Cronista

Subió el monte durante otros veinte minutos más, rumbo a la cumbre, para conseguir una panorámica del valle. Lo había hecho cada día desde que habían aterrizado aquí, y pensaba poder hacerlo siempre y cuando fuese posible. Tomaba una foto, contemplaba el paisaje, y volvía a bajar. El aerodeslizador planeaba sin problema sobre la leve pendiente.

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Aún no había caminos que subiesen a la colina, aunque cerca del campamento ya existía una tela de araña de pisadas en todas direcciones. Estos hilos surgían del módulo central y  aplastaban la hierba alta que crecía por este y otros valles de alrededor en busca de otros módulos.

Llegó a una roca cuya forma se había aprendido de memoria, y detuvo el deslizador. Miró a su alrededor con las manos en las caderas hasta que se percató de ese hecho. Sonrió y las bajó. Una vez, en la estación jupiterina en la que se crio, leyó sobre esta extendida pose humana. Al parecer, la ponían todos aquellos que llegaban a algún lugar alto. Fue a buscar la cámara de fotos.

Lo cierto es que el monte no era un lugar demasiado alto, pero disponía de una vista casi completa del valle donde se habían afincado. Observó el improvisado campamento, construido en principio con las naves de descenso orbital pero satinado de casas bajas de adobe aquí y allá. Cuatrocientas de las casi mil personas que habían traído había preferido empezar a vivir fuera de las naves, estando estas sin energía y siendo un peligro constante de acumulación de gases tóxicos.

Las naves hacía mucho tiempo que no eran herméticas. Aquí y allá, sobre las cabezas de adobe, cientos de prendas de vestir colgaban de improvisadas ventanas abiertas a la atmósfera del planeta a golpe de hachazo. Hacía mucho que estaban siendo canibalizadas para construir otras viviendas en la superficie o para fundir materiales en la fragua.

Montar una fragua no es la idea que alguien tiene de colonizar un planeta, pero las dos naves de ingeniería se habían estrellado en diferentes puntos de aquél mundo anaranjado. Y el cultivo de nanorobots solares aún no alcanzaría una masa crítica hasta dentro de muchos meses. Quizá, con este sol débil, incluso tardase años en cubrir buena parte del campamento y ser funcional.

Los pequeños robots absorbían la luz emitida por el astro y la transferían a las baterías, desde las que se alimentaba el campamento. La que sobraba, alimentaba sus pequeñas células de combustible y procesamiento de materiales para la construcción de más nanomáquinas similares.

Pero el proceso era lento. Para la creación de una sola máquina era necesaria la energía recolectada de cientos de unidades a lo largo de varios días, en condiciones ideales en las que no se gastase la energía que habían recogido. Aun así, su número había crecido cerca de un 0,5% en lo que llevaban aquí. Y una tasa de crecimiento exponencial les sacaría de sus problemas en cuestión de años a mucho tardar. Sus hijos podrían disfrutar de una vida tecnológica mientras que los padres se protegían con escudos y lanzas.

Solo tenían que evitar morir antes de que la masa de nanos alcanzase el punto en que poder cubrir gran parte del planeta. Pero los animales de aquél planeta trataban por todos los medios de matar a la gente. Al fin y al cabo, eran una especie no autóctona.

Gracias a la fragua habían podido levantar una empalizada baja de metal, madera y rocas. Y estaban produciendo palas para cavar un foso, así como flechas para los arcos. Sin duda, un retroceso tecnológico, pero uno para adaptarse a las condiciones actuales.

Una vez tomada la fotografía, permaneció durante diez minutos más sobre la cima, observando la tela de araña entre cúpulas. Un centenar de puntitos ya habían empezado a moverse por el campamento, y el sol estaba a punto de salir. Se dio la vuelta y volvió a subir a la aeronave.

—¿Cuándo se deja de hablar de campamento para empezar a hablar de pueblo o ciudad?—pensó como cronista de esta nueva época de la humanidad.