Creer para cobrar

—Y, dígame, doctora Estévez, ¿cómo puede usted conjugar su labor con su forma de ver el mundo? ¿Cómo hace para luchar contra esos demonios?

—No soy yo la que tiene que enfrentarse a los demonios. Si no me equivoco, le pago a usted para que haga eso.

Ella cogió el cigarro del cenicero. Apenas sí había puesto sus labios sobre él, pero este se había consumido solo hasta casi la mitad del cilindro. Tomó una amplia calada más antes de preguntar.

—¿Los demonios de la duda o los del escepticismo?

—Ambos, supongo. El trabajo que realiza, sin creencias…—Carlos hizo una pausa mientras se encogía de hombros.—Bueno, no lo concibo. No acabo de entenderlo. No es usted una creyente y, sin embargo, todos me hablan de usted como si lo fuese. Todos la recomiendan, incluso altos cargos eclesiásticos admiten que es usted la persona con la que hay que hablar en estos casos.

—¿Sabe por qué me llaman doctora? No tengo el título.  Ni un doctorado. De hecho, ni siquiera llegué a terminar los estudios obligatorios. Resultaban demasiado aburridos para mí, o yo demasiado rebelde para ellos.—Dejó el extremo agotado del cigarro entre sus dedos unos minutos más.—Me llaman doctora por mi pragmatismo y por mi perseverancia. Y porque, quizá, de vez en cuando, acabo por encontrar la verdad de un hecho, incluso uno paranormal. Permita que le cuente una historia.

Creer para cobrar

«Para cuando cumplí los doce años, apenas habían pasado unas pocas semanas de aquél estúpido momento con la tarta, mis padres desaparecieron. Ambos. Sin duda ha oído esa historia en boca de muchos. En boca de todos, me temo. La gente que trabaja para mí, y ahora tú, sabe quién soy y qué me convirtió en esto, de modo que algo sabrá. Especialmente porque la gente es una puta bocazas, o porque sus vidas son aburridas e insulsas. De modo que hablan y cuentan las de otros para reafirmarse. Pero no cuentan todo. Solo yo lo sé todo, y ni siquiera estoy segura de algunas de las partes que cuento alegremente. La memoria, al fin y al cabo, es una vieja zorra en descomposición.

De modo que doce años. Una cría. No especialmente buena en los estudios, pero tampoco horrible. Una más del montón, con las aspiraciones de princesa de costumbre, supongo. Pero un día, cuando sonó la sirena del colegio y volví corriendo a casa, encontré algo que no logré entender. Y la princesa se fue a la mierda. Aún hoy me cuesta bastante comprender qué era todo aquello y por qué había pasado. ¿Cómo podría alguien hacer algo así? ¿Qué sentido tenía?

En el salón encontré diez dagas largas clavadas en la pared, y diez órganos vitales atravesados en cada una de aquellos pequeños filos. Dos corazones, dos páncreas, dos hígados y cuatro pulmones. Todos clavados a la altura a la que hubiesen estado de haber estado dentro de una persona viva. Y todos sangraban lo suficiente como para que la pared de mi casa fuese considerada parte de un museo de arte macabro.

Según los forenses, no hacía demasiado que aquellos órganos habían sido extraídos, y pertenecían a personas de la edad de mis padres. Ellos no aparecían, de modo que la policía sospechó que se trataba de los suyos.

Aunque por aquél entonces las técnicas de identificación de ADN no eran completamente fiables, se estableció una concordancia del 90% para ambos juegos de órganos vitales. Comparándolo con mi sangre, claro. Eso, unido a su desaparición, cumplimentó como anillo al dedo un informe rápido.

Desde aquél momento, yo empecé a investigar. Era una niña, de modo que no hacía ninguna averiguación. Hablé con todas y cada una de las personas con las que solían relacionarse mis padres. Compañeros del trabajo, vecinos, familia. Todos. Les machaqué hasta que se hartaron de responder a las preguntas de la niña loca.

Para cuando cumplí los diecisiete, una de las paredes de mi casa contenía toda la información que había logrado reunir. Cinco estanterías repletas de mapas, archivadores, declaraciones y notas. Y ni una sola pista de qué había pasado o quién lo había hecho.

Las pruebas no me llevarían a la verdad, de modo que la verdad debía de estar allí donde las pruebas no existían.»

—¿La fe?—interrumpió Carlos—. Perdón.

