Cicatrices

Las cicatrices surcaban toda su piel. Abrían las heridas en la base de sus pies y se extendían como venas a través de ambas piernas, deformando su torso y escalando por la espalda. Ambos brazos mostraban una ramificación de cortes desfigurados, y su rostro sonreía en pedazos cosidos unos sobre otros.

Tras años de arrastrarse por las alcantarillas infestadas de sí mismo, había decidido volver a subir a visitar a los vivos. Había decidido que, al menos, un pedazo de él pertenecía al arriba del que había sido desterrado hacía tiempo.

Cartel «Cicatrices»

Sonreía a los transeúntes mientras hundía las espadas cortas en sus cuerpos, perforándolos del modo más romántico y juguetón de que era capaz. Gemía de placer con los cuatro brazos cuando una de sus cuchillas rozaba una vena mayor, y el icor de la víctima llovía sobre el resto o sobre su rostro.

Tras varios días de jugar con la gente, se descubrió a sí mismo prefiriendo las latas de personas que corrían sobre las vías por debajo de la ciudad. Una vez dentro del vagón, ya nada podría evitar que todos sangrasen como él. Eran suyos.

Con cada puñalada y corte, las que ocurrieron en su pasado volvían a latir bajo su piel. Sintió el roce de su padre sobre la espalda mientras cercenaba la cabeza de una joven, percibía las cosquillas entre los dedos de los pies cuando bañaba de sangre a un pasajero con las vísceras de su acompañante.

Partir a la gente en dos, abrirles en canal y volcar todo su ser sobre el suelo, rajarles desde la cintura a la cabeza. Era el único modo de comunicación que conocía, era lo único que su padre le había enseñado a jugar. Reía y bailaba durante sus segundos de interacción con la gente, y gritaba y aullaba enfurecido cuando terminaban de esparcirse, inertes.

Él quería seguir divirtiéndose, continuar cortando la piel delgada e insistir en las caricias con las cuchillas sobre las cáscaras sangrantes de sus nuevos amigos. Pero estos caían agotados al suelo al poco de empezar a jugar con ellos, incapaces de seguir moviéndose. Gritando. Esto último le enfurecía, haciendo más violentos sus cortes, consiguiendo que sus víctimas de juego cayesen antes.

Encolerizado, trazaba veloces y enérgicos machetazos sobre los cadáveres de quienes se negaban a seguir pasándolo bien. El resto de pasajeros coreaba a voz en grito y le animaba a seguir jugando con cuerdas vocales destrozadas. Trataban de apartarse, dejando que fuesen otros los compañeros a quienes tocase el turno de divertirse. Pero él les permitía a todos ese buen rato, rodeándoles con los cuatro brazos sedientos de sangre y empapados en ella.

Le gustaba abarcar a sus nuevos amigos y perforar el centro de su espalda, tensar la suya y rasgar hacia fuera los cuerpos. Estos caían de inmediato al suelo, con sus órganos perforados en los ceñidos apretones. Igor sonreía entonces hacia la siguiente persona, que trataba de gritar y escabullirse.

—¡Te pillé!—gruñía este, emitiendo cortes al azar que perlaban las pareces de rojo.

En alguna ocasión, alguno de los nuevos conseguía acariciar su cuerpo con los martillos y hachas rojos situados aquí y allá, en las paredes de los vagones. Él sonreía a sus gestos y les animaba con aullidos a repetirlos. Pero en rara ocasión volvían a ocurrir antes de que Igor los descuartizase.

Sus nuevos amigos eran más débiles que él, y el tiempo de juego con ellos era escaso. Miró al vagón que tenía a su disposición en este momento, y sonrió con la boca llena de cortes. Por suerte, sus nuevos amigos eran muy numerosos, y había mucho tiempo de juego por delante.

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