Bioroides

Los pequeños, con edades comprendidas entre doce y trece años, entraron en parejas en la sala ovoide. Llegaban a ella del piso de arriba, por la ancha escalera acolchada que bajaba en forma de caracol.

La iluminación descendía en intensidad cada pocos segundos, y volvía a subir a apagados niveles de luz, siguiendo el ritmo del latido de un corazón. Las paredes azules verdosas palpitaban al ritmo del sonido de un corazón invisible que los rodeaba.

Varios de los pequeños empezaron a alborotar y correr por el suelo revestido de biomoho acolchado, y tuvo que ser reprendido por alguno de las maestras que los acompañaban.

Bioroides

Según iban accediendo al espacio, llevados por la guía, los pequeños se habían ido colocado en un semicírculo que daba a una pared curva similar a una sala de proyección pequeña. La mujer tenía las manos levantadas a modo de director de orquesta, guiando con ellos los movimientos inconscientes de los niños, tratando de focalizar la dispersa atención de su corta edad.

—¿Ya estamos todos? ¿Todos podéis escucharme bien? —dijo con voz calmada y baja. El hablar con un tono de voz ligeramente superior a un susurro conseguía que los pequeños se esforzasen en prestar atención. Estos callaron casi de inmediato—. Buenos días, chicos.

Un coro de voces descoordinadas dieron los buenos días.

—Hoy habéis venido nada menos que al mayor tanque de clonación reproductiva de Europa Norte. Este complejo es no solo es de mayor tamaño, sino que es el que más humanos y bioroides cultiva al año. Y, si no me equivoco, la mayoría de vosotros fuisteis cultivados en alguna de las granjas o tanques de estas instalaciones. ¿Queréis ver qué aspecto teníais cuando erais aún más pequeños de lo que sois ahora?

Las caras boquiabiertas de los pequeños pedían esa visión. La guía sonrió y pulsó un botón. Luego, se apartó de la pared que pareció abrirse a un enorme tanque de agua. El muro se hundió en el suelo, mostrando un vidrio curvado de diez centímetros de grosor que ocupaba todo el espacio ovoide de la sala.

La sala se transformó de un sótano poco iluminado a una plataforma suspendida en mitad de un océano azul verdoso que palpitaba con latidos uniformes. La plataforma había quedado virtualmente suspendida del techo por la escalera por la que habían descendido.

Del otro lado del cristal, una luz azul iluminó con luz de penumbra los rostros de los niños, quienes no dudaron en acercarse todo lo posible al vidrio mientras señalaban aquí y allí, sorprendidos.

Cientos de vainas flotaban dentro del tanque gigante, en racimos de cultivo por parejas. Largas cadenas de tubos partían de un techo invisible en lo alto, y se proyectaban hacia la sima fuera de alcance de los ojos. A los lados de estos tubos de formas orgánicas, cada cinco metros, se escindían dos más pequeños. Estos terminaban en dos fetos de diversa edad, repartiéndoles nutrientes y oxígeno.

De vez en cuando, algo llamaba la atención de los pequeños, quienes señalaban y gritaban.

—¡Mira!

—¡Mira allí!

—¿Has visto eso?

Aquí y allí, rápidas criaturas acuáticas se desplazaban de feto en feto limpiándolo, midiendo sus constantes o cerciorándose de que todo estaba en orden. Pequeños robots de formas orgánicas, de formas similares a peces o cangrejos de herradura, con una miríada de flagelos, sondas y manipuladores integrados, reptaban sobre los cuerpos de los no nacidos. Eran estos robots los que, guiados por las pautas marcadas por ingenieros y médicos, cuidaban de los pequeños hasta su desprendimiento y posterior rescatado del tanque.

—Estáis viendo el tanque D —dijo la guía—, donde nacen casi setecientos niños al año.

—¿Bioroides o humanos? —interrumpió un pequeño una fracción de segundo después de levantar la mano. Su profesora le reprendió que debía esperar a que le cediesen el turno, pero la guía respondió a la pregunta.

—La mitad de cada, por supuesto. Como en todos los centros, nacen en mismo número de bioroides que de seres humanos, salvo pequeñísimos errores y deshecho de producto que luego son corregidos. Si os fijáis, podéis ver a un pequeño humano casi formado allí. ¿Lo veis? ¡Está a punto de nacer! —Los pequeños pegaban sus caras al cristal y luchaban por coger el mejor sitio para mirar—. Y allí podéis ver un niño bioroide que también nacerá pronto. Quizá en dos semanas. Por supuesto, ambos son indistinguibles el uno del otro en una inspección ocular. ¿Quién puede decirme las diferencias entre un bioroide y un humano?

Una niña levantó el brazo.

