Cómo murió el futuro

Giro sobre mis talones, esta vez para dejar el fondo del andén a mis espaldas y enfilar la entrada. El tren sigue sin llegar, y la gente ha empezado a impacientarse.

No somos muchos, pienso mientras paseo el largo del andén, menos de veinte personas suponiendo que sepa estimarlas bien. En cualquier caso, solo algunos puñados. Nadie se desplaza a primera hora al extrarradio. El otro andén, sin embargo, está abarrotado de pasajeros que se empujan unos a otros y que incluso ocupan las escaleras de acceso. Algunos han empezado a marcharse hace unos minutos, desesperados.

Cómo murió el futuro

Algo ocurre, pero no nos dicen nada por megafonía, y yo llevo media hora valorando el irme o no. Llego al principio del andén y me giro. Pasear me relaja, y no estoy seguro de cómo afrontan la espera la multitud al otro lado de la vía. Tan ansiosos como yo, pero sin poder moverse más allá de un palmo antes de chocar contra otro no pasajero.

Los altavoces llevan cuarenta minutos ausente, y aquí abajo la cobertura no existe. Ahí fuera, en la civilización, puede haber ocurrido cualquier cosa sin que nosotros alcancemos a saber de ella. Y, sin embargo, la gente sigue acumulándose en el andén poco a poco.

No, espera. Me detengo y observo el andén de en frente. Hace un rato que la gente ha llegado a ocupar la mitad de la escalera de acceso, pero la columna de gente no crece. Quizá haga media hora que no viene nadie más.

Me he detenido junto a una señora mayor con su nieto. Él me lanza una sonrisa, ausente a la demora de los trenes. El pequeño no tiene ese sentimiento de que algo ha ocurrido. La señora que parece su abuela me mira con el pesar de quien ha vivido calmas similares, y trata de esbozar una sonrisa que no llega a término para desmoronarse en ojos de preocupación.

Ya está bien, pienso, cogeré un taxi. Saldré a la calle, veré qué está pasando y cogeré un taxi. No tenía prisa, pero de eso hace una hora. Miro mi reloj para justificar el gasto que realizaré. Giro hacia las escaleras y, antes de poder poner el pie sobre la primera horizontal, el suelo se sacude con violencia. La gente del otro andén cae, empujándose unos a otros. Varias voces gritan algo que no comprendo y trato de ponerme en pie mientras la atmósfera se llena de polvo que cae sobre todos nosotros desde la bóveda.

A gatas, subo el primer tramo de escaleras tosiendo por la atmósfera saturada de una nube blanquecina. Es entonces cuando me alcanza la señora con su hijo. La cara de ella ya no esconde ninguna preocupación, y trata de arropar con su cuerpo al pequeño. Les ayudo a llegar a la esquina que forma la escalera con el suelo, alejados de las vías, cuando los tres lo oímos.

Del túnel, en dirección norte, nos llega un chirriante sonido metálico, similar al que hace un tenedor contra una pizarra, pero mil veces más intenso y agudo. El sonido se vuelve insoportable justo antes de que llegue el calor.

Una vez, siendo yo pequeño, viajé con mi madre a su pueblo natal, donde tenía una chimenea. Tras una hora de limpieza, estaba lista para usarse. Recuerdo la sorpresa ante el calor irradiado por aquella fuente de calor bailando sobre la madera. Recuerdo haberme hecho quemaduras solo de estar cerca del fuego. Esto fue mucho peor.

La atmósfera se incendia cuando el tren entra en llamas arañando las paredes de la estación. El calor se vuelve insufrible incluso a diez metros del andén. Miro unos segundos y veo las ventanas expulsando fuego. Cada una de ellas es una gran chimenea y emite mucho más calor que aquella que puse con mi madre. Comparado con este fenómeno, aquello fue una cerilla.

La anciana cubre al pequeño y yo los cubro a ambos. Supongo que es lo que hay que hacer, todo aquello de las mujeres y los niños primero.

El tren tarda apenas cuarenta segundos en cruzar el andén al completo, pero la sensación es la de haber estado agachados horas. Me levanto en la atmósfera ahora llena de humo y trato de poner de pie a la señora. Su cuerpo cae hacia un lado del pequeño, que mira aterrado lo que ahora es tan solo un cuerpo inanimado.

Sin pensarlo, le cojo en hombros y empiezo a subir las escaleras. No podemos quedarnos allí o pronto no habrá aire que respirar. Varios minutos después, salimos a un amanecer que hoy todos recordamos. El Amanecer, con mayúsculas.

El cielo, normalmente rojo, se ve diferente con la gran cantidad de humo que suben hacia él desde todos los puntos de la ciudad. Las columnas negras lo oscurecieron más tarde durante semanas mientras la ciudad escupía fuego por todos sus poros.

Nadie conoce el origen de los numerosos incendios, pero pronto una multitud asustada de la situación se va formando en la salida de la estación.

—Lo recuerdo como si hubiese sido hace tan solo unos días—digo ante la multitud que se ha reunido ante la tumba de mi hijo mientras sigo contando el relato de lo que ocurrió la mañana en la que el futuro dejó de existir.

Éramos unos pocos cientos, y alguno gritó algo, por lo que varias decenas fuimos a mirar. Yo y el muchacho íbamos con ellos. A cien metros, una de esas columnas de humo surgía de un cráter en el suelo. Algo se había estrellado. ¿Un satélite? ¿Algún trozo de chatarra espacial?

La respuesta a la pregunta entró en la atmósfera cayendo, trazando un arco sobre nuestras cabezas, y explotando a menos de dos kilómetros sobre nosotros. Meteoritos. Un par de ellos siguió al primero y en unos segundos el cielo estalló en llamas. Quienes vieron la primera andanada dijeron que esta fue peor.

Todos corrimos de nuevo a los túneles de manera instintiva, cubriéndonos del polvo con pañuelos o camisetas, y pasamos allí abajo los dos días que duró el bombardeo que incendió la Tierra. Ningún país se salvó de las explosiones. Ninguna civilización esperó para morir a aquellos que nos escondíamos.

—Como todos sabéis, nadie vino a rescatarnos.—Ahora miro al centenar de personas que me acompañan. Caras que han estado conmigo los últimos treinta años de mi vida y que en aquél momento fueron tan solo caras situadas al otro lado de las vías ahora son mi familia, como lo son los huesos enterrados a poca distancia bajo el suelo cubierto de ceniza—. Nadie vendrá. Todos debemos cuidar del resto porque estamos solos, como lo estaba el hijo que nunca esperé y que, sin embargo, llegó. Todos sabéis que si hoy estoy aquí ha sido gracias a él porque toda persona que tiene un qué vivir encuentra siempre un cómo. Vosotros sois mi porqué.

Coloco un muñeco de madera tallada junto a la tumba de mi hijo y me retiro unos pasos. Sin duda, alguien de la comunidad querrá hablar o decir algo. Pondríamos flores, pero hace casi una década que nadie ve ninguna. Quizá la carne de mi hijo ayude al planeta a regenerarse. O le sigamos uno a uno hasta que las pirámides sean contempladas por una inteligencia que aún no ha tenido el tiempo de evolucionar.