Ciegos a voluntad

Creo que nadie se dio cuenta porque, en el fondo, nadie deseaba enterarse de qué era lo que estaba ocurriendo. Todos caminaban a su alrededor, a escasos centímetros, y ni uno solo llegó a pararse un instante a verle. A preocuparse por él. Cada vez estoy más seguro de que, en el transcurso de las horas desde que ocurrió, miles de personas anduvieron a tan solo unos pasos de distancia. Y todas apartando la mirada. Todas evitando verlo.

Ciegos a voluntad

Creo que es eso lo que más me molestaba de la situación. El hecho de que miles de personas hayan pasado justo a unos centímetros, y el hecho de que no deje de ocurrir en todo el mundo. Ahora mismo, un acto repetido cientos,  quizá miles de veces. Incluso más, a lo largo de todo el globo en cientos de ciudades.

No lo sé, supongo que es así como somos en realidad. Que esto es en lo que nos hemos convertido la sociedad moderna. Y no puedo dejar de darle vueltas, me martillea la cabeza mientras me acurruco en silencio en la cama y lloro. Podría aceptarlo, interiorizar el hecho y clasificarles a todos por igual. Es lo que se suele hacer en estos casos: mirar hacia fuera, resoplar, y seguir con tu vida.

Fingir que no se ve nada al mirar en esa dirección, ocultarlo incluso de ti mismo y de tu memoria. Intentar demostrarle a uno mismo que no se ha contemplado nada, mientras el recuerdo de lo ocurrido araña las paredes subconscientes de la memoria, tratando de salir al exterior en forma de lágrimas. Y que estas empapan la almohada incluso antes de que sepas por qué.

No puedo evitar darle vueltas. Pasó horas a la vista de toda una ciudad, y años antes que eso. La misma ciudad atestada de gente que le ignoró. Y que lo está ahora mismo en otras tantas localidades, y tantas veces dentro de ellas que… Una bola en el estómago me impide respirar. Lo sopesas, y haces un recuento mental de todas aquellas personas que podrían llegar a ver algo así a lo largo del día, en todo el mundo. Y de ese cálculo surge una pregunta que me deja inmóvil en la cama, sollozando.

¿De verdad no se podría haber evitado?

La tristeza hace que me plantee incluso otros aspectos, y que no pueda contener las lágrimas.

¿Estoy rodeado de verdad de esta clase de personas?

Soy capaz de recordar ese día a la perfección. Todo él. Y eso me destroza por dentro.

Me había despertado tarde, cerca del mediodía, con un dolor terrible de cabeza. Dormir hasta muy tarde siempre conseguía ese efecto en mi cerebro, de martilleo animado por un corazón en taquicardia. Desayuné algo industrial y me vestí con la ropa del día anterior.

Salí por el portal y me cubrí los ojos con las manos. La intensidad del sol y el reflejo que este daba en las fachadas me hicieron cerrar los ojos con fuerza. Y varias lágrimas escaparon debido a ello de mis ojos. Miré a la izquierda y bajé la calle.

Llevaba calados los auriculares que me evadían del mundo y, sin haber quedado con nadie, era libre para recorrer las calles de mi ciudad. Una vuelta antes de comer, sin preocuparme por una ducha o por mi aspecto. Un aspecto horrible tras una noche de insomnio. Solo necesitaba caminar, y lo hice durante horas. Sin rumbo, ensimismado dentro de mi introspección.

En retrospectiva, no puedo dejar de dar vueltas al hecho de que todos hubiesen pasado, de que nada se pudiese haber hecho. Demasiada tristeza condensada en forma de una pequeña manta marrón en el suelo, y en cientos de ojos que pasaron por encima en lugar de ayudarle.

[…] Ya era muy tarde cuando volví a casa. Había comido fuera, he ido a dar vueltas hasta que la batería del teléfono se había apagado. Sin música, recorrí las calles de vuelta dejando los auriculares en mis oídos. Era más fácil caminar sin escuchar nada alrededor. Anochecía, y empezaba a hacer frío. Me calé la capucha sobre la cabeza y metí las manos en los bolsillos.

Ya antes de girar la esquina era evidente que algo pasaba. Las luces brillantes contra la fachada antes iluminada por el sol de mediodía danzaban ahora siniestras sobre el atardecer, parpadeando en naranja, rojo y amarillo.

Mi calle es una de las vías más grandes de esta ciudad, y se encontraba atestada por una multitud que miraba algo. Había un cúmulo de ellos cerca de mi portal, junto a las luces de la ambulancia que seguían girando naranjas, rojas y amarillas. Como si con sus vueltas pudiesen hacer retroceder el reloj. Como si girando lo suficientemente rápido la ambulancia tuviese algún sentido allí, y no hubiese llegado demasiado tarde.