—Los bioroides hacen falta, pero los humanos ya estaban. Es lo que dice mi padre. Mi padre es humano, pero mi otro padre no —aclaró.

Varios pequeños rieron, pero uno de ellos le sacó la lengua a la pequeña. Esta respondió con un abrazo y un beso a la agresión.

—Es cierto —dijo la guía—, que los humanos ya estábamos en la Tierra cuando el primer bioroide nació. Y también es cierto que necesitamos a los bioroides para construir una sociedad equilibrada y pacífica. Sin ellos, resultó muy difícil evitar las guerras. Por desgracia, los humanos somos demasiado violentos como para vivir solos. Y los bioroides nos ayudan a tener esa estabilidad.

—Mi padre también dice que aunque no haya bombas los humanos seguimos siendo bobos —siguió la pequeña, desafiante. Esta vez fueron los profesores los que rieron.

—Me temo que sí, pequeña —afirmó la mujer—, los humanos seguimos siendo bobos todavía aunque no haya habido ataques en vuestra generación.

Otro niño levantó la mano.

—¿Los terroristas?

—Exacto, me refiero a los terroristas. Un colectivo muy importante para entender el presente. No ha habido ataque de terrorismo bioroide en casi dos décadas. ¿Queréis saber por qué? ¿Alguno sabe por qué empezaron las bombas contra los bioroides?

Los pequeños negaron con la cabeza y con tímidos noes. Para ellos, la mera idea de la violencia resultaba un concepto desagradable, algo abstracto e inútil. En sus mentes no estaba contemplado el exterminio.

—Al principio de la llamada Era Bioroide, hace ciento diez órbitas solares, nació la tecnología bioroide. Y laboratorios de todo el planeta se lanzaron a investigarla. Los bioroides, humanoides adaptados genéticamente mediante la inserción de código genético de otras especies, iban a ser la solución a los problemas humanos. Se pensó en los bioroides como el elemento estabilizador social que hacía falta. Sin embargo, los estudios rápidamente se desplazaron hacia el control mental y la obediencia ciega.

Generar un bioroide obediente resultó demasiado fácil como para que los ejércitos humanos no invirtiesen gran parte de su capital. Pronto, el bioroide fue un objeto militar y, por tanto, un objetivo terrorista por parte de colectivos antiguerras bajo un pensamiento de que, si no había bioroides que librasen guerras, no habría guerras. Estos terroristas empezaron a volar complejos de investigación y tanques de clonación bioroides en todo el mundo.

Hoy en día sabemos que la violencia solo engendra violencia. En muy poco tiempo los bioroides fueron destinados a programas de refuerzo contra un colectivo terrorista creciente en una escalada de violencia. Los terroristas bombardeaban más, y se creaban más y más tanques para suplir los que habían caído.

Cuarenta años después del primer ataque, y atendiendo a los nuevos modelos sociales, se aprobó la clonación humana. Las parejas ya no deseaban quedarse embarazados, y se superó un debate ético endogámico y sin sentido que llevaba décadas implantado en la sociedad. La clonación humana se permitió y liberalizó bajo petición por ciudadanos modelo. Y grandes secciones de los tanques ocupados inicialmente a los bioroides fueron reconvertidos como matrices reproductivas.

Sin embargo, los ataques terroristas no disminuyeron. En lugar de bombas, los terroristas mejoraron sus embestidas y comenzaron a usar virus de ordenador y objetivos focalizados. Los bioroides, por desgracia, seguían muriendo.

Y, sin embargo, su número en relación a la producción humana disminuía. Si al principio nacían siete bioroides por humano, en el momento en que la clonación humana fue permitida hubo un repunte de natalidad que hizo nacer dos bioroides por humano. Se estaba llegando a al equilibrio moderno.

Hace sesenta años, la mayoría de las bandas terroristas habían depuesto las armas, salvo algunas células que seguían atacando complejos. Hasta que a alguien se le ocurrió la idea de la clonación humana-bioroide conjunta. La radicalización de los terroristas existía en su mente con un único objetivo: proteger humanos futuros de las guerras bioroides. De modo que los tanques se adaptaron a algo muy similar a lo que veis aquí. En cada racimo se cultivan de modo alterno tanto humanos como bioroides. Y todos dependen del mismo software y hardware integrado. En ese momento, resultó imposible atacar a los unos sin atacar a los otros.

Pocos, muy pocos, fueron los ataques posteriores. Y respondían más a una cuestión ideológica sobre el uso de los bioroides en combate. Pero hace casi dos décadas la última guerra fue abolida, descartando por completo los no-humanos a la hora del enlistamiento.

Ahora, el total de los bioroides nacen con inhibiciones a la violencia y predisposición a la empatía.

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