Cielo de roca bajo tres soles

El primero de los tres soles se ha escondido ya del horizonte, y ha dado lugar al segundo tercio del atardecer. Helio es el más pequeño de todos. Azul y ligeramente más rápido que los otros dos, rota sobre ellos, y en este momento de su órbita se esconde el primero sobre el horizonte en el que los tres bailan en vertical. Su tono, un lapislázuli mucho más brillante que el amarillo y rojo de Sunna y Sigel respectivamente, baña aún las capas altas de la atmósfera, proyectando oscuras sombras anaranjadas a nuestros pies.

Cartel «Cielo de roca bajo tres soles»

Miro a mi mujer, y ella me devuelve una sonrisa, retirando el velo fotoprotector de su rostro. Durante siete horas al día, Helio nos obliga a usar este tipo de pañuelos, que apantallan los rayos UV que la estrella nos envía, y que ha convertido la superficie del planeta en un erial.

Casi todo Petra es inhabitable por sus altas temperaturas. Solo aquí, en el polo norte, así como en el sur, la vida puede prosperar a unos apacibles veinte grados en el último de los atardeceres. Cuando Sigel baja hasta fundirse con la planicie, y esta se convierte en una carcasa sangrienta por sus muchas grietas y hendiduras, la brisa fresca barre la planicie desde nuestra espalda y corre hacia la puesta. Tras ello, el planeta traga con su horizonte al gigante de gas, y queda a oscuras durante quince horas en las que el cielo arde rojo por un extremo y negro por otro. Justo antes de que Helios vuelva a ponerse en cabeza de la carrera de soles y el atardecer se vuelva azul, y de lugar al primero de los amaneceres.

Permanecemos allí veinte minutos, observando junto con otras personas la boca del espacio circular hundido a nuestros pies, que descansa en el suelo como un gran hoyo oscuro de veinte metros de radio. Ninguno de los soles proyecta sombra dentro de la vertical excavada en la roca, y no lo harán nunca. Nos encontramos a doce kilómetros del eje de rotación del planeta, y ninguno de los soles asciende por encima de los siete grados en el cielo estrellado. Pasado un tiempo, volvemos a dentro.

Tanto Elisa como yo somos nuevos, y llevamos apenas un mes en Petra. Quizá por eso seguimos yendo a la superficie en busca de la luz. Llegamos con las últimas provisiones enviadas desde Marte en la última nave de colonizador. Tras el aterrizaje, Petra se convirtió oficialmente en un planeta autónomo. Uno que requería de todos nuestros esfuerzos para el movimiento. Bajamos las escaleras que rodean la cueva con pasos lentos y firmes. Elisa nació en Colonia Fobos, la ciudad satelital más grande de la Federación Terrana, y yo nací en Arcadia Planitia, seis mil kilómetros más abajo. Ambos contamos con una musculatura no apropiada para un planeta de algo más de un g.

Al final del primer tramo de escaleras, para cuyo descenso son necesarios más de diez minutos, tan solo la iluminación artificial es capaz de marcarnos el camino. A esta altura, el círculo al cielo abierto es un agujero de luz pequeño sobre nuestras cabezas, y las personas que recorren su margen son meros puntos. La plataforma metálica que rodea la gruta horizontal está desierta, pese a que conecta en el nivel más alto las cinco cuevas principales. No obstante, los petranos rara vez suben tan arriba. Tan solo los jóvenes y su instinto explorador y transgresor se dejan caer por aquí, donde es fácil encontrar cigarrillos de hiervas y hongos.

Elegimos el túnel sur y caminamos de la mano durante unos minutos. Cada pocos pasos, una candela ilumina el camino, y un enorme tubo nos acompaña a lo largo de la ligera pendiente. El conducto está ahora casi vacío, canibalizado en gran parte. Fue el primer gran conducto eléctrico de Petra, cuando las naves seminales transferían la energía de sus generadores a los pueblos emergentes bajo ellas.

Un giro y unas escaleras cortas nos llevan a una vista con la que aún no nos acostumbramos ninguno de los dos, y que transciende los conceptos de vértigo y agorafobia. Damos a una pasarela que recorre el techo de la caverna principal, sobre la que la mayoría de la ciudad norte de Petra se extiende a varios kilómetros bajo nuestros pies.

Septan se encuentra en la cueva más grande construida por el ser humano. La gruta es un espacio similar a una olla de cocina, un cilindro cuyas bases han sido limadas, pero con un diámetro desproporcionado para su altura. El valle se extiende a lo largo de casi veinte kilómetros de diámetro, y sobre él crecen los campos de cultivo, las viviendas y los espacios de trabajo.

El cielo de este mundo, que tanto Elisa como yo podemos tocar si nos estiramos lo suficiente en la pasarela, se haya cubierto de focos y espejos que ofrecen algo de iluminación al hervidero de vida, cinco kilómetros más abajo. Se haya sostenido por cinco columnas de apariencia fina y endeble a un kilómetro cada una del centro, y que se usan para transportar una decena de elevadores cada una. A medida que nos acercamos a ellas, estas toman la relevancia que no se les da en un principio. Cada una de ellas mide más de cincuenta metros de diámetro, y posee una abertura que mira al centro de Septan, donde la pasarela por la que paseamos entra en la roca.

Entramos en uno de los ascensores y pulsamos el único botón que posee, mientras las puertas circulares se cierran. Dentro del ascensor, un pequeño cartel cifra el número de personas máximas en ochenta, aunque por las dimensiones bien podrían entrar casi el doble. Estos ascensores se construyeron para bajar las primeras naves seminales en pedazos, cortadas mediante cizallas magnéticas para construir los primeros edificios sobre la roca de allí abajo.

Tardamos unos minutos en llegar abajo del todo, donde las puertas se abren y los olores ocultos desde las alturas invaden y saturan las narices poco preparadas como las nuestras. La atmósfera se vuelve densa debido a los perfumes y cocciones de la ciudad. Aquí y allá, nubes de vapor envuelven a las personas que salen y entran dentro de la bruma junto a los restaurantes callejeros.

El alboroto y los gritos son la tónica general de la ciudad, donde la falta de sol mantiene despierta y dormida a la población por igual, y donde las horas del día no son respetadas. Cientos de personas pasean en cualquier momento por sus atestadas calles, bajo las cuales los edificios verticales de residentes se esconden en la roca. La gente prefiere disponer de un lejano techo a cinco kilómetros, bajo el cual en ocasiones se forman pequeñas nubes, que mantenerse recluidos en sus armarios de piedra.

Suspiro y cojo a Elisa de la mano, guiándola con su hinchada tripa a nuestra casa soterrada. Ella no deja de acariciar su vientre, el primer petrano de la familia, nacido en su nuevo planeta.

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