Caricias subsónicas

Al otro lado del enlace, la conversación vibró casi dentro del espectro audible. Un crepitar de fondo que indicaba que, en el extremo contiguo del vínculo, alguien despertaba. Él despertaba. La línea emitió un carraspeo, y ella fue consciente de la conciencia de él entrando en la suya.

Caricias subsónicas

En aquél momento, ella leía dentro de su cama un libro antiguo, localizado en una librería que consiguió encontrar tras recorrerse una pequeña ciudad al completo. Sin notarlo, filtró los datos a la conversación.

Una ruta, pensó él con voz adormilada hacia ella. Qué bonito, ¿qué es?

¿Has visto eso?, dijo ella por el canal que ambos siempre mantenían abierto y que él sentía a través de la micromodulación de ondas de presión junto a su oído interno. Cuando ella hablaba, él oía su voz sin sonido. Hacía tan solo unas semanas que tenía la tecnología instalada en su cortex externo, pero ahora no se imaginaba una vida sin esa vibración específica en su cabeza.

He visto «eso», pensó él, cambiando de frecuencia para marcar la apertura de otra conversación. No podría acostumbrarme a que desapareciese tu voz de mí.

La línea principal sufrió un estertor que el muchacho había aprendido a interpretar como una risa espontánea y sincera. Una caricia casi subsónica que hacía resonar su cortex en el patrón específico de la personalidad que ella transmitía. Ella contestó a ambas preguntas por el mismo canal primario mientras fotografiaba el libro sobre su regazo.

—Es la ruta que realicé para localizar a este pequeñín. Y…—dijo en voz alta mientras transmitía la misma información a través de la red. En ocasiones, le gustaba escuchar el sonido de su propia voz fuera de su cabeza—… Tampoco podría acostumbrarme a que desaparecieses.

La frecuencia grave y rotunda de una sonrisa recorrió la línea en dirección a ella, haciendo que volviese de vuelta aumentada y se retroalimentase a sí misma. Surgieron espacios de color transparente que inundaron la frecuencia de los labios con más labios. El sonido inaudible de decenas de besos terminó por despertarle del todo, y percibió su propia erección bajo la sábana.

¿De qué trata?, intentó desviar la atención de las caricias que le llegaban a través del nexo. Ella protestó por la interrupción una fracción de segundo después con un quejido leve acompañado por una sonrisa subsónica.

—Del absurdo. Todo el libro trata del absurdo. Es un laberinto de voces dispares que se pelan en un espacio ridículo. Discuten entre sí conceptos de sí mismos sin darse cuenda de que rotan en sus roles, discutiendo en ocasiones aquello que apoyaban varias páginas antes.

¿De qué me suena eso?, pensó él. Perdona, sigue…

—Ahora no quiero seguir—jugó ella, picándole.

¡Ah! ¿No? ¿Qué quieres ahora? Transmitió él mientras se estiraba para salir de la cama, levantaba la persiana y asomaba parte de su cuerpo por la ventana abierta. Hace frío.

Junto con una imagen enriquecida en capas visibles y térmicas, intercaló un mapa de temperaturas a lo largo de la mañana y se lo envió en un paquete de metadatos. Ella se estremeció al otro lado del enlace.

—Ayyyy, no me hagas eso, que me da repelús—reía.

¿Repelús del bueno? pensó, volviendo a enviar espacios de color transparente que recorrían todo el cuerpo de ella, y con los que se perdió durante minutos.

A cada envío, el sistema de ella enviaba a su centro neural, en directo, la respuesta en forma de vibración del escalofrío que sentía. Él acarició con su pensamiento todo su cuerpo, empezando por los tobillos y subiendo por las piernas centímetro tras centímetro, deteniéndose en las inmediaciones de los puntos erógenos sin entrar en ellos, rodeándolos, respetando la sensibilidad de la zona para cuando pudiesen verse por primera vez. Jugando a no encontrarlos los sus labios. Retirando las telas que la cubrían con ayuda de su boca. Al pasar estos por la piel de ella, esta emitía un escalofrío casi imperceptible a través del canal común. Soltó el libro con cuidado, sobre la cama, cerró los ojos y se rindió a las caricias.

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