Cómo ahogar una marioneta humana

Nunca había muerto ahogado con anterioridad. Mi especialidad, si es que puede llegar a llamarse así, habían sido los saltos. Ya sabes: te subes en lo alto del edificio dominante de la ciudad y das un pequeño paso al frente. Un salto. O corres hacia el vacío.

Cartel «Cómo ahogar una marioneta humana»

A mí, particularmente, me encanta correr y tratar de alcanzar el edificio de enfrente. No, por supuesto que no lo consigo. Mucho antes de llegar a la mitad de la calle, mi cuerpo ha agrietado de un modo sutil el asfalto. En cierto modo, ha conseguido hundirlo unos milímetros. Una vez escuché algo al respecto antes de volarme la cabeza en el parque nacional de Yellowstone. Por lo visto, el récord estaba en hormigón hundido catorce centímetros por el impacto de un cuerpo humano.

Soy un ser modesto, y no busco la fama. Tan solo la excitación previa a la muerte de alguien. Por ello, me he preparado un premio para hoy. Me encuentro en el puerto de Sídney, donde a cien metros de distancia, la profundidad es de casi quinientos. Ideal para mis propósitos.

Me tumbo sobre el muelle y contemplo las estrellas. Son diferentes aquí, al otro lado del mundo de donde acostumbro morir. Las miro, y mi nuevo cuerpo se estremece con el placer previo. Ellas serán testigos de la agonía de este cuerpo, y nadie podrá detener la caída. Sonrío y noto una erección en marcha. Los cuerpos humanos son interesantes.

La dejo correr hasta que se desvanece y me quedo mirando las estrellas a la espera de que pase alguien. Hace unos minutos he encendido una bengala a un par de metros de mí, sobre el muelle, y sin duda pronto llegará personal preocupado por la seguridad de este tipo al que ocupo. No puedo sino reírme de la situación.

Por fin, varias personas gritan al otro lado del muelle y corren hacia mí.

«Bien—pienso—ha llegado el momento»

Cuando aún se encuentran a veinte metros de mí, empujo el trozo de metal, que se hunde en el agua junto con la cadena. El primer hombre casi me ha alcanzado cuando mi cuerpo se precipita al agua fría y comienza a bajar. No me ha gustado que el agua estuviese tan fría, pero ver la cara de asombro del hombre bien vale el precio pagado por ello.

Mi cuerpo se precipita hacia la oscuridad mientras uno de ellos se lanza hacia mí con la esperanza de alcanzarme. Puedo observar cómo nada hacia abajo. Pero sus pulmones llenos de aire le impiden llegar a mi posición, que se aleja de él poco a poco. Le sonrío y levanto el pulgar, y me devuelve una mirada de miedo e incomprensión antes de volver a subir. No es capaz de alcanzarme.

A mi alrededor, casi todo es oscuridad a tan solo treinta metros, y los pulmones empiezan a doler. Junto con ellos, oigo un pitido en los oídos debido a la compresión contra ellos, y unos metros más abajo percibo cómo revientan con la presión. Sigo bajando, y soy capaz de saborear el olor de mi propia sangre, que se cuela en la boca y la nariz, donde el agua trata de entrar.

Lo consigue a unos cincuenta metros, donde mi caja torácica no resiste más y comienza a prensar debido al empuje del agua contra ella. Un hilillo de sangre sale ahora de mi boca, pero permanezco consciente unos segundos más mirando hacia arriba.

El nivel del agua se ha convertido en un cielo turbio donde varias luces tratan de localizarme. En la superficie siguen buscando este cuerpo muerto, y me reiría si pudiese meter aire en mis pulmones. Pero no puedo, y siento el hormigueo de la muerte mientras muestro mi sonrisa al mundo. Me encantaría ser descubierto así, sonriendo.

Pierdo el cuerpo antes de tocar fondo, y mi espíritu asciende hacia la superficie. Hacia aquellos idiotas. Mi verdadero cuerpo no es físico. Al menos, no como el tuyo o como el que acabo de asesinar. Es una mezcla diferente, no sujeto a los problemas que tiene la materia para moverse por el universo. No puedo sonreír con él, pero mi alma lo está haciendo, mientras emerjo del agua y veo la gente sobre el muelle.

Ya hay una veintena de personas, y a lo lejos se escucha un helicóptero llegando. Me acerco al muelle y busco alguien con una pistola. Me encantaría saber qué pasaría si comienzo a disparar al helicóptero. ¿Lograré derribarlo con una pistola? Por desgracia, ninguno de ellos tiene una. En Sídney no se llevan, por eso es más divertido Estados Unidos.

«No importa»—pienso, mientras me acerco a un tipo obeso con chaleco salvavidas y entro en su cuerpo, invadiéndolo.

Cuesta unos segundos, mientras el cerebro lucha contra la agresión. Pero en menos de un minuto, consigo controlar su cuerpo y su cabeza. Me gusta pensar que ellos aún pueden ver y sentir lo que hago con su marioneta. Es más divertido así. Me aparto de los demás, que no han notado nada, y busco a mi alrededor algún objeto gracioso. Como un hacha o un garfio que poder hundir en los cuerpos de mis compañeros mientras veo cómo se precipitan al agua. Pero no encuentro nada.

Aburrido, me alejo de ellos, caminando hacia la ciudad. Oigo cómo varios de ellos repiten un nombre que yo ignoro, y sonrío. Todo Sídney me espera para que juegue con ellos y, por suerte, yo no duermo.

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