Cobayas

Aprovecho el ritmo para entrenar. Música trance. Entra en mis oídos, invade mi cerebro y marca el paso para el levantamiento de peso. Observo el contrapeso subir y bajar. Asciende por la guía que han montado esos cerebritos del taller mientras suelto aire, e inspiro de nuevo cuando la dejo caer.

Cobayas

A pesar de que mi cuerpo no está en contacto con el juego de pesas, estoy sudando, y mi corazón late más rápido de lo que recuerdo que lo haya hecho en mis entrenamientos normales. El entrenador, a mi lado, me anima mientras mira cómo levanto el objeto y lo dejo caer. No sé lo que dice. Por mucho que se esfuerce por gritarme al oído, los auriculares logran frenar el significado de sus palabras.

«Mejor» pienso, mientras sigo concentrado en realizar la última serie.

Me concentro, y la carga vuelve a ascender mientras varias gotas de sudor caen por mi cabeza. Hay que joderse, lo que cuesta moverla. La dejo caer por última vez y retiro la música de mis oídos. Hemos terminado.

—Hemos terminado—repite Hicks, inconsciente a lo que ocurre dentro de mi cabeza—. Buen trabajo. Han sido nada menos que…

—Diez kilos de mierda. Eso han sido, Hicks, diez putos kilos de mierda—contesto, con una sonrisa amarga en la cara mientras bajo al vestuario.

¡Diez kilos! Puedo levantar cuatro veces más peso con una sola mano. Qué lamentable. No sé, cuando alguien se te acerca después de ganar una medalla y te dice que va a darte poderes mentales, esperas poder destruir ciudades y levantar montañas con la mente. No diez míseros kilos.

—Mario, sé que es frustrante, pero lleva su tiempo.—Mi entrenador me persigue escaleras abajo con su estúpido acento extrangero.—Tienes que entrenar tu cerebro. Yo lo veo del siguiente modo: nunca antes habías usado ese músculo.

Me paro en seco, y Hicks me alcanza. Le miro fijamente, hacia abajo. Es muy bajito, me recuerda a esos personajes de cómic antiguos. Comparado conmigo, debería sentirse ridículamente indefenso. Sin embargo, y debo admitir que sorprende, es capaz de llevar la voz cantante. Estoy seguro de que alguien como él sí que movería montañas si alguien le inyectase esa mierda que me dan a mí.

Pero no lo hará, porque él es del tipo inteligente. Me disculpo por mi negatividad mientras evito golpearle y termino entrando en el vestuario. Coincido con otro de los sujetos, e intercambiamos impresiones. Él ha llegado a quince kilos tras entrenar durante seis meses seguidos, a diario. Y lleva estancado casi dos. Qué alegría. Es muy reconfortante. Se marcha y entro a la ducha.

Abro el grifo sin ayuda de mis brazos y hago bailar durante unos segundos una masa de agua sobre mi cabeza. Luego, se desploma sobre mí, empapándome, y dejo que el grifo la escupa al ritmo que le plazca. Si me hubiesen dicho antes de esto que iba a sudar más usando la telequinesia que entrenando de manera normal en el gimnasio, no les hubiese creído. Cierro los ojos, y me vuelvo parcialmente ingrávido.

Esta es la sensación que más me gusta. Puedo retirar casi cinco kilos de peso de mi cuerpo sin demasiado esfuerzo, y mis músculos se relajan. Hace unos meses me presentaron a un tipo al que tenían que atar a la cama al dormir si no quería despertarse mientras caía y se partía el cuello.

Hasta ahora, el récord lo tiene un tipo al que no conozco, pero del que me han enseñado sus vídeos. Consiguió hacer rodar un tanque, pero no lo levantó del todo. Solo lo giró sobre sí mismo varias veces antes de que le reventase una vena de la cabeza y muriese. Como vídeo de concienciación.

«Joder» pienso mientras cierro el agua y traigo la toalla del cuarto de al lado «Quizá debiera decir que no, irme y dejar el programa».

Oigo las sirenas mientras el cuarto adquiere una tonalidad roja y parpadeante. Fuera se oyen disparos, y un crujido similar al que hace un edificio al colapsar sobre sí mismo. Me protejo de manera instintiva la cabeza cuando veo las grietas correr por el techo y el polvo cayendo sobre mí. Pero el techo no llega a hacerlo nunca. En lugar de eso, se eleva, dejando entrar el aire caliente y tórrido de la calle, así como el sol bajo de la mañana.

La masa del edificio se eleva lo suficiente como para ver tres formas a un lado de donde estaba el jardín. Las tres flotan en el aire. Una de ellas tiene los brazos extendidos hacia el edificio que prensa sobre mi cabeza. El segundo mira al sur y parece estar reteniendo un centenar de disparos con toda tranquilidad. La tercera figura es una mujer, aunque el sol no me permite ver nada más distintivo que su figura y pelo recogido en una coleta. Me está mirando a mí, desnudo sobre el vestuario destrozado.

—Bueno, ¿qué? ¿Vas a vestirte ya o le digo a Jaime que ya puede soltar el edificio sobre tu cabeza?