Carta de despedida

Decir que estaba perdido es no saber de qué se está hablando. Cuando se simplifican los términos y expresamos aburrimiento en lugar de una tempestad de perdición, entonces estamos tergiversando la historia. Para ser fiel, la definiré tal y como la siento. Por supuesto, hago uso de cuadernos donde anoté los sentimientos a los que haré mención.

Carta de despedida

Yo estaba perdido. Mirase a donde mirase, todos aquellos que me rodeaban parecían tener un futuro, un lugar hacia el cual caminar. Una meta definida hacia la cual iban encaminados todos sus actos, como si de pequeños escalones de una gran torre se tratasen. Tras cada peldaño, les esperaba uno nuevo, en orden y consonancia con el anterior. Al final de esa torre estaba su gran destino, su gloria.

Yo no tenía rumbo y, desde luego, no tenía meta. No sabía a dónde me llevarían las rocas informes que pisaba y que me hacían trastabillar y hundirme en el fango. A diferencia de mis compañeros, mi meta se parecía a un pantano circular con cada vez más lodo. Y yo me dedicaba a avanzar sobre él.

Yo disponía de todo un universo de caos al que recurrir. Una maraña de acciones sin rumbo, específicas para perderse en ellas. Y, claro, usé todas y cada una de las herramientas que el universo me dio. Me perdí.

Durante los primeros años de mi vida recuerdo que mi rumbo iba en paralelo con el resto de humanos. Había, claro, sutiles diferencias que poco a poco se fueron acrecentando, creciendo y terminando por arrastrarme al fondo de mi pantano. Pero recuerdo que, siendo un niño, aún tenía esperanza en descubrir aquella habilidad a la cual recurrir. Mis compañeros querían ser bomberos, policías o abogados. Cuando a mí me preguntaban sobre mi futuro, yo me encogía de hombros.

«Supongo que me conformo con estar vivo al crecer. A salvo del fuego, los disparos o las avalanchas de papel.»

Por supuesto, tardé años en emitir juicios como el del enunciado. Y, sobre todo, tardé muchísimos libros. Recuerdo leer más de dos libros a la semana, tras el colegio y las actividades extraescolares a las que mis padres se empeñaron en apuntarme. «Tienes que hacer ejercicio» fueron sus últimas palabras y veredicto final, y el castigo se cumplió. Condenado como estaba a hacerles caso, pronto me convertí en un negado para el futbol, la natación, el judo y el baloncesto. En ese orden. Aun a pesar de mi altura, considerable frente a mis iguales, yo era incapaz de bloquear o jugar con su agilidad. Ellos poseían algo más valioso que la altura. Disponían de ganas por jugar y, en especial, ganas por ganar. Yo, sin embargo, poseía un vano interés por no perder.

Fue en mi juventud donde la brecha se amplió, y mi vida tomó otro ritmo. Uno más accidentado. Cada curso me costaba un año más que a mis compañeros, y pronto me convertí en el más grande de la clase. Para cuando mis padres insistieron en que estudiase en la universidad, yo ya disponía de veintidós años recién cumplidos.

Pero me apunté. Les seguí el juego, con su dinero, y fui un alumno mediocre de Administración y Dirección de Empresas. Año tras año demostré a mis padres su error, intercambiando su dinero por flagrantes suspensos y carísimos alquileres. El intercambio no sentó muy bien a mi madre, principal benefactora de la familia, y acabé desterrado en una universidad alejada de todo. Según ella, eran las distracciones de la ciudad las que no me dejaban avanzar. La fiesta y las chicas, el alcohol y los amigos.

Le demostré que en aquella universidad de pueblo yo era capaz de suspender tanto e incluso un poco más que en las otras sin la ayuda de todas aquellas distracciones a las que yo ignoraba. Pero, finalmente, tras ocho años, obtuve mi título. Y fue en aquél momento cuando percibí por primera vez la soledad de que parecía estar hecho. Nadie me llamaba, nunca, cuando aplicaba a un trabajo. Todos mis compañeros fueron adelantándome, consiguiendo puestos de becario, en prácticas o directamente entrando al mercado laboral de verdad. Yo seguía enviando currículums cuando los primeros alumnos en ponerse a trabajar conseguían independizarse.

Yo volví a casa de mis padres, donde mi madre descansaba por una rara enfermedad de la sangre, a la espera de no haberla transmitido hacia su único hijo. Quizá no lo hizo. Quizá yo hubiese cumplido los noventa años con una salud de hierro si hubiese sabido salir de mi pantano de mediocridad.

Fue entonces, al cuarto año durmiendo bajo el techo de la habitación que me vio crecer, cuando localicé la salida de aquellas aguas que me frenaban. Un atajo al final, aquél punto que todos alcanzaríamos. Con miedo en el cuerpo, aquél acto se precipitó hacia el fondo de mi subconsciente, perdido en los recodos de mi cerebro, y permaneció escondido, latente y en crecimiento durante casi otro año más.

Durante ese año fue cogiendo forma, fue ganando fuerza, hasta convertirse en esta carta. La carta de despedida que no había tenido el valor de escribir hace unos cuantos años. Por suerte, la edad te dota de las herramientas para seguir adelante. Y mi camino hacia delante tocaba a su fin.