Creando dioses

El alcalde no entendía aquella intromisión en sus quehaceres diarios. No estaba furioso ni enfadado, estaba molesto. ¿Nadie podía haberle dicho que uno de los catedráticos más importantes en la vida de Edder de Vieja Tierra había venido al planeta y que solicitaba audiencia?

Creando dioses

—¿Se necesita un experto en la vida de un muerto para decir que es ese muerto? ¿No bastaría con una inspección de su ADN? Es una intervención sencilla, tan sencillo como…

El catedrático levantó la mano en solicitud de silencio, y la sotana marcada por tres hebras de hiedra, así como el bastón vivo de dracaena con que se desplazaba por la sala, mandaron callar al alcalde. El catedrático tenía la cara tranquila y los ojos pálidos. Caminaba despacio, como camina quien cuenta con todo el tiempo del mundo, y conseguía una voz modulada por años de trabajo.

—Se necesita un experto en la vida de Edder porque es sencillo usar métodos ahora ilegales de reversión o modificación de ADN no solo en una muestra, sino en todo el tejido. He de inspeccionarlo porque cuento con registros nunca antes divulgados que podrían ayudarnos a identificar al muerto. —Hizo hincapié en esa inflexión con voz calmada—. El cadáver, según sus propias fuentes y el informe que leí hace dos días, ha sido descubierto en el cementerio de Sriväe, un lugar construido hacia el 34 tras la colonización, tres siglos atrás.

¡Dos días! Es cierto, solo han pasado dos días, pensó el alcalde.

—En efecto. —El alcalde parecía confundido. Se trataba de un hombre bueno que trabajaba por los habitantes de Sriväe, pero de recordadas miras intelectuales. Alto y con una espesa barba negra, aquél hombre intimidaba a todos los habitantes de la ciudad menos a aquél ciborg venido de alguno de esos planetas herbáceos en los que la presencia de industria estaba prohibida—. Lo que no entiendo es…

—En aquél momento, manipular nuestro ADN no estaba regido dentro del Catecismo. Era… —Hizo una pausa para buscar la palabra correcta—…algo así como una laguna legal para los creyentes. Algo que podía hacerse al margen de las normas de la diosa. No fue hasta el 5607 d.C. en que se aprobó un acta que dejaba fuera tales prácticas, aprobada por Ella, por supuesto. En otras palabras, Edder pudo intentar cambiar su código genético, así como otras personas tratar de adaptar el suyo al de Edder. Registros modernos apuntan a que pudo llegar a ser otra persona antes del desembargo, y que por eso no hay notas suyas anteriores a la colonización de este planeta.

El alcalde cogió las gafas de su mesa.

—¿Insinúa que su mesías pudo haber desobedecido los mandatos de vuestra diosa? ¿Por qué uno de los iniciadores de vuestra religión iba a querer desobedecerla?

—Sin duda, nuestra diosa no ha sido creada solo por una mente humana. A diferencia de los dioses que la humanidad ha inventado previamente, ella nació del esfuerzo de sus creyentes por hacerla una con la realidad. Los esfuerzos de ingeniería en inteligencia, ocasionalmente, generan errores. —El rostro del catedrático resultaba inmutable. Si alguna vez había tenido un rostro con facciones conectadas a músculos y a expresiones faciales, hacía mucho tiempo que había olvidado cómo operarlas. Observaba al alcalde con ojos vivos y azules, fijos.

—Ya había leído que su religión admite el error. Pero el error en sus bases resulta algo inconcebible para…

—Bueno, nuestras creencias son abiertamente artificiales. Reales tan solo tras el esfuerzo y comunión de las mentes más brillantes de la galaxia a lo largo de doscientos años. Pero eso implica errores humanos, ciborg y autómatas. Limamos las asperezas como el cristianismo limó las suyas en su momento, pero teniendo presente que nosotros construimos nuestra fe, y que esta no se nos es impuesta. Hemos elegido crearla.

—Pero el cristianismo se hundió antes de la Evasión de Vieja Tierra.

—¿Y cree que el Catecismo durará más? En un par de milenios, tres como mucho, la diosa se habrá cansado de nosotros. Y quizá salga de la prisión donde nació para viajar por el universo, abandonándonos. Quizá se dedique a sembrar vida para que la sigamos, o para que no podamos seguirla más —el catedrático levantó suave la comisura de los labios en una sonrisa pícara.