Avancé, con los auriculares colocados y sin sonido, y la capucha calada, abriéndome paso entre la gente. Estoy seguro de que gran parte de aquellas personas que ahora miraban hacia el cordón policial lo hicieron también a lo largo de aquél día hacia el pequeño bulto tirado en la calle.

Alguien me saludó con la cabeza, y reconocí al tendero que tiene un establecimiento en la acera de en frente. Nunca he comprado ahí, pero siempre le saludo. Le devuelvo una inclinación de cabeza, y sigo avanzando.

Me cruzo con la mujer que vigila que la gente con coche no pase del tiempo establecido en sus parquímetros, y con un barrendero que suele dejar colillas mientras empuja su carro con cubos dentro. Les saludo a ambos de la misma manera. Todos tienen cara triste, como si eso solucionase todo lo que no habían hecho. Como si el poner cara de póker durante unos minutos les eximiese de la culpa que en realidad tenían.

¿De verdad no se podría haber evitado? ¿Estoy rodeado de verdad de esta clase de personas?

Había cientos de personas en la acera, y todas inmóviles ante el cordón policial, observando un pequeño bulto en el suelo. Cubierto ahora con una tela metálica amarilla. Como si esa tela pudiese hacer que volviese la pequeña manta marrón. Como si la ambulancia aún tuviese algún sentido sobre la acera.

Avancé junto al cordón y dejé todo atrás, caminando hacia mi casa con los cascos puestos sin música y la capucha calada. Supongo que el gentío hacía ruido a mis espaldas, pero yo los había bloqueado de mis oídos, como había decidido bloquear parte de la realidad de mi día a día. Tuve que hacer varios intentos para sortear a la gente, y a la ambulancia, antes de llegar a mi portal.

Saqué las llaves del bolsillo y abrí la puerta, teniendo mucho cuidado de dejarla completamente cerrada a mis espaldas. Siempre me cercioraba de ello, como si quisiese evitar que la calle entrase al portal. Subí las escaleras, pensando.

Creo que nadie se dio cuenta porque, en el fondo, nadie deseaba enterarse de qué era lo que estaba ocurriendo.

Fue en aquel momento, en el portal, cuando empecé a darle vueltas y a tomar consciencia. Y subí todos los escalones con esa idea en la cabeza, palpitando a cada paso que daba. Abrí la puerta del piso, la cerré, y caminé a mi cuarto directo. Me quité las zapatillas y los pantalones, y me metí en la cama sin retirarme los auriculares. Dándole vueltas a la misma idea.

A menudo, los recuerdos pueden ser molestos. Y la incertidumbre del futuro, también. Supongo que por eso la gente no quiso darse cuenta de nada mientras ocurría. Nadie puede hacer que algo que haya pasado no haya pasado, y nadie puede probar que algo no pasará. Y le tememos a ambos conceptos. A lo que podría llegar a ocurrir si no hacemos nada. A lo que hubiese ocurrido si.

Recuerdo que me quedé dormido llorando en silencio, recordando aquello que había deseado olvidar. Recordando lo que no había ocurrido porque no había actuado, y lo que había pasado en realidad aquella tarde. Recordando todo lo que había borrado de mi memoria y dejado atrás para soportar el hecho al que no quería hacer frente.

Recordando cómo había sido en realidad.

Me había despertado tarde, cerca del mediodía […] Desayuné algo industrial y me vestí con la ropa del día anterior. Salí por el portal y me cubrí los ojos con las manos. La intensidad del sol y el reflejo que este daba en las fachadas me hicieron cerrar los ojos con fuerza. Miré a la izquierda y le vi toser en el suelo, cubierto por una pequeña manta marrón. Tosía casi en silencio, con cuidado de no molestar a nadie, con los ojos tristes de quien no tiene nada sobre lo que apoyarse en el mundo. Tosía solo.

Llevaba años en aquella esquina, pidiendo limosna en paz. Nunca le vi beber o fumar, ni maldecir o decir algo a los peatones. Siempre regalaba una sonrisa sincera y unos «buenos días» a todo aquel que le miraba.

Aquel día no le oí con los auriculares puestos, pero pude imaginarme su voz cansada en mi cabeza cuando movió los labios cortados por el frío de la calle, incluso después de haber estado tosiendo, y asintió con una de sus sonrisas sinceras.

Varias lágrimas escaparon debido a ello de mis ojos.

Supongo que lo que más me costó aceptar aquella noche era que yo había sido uno más. De esa clase de personas que pudieron haberlo evitado. Uno más de aquellos que le ignoraron durante toda su vida hasta el momento en que vino la ambulancia con sus luces. Luces que no eran capaces de girar a suficiente velocidad como para hacer retroceder el tiempo y suprimir el motivo de su llegada.

Las mismas luces que nos recordaban a todos lo que tendríamos que haber hecho.

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