Cidade. Érase una vez ninguna parte

Merrik inspiró hondo el aire del salitre marino. A sus pies, el acantilado bajaba en picado hacia un mar revuelto que chocaba contra la pared de roca del abismo, fuera del alcance de sus ojos. La vertical se hundía en dirección a tierra, formando una cavidad que devolvía el golpe de las olas segundos después de que estas impactasen con su fuerza contra los peñascos.

Mierda, pensó pausado su razonamiento recurrente. La embestida era relajante, arrulladora. Siempre le había relajado esta panorámica, incluso sin el lugar donde le vio nacer a la vista. Mierda.

Estaba sentado con los pies en vilo sobre el filo del mundo, mirando allí donde ya no había nada. Observando con detalle todo lo que faltaba en el horizonte.

Cidade Érase una vez ninguna parte

Recordaba a la perfección las desaparecidas curvas blancas de la ciudadela, el contorno de cada uno de sus edificios meciéndose a las olas como si fuesen cañas de bambú. La primera vez que la vio, balanceando sus edificios como juncos sobre el agua en el horizonte, apenas una mota sobre la mar, rodeada de agua y a punto de caer por el límite curvo que formaba el mundo. Recordaba la sensación de aquél entonces.

Él tendría ocho años, y la habían abandonado por vez primera para verla desde lejos, usando uno de esos vehículos de propulsión que surcaban el aire hasta depositarlos sobre el llamado fin del mundo. Viajaba con su familia, incluyendo a su abuelo, un anciano amable que le hablaba de los elementos de la ciudad que se veían desde allí, y le pasaba cada poco los prismáticos para que pudiese contemplar su belleza, hablándole de aquellas calles llenas de magia de las que habían salido.

Merrik nunca la había visto de lejos, siempre había paseado por sus calles y contemplado el cambiante reflejo de la luz del día desde abajo.

—Es la ciudad más bonita del mundo —decía su abuelo mientras señalaba el punto en que el cielo y el mar se confundían con el Sol de fondo. Tan solo la ciudad y el brillo de la estrella determinaban la franja que separaba el refugio de aves y peces. Citaba a Ryokuu—: los pájaros se refugian en lo alto del cielo y los peces en el fondo del mar. A nosotros nos queda esa fina película donde aún se nos permite estar, justo bajo unos y sobre otros. El espacio que se ha determinado para nuestra vida.

—Pero nosotros tenemos rascacielos en la ciudad —dijo un Merrik de ocho años—, y edificios debajo de la ciudad, en el agua.

Ya veremos, dijo el maestro zen —suspiró el abuelo mientras observaba por última vez la ciudad blanca rodeada del fuego del atardecer, antes de la cena con los suyos.

Merrik recordaba de un modo vívido la última noche con su abuelo, y el día en que le dieron la noticia de la muerte de su padre. Corría por las calles blancas y estrechas de la ciudad flotante con lágrimas furiosas en los ojos que casi le impedían ver. Lágrimas de tristeza y rabia contenida, encerradas en el espacio de un disco flotante en mitad del océano. Sus pisadas se oían por encima del sonido vivo del aire pasando a través de las turbinas eólicas, y palpitaba en el suelo incluso más fuerte que la vibración con la que el suelo se desplazaba varios milímetros hacia arriba, varios milímetros hacia abajo. La respiración con la que la urbe movía sus generadores y cargaba las baterías de agua para proveer de electricidad a la ciudadanía.

Tenía catorce años, y estaba en clase cuando había sido informado del suceso. Uno de los profesores le había sacado del aula y había empezado a explicarle.

—Merrik, nos acaban de informar de que tu padre ha fallecido. Ha sido un accidente, él estaba…

Pero Merrik no había oído nada más. Empujó al mensajero y salió con toda la potencia que le dieron sus piernas en desarrollo, recorriendo hasta la extenuación las ramificadas calles estrechas, las pasarelas y puentes colgantes de fibra de cemento pálido que vibraba con su paso. Hasta llegar a uno de los extremos, mirando hacia el este, hacia el Cabo Finisterre donde unos años atrás había perdido a su abuelo. Recordaba haberse quedado afónico gritando en los muelles que daban a un océano Atlántico helado, vociferando al espacio donde una vez el núcleo de la ciudad fue construido en los astilleros y botado al mar.

Un Merrik anciano movía los pies sobre el acantilado que había contemplado en su juventud, meditando sobre su vida pasada. Sobre su vida futura y la ciudad que nunca llegó a existir.

Érase una vez ninguna parte, respiraba hondo y cerraba los ojos, que dejaban caer pequeñas gotas que bajaban hasta su barba, y luego sobre esta hasta caer sobre sus viejas piernas. Los abría de nuevo al mundo con la esperanza de ver brillar una vez más la ciudad como lo hizo el día antes de su boda.

Recordaba cómo se veía la ciudad desde el cielo, cuando el globo aerostático se elevaba metro a metro sobre la pista de despegue. Él y su novia se abrazaban con nerviosismo, y sensación de vértigo provocada mientras la cesta ascendía sobre la ciudad a mucha más velocidad de la que nunca hubiese imaginado.

