Crashball

El juego por excelencia dentro de la estación era sencillo: si la bola superaba el kilómetro de altura, se ganaban puntos. Y si ésta rompía algo en su caída al otro extremo de la estación, se ganaban más aún. Goethe se disponía a batear mientras su primo, Toth, lo observaba con la bola en la mano.

Crashball

—Dale por abajo, ¿vale?—Toth, cinco años más mayor, le estaba enseñando a jugar al Crashball, un absurdo juego destructivo que se había prohibido-y por tanto puesto de moda- en todas las estaciones. Por lo que Toth sabía, versiones similares del juego se practicaban incluso en los cilindros Tamara-K y Vento que viajaban a una fracción de c hacia el las rocas exteriores del Sistema Solar.

—¡Vale!—contestó Goethe mientras su primo lanzaba una simulación de pelota de baseball. Estaba cosida en piel sintética y las capas interiores habían sido fabricadas de fibrocaucho procesado de los restos de la estación. Era lo más parecido a una pelota terrestre que iban a conseguir allí.

La pelota fue lanzada a baja velocidad y ligeramente inclinada para que Goethe pudiese golpearla sin problemas. Y lo hizo. La golpeó y la pelota surcó el aire directamente hacia los pies de Toth, quien reía al otro lado del improvisado campo.

Había otros cinco niños con ellos, de diferentes edades, todos pertenecientes al mismo núcleo de la estación. Estaba prohibido alejarse mucho, de modo que jugaban en el lugar más alejado posible de los adultos, pequeño parque con tres árboles que crecían esbeltos hacia la ingravidez, dos kilómetros más arriba.

Toth volvió a lanzar la pelota, y esta vez su primo la golpeó desde abajo y con muchas más fuerzas. La pelota subió casi en línea recta, pasando de una zona con gravedad estándar a casi cien metros del eje ingrávido de la estación para trazar una curva y lanzarse contra el suelo de la misma, casi en el otro extremo en el que jugaban los niños. Algo lanzado con la fuerza suficiente era capaz de ascender los dos kilómetros de radio de la estación ya que solo en la superficie la gravedad era fuerte. Unos metros más arriba, comenzaba a desaparecer.

—¡Sí!—gritó Toth, que miraba con los prismáticos de su padre dónde caía la bola—¡Oh, qué pena! Ha caído en un tejado y no lo ha roto.

El resto de niños, impresionados por la rebeldía adolescente de Toth, rieron al unísono. La pelota estaba ahora perdida, y habría que fabricar otra de nuevo. Una pelota, una partida, solía ser lo convencional en niños pequeños con poca maestría. Los adolescentes, con más entrenamiento, se pasaban la pelota entre campos de un lado a otro de la estación.

Toth miró hacia arriba, hacia el lugar donde deberían estar las estrellas, y no las echó en falta. En lugar de un cielo abierto, el suelo curvado del cilindro en el que vivían hacía de paredes y techo del mundo. Desde cualquier posición de Centuria era posible ver cualquier otro si se disponía de los prismáticos adecuados. Y Toth los tenía.

Los niños empezaron a desaparecer y él se quedó sentado en el suelo del parque, disfrutando de las plantas de menos de diez centímetros que no sabían que, diez metros más arriba, la gravedad bajaba de manera considerable.

—Si las plantas lo supiesen, como lo saben los árboles, pronto no quedarían humanos en la estación. ¡Nos invadirían!—Era lo que había dicho Sora unas semanas antes de que trasladasen a toda su familia fuera de la estación Centuria. Fuera del Cinturón de Kuiper.

Toth dirigió sus prismáticos hacia arriba, ligeramente a la derecha en el sentido de avance de la estación, y miró a través de ellos la casa que Sora habitó durante toda su infancia y adolescencia. Ella era un año mayor que Toth, y acababa de cumplir los dieciocho cuando la guardia HAMMER entró en su vivienda y se los llevó a todos sin que pudiesen despedirse.

Cinco semanas después, un mensaje de ella a través de la Nexonet le informaba que habían sido desalojados por incumplir las políticas medioambientales de la nave: Sora tenía un hermano pequeño. La política de nacimientos era clara, cada pareja podía tener tan solo un hijo a menos que sus capacidades físicas y mentales en la infancia fuesen excepcionales, momento en el que un segundo era concedido y trasladado a otra estación para evitar la endogamia.

Sora había demostrado con creces las capacidades solicitadas y el segundo, Kang, fue concedido. Pero sus padres ocultaron el parto fingiendo un aborto para poder estar con él todo el tiempo posible. Y ese tiempo era menos de un mes. Bravo por los padres de Sora.

Miró a través de los prismáticos y observó la ventana por la que él la ayudaba a bajar para ir a pasear por la estación. Ahora, otra familia había sido trasladada allí. Una familia sin hijos que pronto recibiría la autorización para su primero.

Guardó los prismáticos y se puso en pie. En su Nexo, el último mensaje de Sora había sido enviado hacía dos meses estándar, y no esperaba recibir uno pronto. Se sentía engañado, y aunque era consciente de que la culpa era de los padres, ella podría habérselo dicho. Podría haberse despedido previamente antes de empezar…

Empezar, ¿qué? ¿Qué eran sino amigos? Pensó mientras se alejaba de su núcleo y una voz lo llamaba a lo lejos. Siguió caminando, ignorando la voz, hasta el otro extremo de la estación situado a cuatro kilómetros en línea recta y a más de seis si no se usaba un propulsor. Como menor de edad, Toth no tendría derecho a un propulsor hasta dentro de tres años más. Entonces podría viajar de un lado a otro de la estación en unos segundos. Hasta entonces, tendría que pasear. Sin ella.