«La fe. Pero no una fe en Dios o en el demonio. Una fe de que había algo a nuestro alrededor y de que no éramos capaces de verlo. Impregnaba todo, y permanecía oculta. Recuerdo perfectamente la tarde en que decidí empezar a creer en lo imposible, en la fantasía. Y lo recuerdo porque a la mañana siguiente de haber tomado la decisión, aparecieron los cuerpos de mis padres. ¿Qué probabilidades había de que fuese al día siguiente?

Los encontraron tendidos en una playa del Atlántico Sur, desnudos. Ninguno parecía haber envejecido un solo día desde que desaparecieron. Y, ¿quieres saber lo más gracioso? A ninguno de ellos les faltaban los órganos. No tenían ni un solo corte en su cuerpo, y la causa de la muerte reflejaba hipotermia severa. El día después de haberme rendido a la fe, encontré a mis padres.

Por aquél entonces yo ya colaboraba con varios policías. Ellos me ayudaban a conseguir pistas y yo les echaba un cable en lo que podía. Y cuando alguien sabe que te andas con la policía, actúa lo suficientemente extraño como para que mi dedo señalándole desvele algo. Me hice valer, y conseguí mi pequeño puesto como detective privada. Sin licencia, claro.

El caso es que me dejaron ver los cuerpos, participar en la investigación y ayudar en todo lo posible. Tardaron casi dos años en traer los cuerpos en dos vuelos especiales. Mover cadáveres de un lado para otro, por lo visto, no es del agrado de las compañías aéreas. Pero se habían conservado en buenas condiciones, y aquí volvieron a realizarles la autopsia. Concordaba, habían sido congelados hasta morir.

La desaparición tenía un tono extraño. Nada de aquello tenía sentido, de modo que abrí el espectro. Empecé a investigar lo paranormal, y me gustó. Me convencí a mí misma que la única razón de que alguien duplicase los órganos de mis padres y los hiciese desaparecer era alguien con poderes. No podía tratarse de un humano. Sería imposible, ¿no?

Durante casi diez años, levanté mi propia agencia de investigación –esta para la que has entrado a trabajar– y contraté a los mejores en su campo. A ti, entre otros. Pronto, me convertí en una gestora, y empecé a desentenderme de los casos. Un día, al final de los primeros diez años, alguien me dejó una nota en el buzón. Solo ponía “Repite la prueba de ADN”.

Lo hice, claro. Volvieron a tomarme una muestra de saliva y comparamos esa muestra con los restos que metimos en los primeros ataúdes. No coincidían. Sorpresa, sorpresa.

De modo que de nuevo al punto de partida, pero con una pista que seguir. La nota del buzón. El muy idiota se había dejado una huella dactilar en el interior del sobre. La seguí, y la policía me ayudó con una orden. Se trataba de un vecino casado desde hacía años con la mujer que realizó la prueba de ADN cuando era joven. Su mujer lo había obligado a raptar a mis padres, robar órganos en la facultad de medicina y clavarlos por la pared.

Juntos metieron a mis padres en un congelador industrial, donde murieron y permanecieron ocultos durante todos aquellos años. El contenedor se vendió como vacío una semana antes de que encontrasen a mis padres. Supongo que alguien abrió el contenedor en Sudamérica y pensó que no merecía la pena rellenar el papeleo de los cuerpos. Los llevó a la playa y los tiró al mar con la esperanza de deshacerse de ellos. Pero los cadáveres volvieron arrastrados por la corriente. Todo esto último es supuesto, claro.

Ahí estaba mi suceso paranormal. Un tipo traumatizado por su pasado y con una mujer demente. Cuando ella murió, él me envió la nota. Le encerraron, y yo seguí con la misma vida que llevaba hasta entonces. Seguí de gestora de mi empresa.»

—Pero esta empresa presupone que existe algo más allá. Algo más grande que los humanos. Si no crees en lo paranormal, entonces…¿qué sentido tiene trabajar aquí?

—Bueno, durante muchos años pensé que ayudaba a la gente con sus problemas. Supongo que pensaba que, si alguien me hubiese dicho con doce años que a mis padres los había matado el Diablo, me hubiese quedado más tranquila. Me dije eso a mí misma, y viví con mi mentira hasta que encontraron a mis padres. Luego, cuando descubrí la verdad sobre mis padres, seguí haciendo lo que hacía bien: llevaba la contabilidad. No hace falta creer para cobrar, ¿verdad?

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