¡Wooooooohoooooooo! —gritaba Evet al viento frío, dejando la forma de los edificios relegados a meros puntos blancos sobre un fondo entablillado de marrón. Pronto, las calles se desvanecieron engullidas por los blancos edificios más grandes, y estos por los barrios, que pronto perdieron su forma en el ascenso.

Besos cálidos en contrapunto al frío de la atmósfera, y una ciudad blanca con forma de estrella de mar a sus pies. Lágrimas frías que se helaban en sus ojos meses más tarde, cuando esparcía en soledad, y en un globo similar, las cenizas de su madre sobre la misma estrella de mar, ahora pálida y apagada de amanecer. La acidez y amargor de la pérdida unidos a la alegría de su nueva aventura con Evet.

La aventura de un pasado relegado a un futuro en el que estuvo y que nunca volvería a contemplar. El recuerdo de la presión sobre sus ya lastimados músculos la primera vez que salía al espacio con sus hijas, y que constituyó la última. El vértigo y pánico que sentía en gravedad cero mientras señalaba a sus pequeñas el punto brillante de luz que era la isla flotante donde habían nacido ya siete generaciones de la familia.

Recordaba cómo las pequeñas peleaban por el telescopio de la estación y se veía obligado a intervenir para establecer un sistema de turnos en el que tomó parte. Desde allí, su ciudad consistía en millones de pequeños puntos de luz parpadeantes, consistentes en un cosmos propio de estrellas sobre un océano oscuro. Sintió el frío del mar a ochocientos kilómetros sobre sus olas.

—¡Qué va! —le dijo Carina, fiel imagen de Evet, mientras lanzaba a su hermana pequeña al otro lado de la estación haciendo uso de la falta de gravedad. Ambas reían—. Tienes frío porque estamos en el espacio, bobo, no por el mar.

—¿Ah, sí?—dijo antes de lanzarse a por sus cosquillas.

Mierda, pensaba Merrik cuarenta años después sobre el acantilado, buscando la ciudad que nunca había llegado a existir sobre el horizonte. Tratando de imaginarse cómo quedaría sobre el océano. Intentando con toda su imaginación escuchar de nuevo las explicaciones vagas de su abuelo, las palabras de sus padres y la risa de sus hijas. Concentrándose en el sonido sordo que hacía la ciudad al respirar.

Con esfuerzo, se levantó de la roca, se dio la vuelta y comenzó a andar hacia el poblado. Tardó cuarenta minutos en llegar al centro del risco conde tenía una casa de madera en la que el frío se colaba por cada rendija.

Mierda, suspiraba mientras varios de los habitantes del poblado lo observaban y reían en silencio, pensándole loco. Igual tienen razón, y tú mismo estás loco.

A eso había llegado Merrik, a imaginarse que quizá todo había sido un sueño. Un golpe en la cabeza que le provocó el espejismo de su pasado, que sería el futuro de toda aquella región, quizá dos mil años después. Recordaba de manera casi vívida hechos por los que había sido considerado un loco, un anciano senil con conocimientos útiles pero completamente perdido en el mundo.

—¿Del futuro? —habían dicho en aquella lengua tosca pero similar a la que Merrik conocía, hablada en la región de Lucus, perteneciente a la provincia de Gallaecia—. Usted no viene del futuro, anciano. ¡Póngase a trabajar! Haga algo útil.

Y así había hecho. Ayudaba a construir con su arte extraño y mágico edificios más resistentes por las mañanas, y dejaba las tardes libres para pasear y dibujar.

Abrió la puerta de su casa y encendió el candil que le permitía ver algo allí dentro. Sacó sus pinturas y siguió donde lo había dejado el día anterior. Por el extremo noroeste de una ciudad blanca de luz que aún no existía, y que quizá nunca llegase a ser. Dibujó con un pincel negro y fino la curva del edificio que recordaba, y coloreó de blanco el lateral interior. Bajo el lienzo, y grabado en letras firmes, rezaba el título.

Cidade. Érase una vez ninguna parte, por un viajero del tiempo

 

6 pensamientos en “Cidade. Érase una vez ninguna parte

    1. Correcto, he vuelto a cambiarlo, esta vez tocando HTML y estilos para hacerlo más atractivo. Para mí Disqus es genial, pero por lo visto acojona a la gente, y se echan para atrás.

      Por cierto, se deja escuchar la canción. Bien podía ser la BSO del relato ^^
      Que, a cuenta de eso, busco el modo de insertar una pista de audio ‘youtubera’ al principio del relato para el que quiera hacer clic y escuchar un poquino de ritmo mientras lee. Y en esas estoy =)

    1. Muchas gracias por pasarte, #Jerby ^^

      Lo cierto es que hace poco dejé de escribir cuentos/relatos tras 214 seguidos, uno cada día. Quizá más tarde vuelva a escribir, pero sin duda tienes material para un tiempo 😛

      Un abrazo.

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