqueda, la lanzo y me entretengo un rato acojonando a esos listillos desde mi ordenador. De vez en cuando pulso el botón, pero a veces dejo la granada dando vueltas en un patrón aleatorio durante semanas.

Si mato a alguien, en realidad no importa. No pasa nada si pierdes a la gallina de los huevos de oro si eres dueño de la máquina que las produce. Soy dueño de la gallina de las gallinas de los huevos de oro, y me encanta mi trabajo.

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