Cortina de Luna

El suelo vibra y retumba al tiempo que el cielo arde en rocas y se inunda de la mezcla de polvo, humo y fuego que hoy en día actúan como amanecer velado sin importar la hora. Esta cortina de luna que cae del cielo ilumina la oscuridad en la que ella misma nos envuelve y calienta un mundo frio por las nubes que Tánatos ha decidido posar sobre nosotros.

Cortina de Luna

El sol no alcanza a posarse sobre la superficie del planeta desde hace semanas, y los que quedamos nos arrastramos por una superficie en la que el calor viene de una atmósfera que sufre los fuegos de lo que queda del compañero de nuestro planeta. Nos arrastramos a la espera de que la vegetación bajo las capas de ceniza y nieve vuelva a aparecer en un evento futuro a, quizá, milenios de distancia. Y, mientras tanto, la humanidad tendrá que aguantar las heladas que vendrán y la muerte de los continentes. Y a la propia humanidad.

La procesión de cientos de miles que lucha contra la nieve y la lluvia ligera a la que ya pertenecen todos nuestros corazones se dirige al mar. La humanidad ha sustituido a los ríos que ahora se ahogan congelados, y fluye hacia los océanos con la esperanza de que allí la vida se preserve de la catástrofe de la desaparición de la Luna.

Hace cuatro semanas que camino junto a las mismas personas, desde que se anunciase el impacto y los consejos comenzasen a llover días antes en que lo hiciese el satélite. Tánatos colisionó poco después contra ese elemento estabilizador que era nuestra luna, fragmentándola en millones de pequeñas rocas de fuego helado por el frío del espacio, y convirtiendo nuestro futuro en la neblina que ahora nos veíamos obligados a atravesar a diario.

Debido al golpe del impacto, la humanidad contaba con catorce días antes de que lo que en su día había sido la Luna sembrase nuestro mundo de oscuridad y la iluminase con las ráfagas y explosiones atmosféricas que convirtieron el horizonte en hielo y ventiscas. Los restos orbitaron el planeta en cientos de millones de trayectorias elípticas, dando un abrazo mortal para las criaturas que nos movíamos sobre su superficie. Al final de la segunda semana, el cielo empezó a oscurecerse lentamente, y horas más tarde empezó la lluvia de fuego que nos obligó a proteger la piel del calor atmosférico y del polvo. Muchos sufrimos las quemaduras que otorgan el fuego y el calor extremo.

Apenas un día después, empezaron las nevadas por el frío que cubría el planeta. La radio dejó de funcionar, y nos quedamos a oscuras mirando un cielo que se habría confundido con el horizonte de no ser por la claridad que los fragmentos de luna nos daban al entrar en la atmósfera.

Tenemos que tener cuidado por dónde colocamos los pies, y una veintena de hileras de senderos se han abierto en paralelo sobre la faz de la planicie. Más de un metro de nieve y ceniza entierran a nuestros compañeros situados a la distancia de un brazo mientras nos centramos en situar cada pisada en la huella del anterior. Tras dos semanas de nevadas y caída de polvo atmosférico, nadie está seguro de lo que hay bajo nosotros. Las ciudades y las carreteras, colapsadas hasta la fatiga los primeros días, se abrían como estalagmitas cónicas y verticales a ambos lados de los senderos, desdibujadas bajo la manta de luna que los cubría.

Preservadas para un futuro que puede que nadie sea capaz de ver, quizá diez mil años hacia delante. Es posible que, entonces, si queda alguien, se aventure a desenterrar lo que fue el milagro de la tecnología moderna, la misma que no ha sido capaz de salvarnos.

Según las últimas emisiones televisivas, no habría tiempo para ninguna salvación. El meteorito rozaría nuestra atmósfera exterior e impactaría en el centro de la luna, situada casi tras nosotros en su mortal trayectoria. Tan solo quedaban horas, y ninguna acción bélica contra Tánatos, el dios que cabalgaba contra nosotros pero no nos mataría directamente. En lugar de ello, daría como resultado de su impacto las condiciones idóneas para nuestra muerte lenta a manos de un planeta incapaz de proporcionarnos vida.

Y, sin embargo, la estela de almas que fluye ahora hacia el mar se encuentra incapaz de rendirse, luchando contra un mundo con fecha de expiración, contra el hielo y las tormentas de ceniza, contra el hambre que cubre la última procesión de la humanidad de atrocidades antes imposibles. La cortina de luna que Tánatos nos ha regalado arropa ahora un mundo tan hostil como era antes, levantando la venda de los ojos que nos había hecho creer que fuimos importantes y que había valores que defender.

Mientras camino, mastico la carne cruda de alguien que no tuvo la suerte de seguir la cadencia del nuevo mundo, y espero para mí la amabilidad que no he sido capaz de concederle mientras fluyo a lo que nos negamos a creer será un final lento.