Cronoplantas. El final de la Tierra

La máquina del tiempo nunca fue inventada. No tuvimos el tiempo suficiente antes de que apareciese. En lugar de eso, sería intentada en un futuro que nunca llegó a darse, precisamente, porque habría sido creada entonces. En lugar de eso, simplemente, apareció. Y, cuando lo hizo, cambió el mundo que conocíamos para siempre, tanto como para no poder ser diseñado nunca, pero existir durante siempre.

cronoplantas

La primera planta hizo aparición a las afueras de un bosque de Alemania, junto al pueblo de Ilfeld. Alemania era un país mediano en el centro Europa, uno de los continentes de la Tierra. Aquella madrugada, el 27 de décimo de 3042 d.C., un ruido brusco despertó a los habitantes del lugar. Una explosión ocurría en las últimas líneas de árboles del bosque de pinos, levantando el suelo que atravesó el objeto al aparecer.

Este lo hizo casi a ras de suelo, por debajo. La esfera semienterrada de medio metro de diámetro había aparecido entre un segundo y el siguiente, empujando la tierra que ocupaba su posición hacia arriba, los árboles hacia los lados, en una expansión instantánea. Un segundo antes, el bosque descansaba tranquilo, con algunas de sus aves despertando al resto de animales. Al segundo siguiente al trueno sin rayo, el bosque guardaba silencio absoluto mientras varios conatos ardían en los árboles muertos cercanos a la esfera.

Esta brillaba oscura, asomando su lisa metasuperficie alojada en la tierra reventada y estallada hacia fuera. El montículo fue alcanzado pocos minutos después por las personas de la aldea y, cuando la esfera fue desenterrada por las autoridades unas horas tras la explosión, esta hizo algo que ninguno de los presentes se esperaba. La corteza exterior detectó la falta de presión externa, y empezó a cuartearse. Sobre toda la cara externa, las venas rojas empezaron a surgir y a evaporar la cubierta exterior que daba lugar a la cronopausa. Esta rompió al suelo, y las semillas lanzaron sus microesporas al aire en forma de vapor.

Poco sabía la humanidad por aquél entonces de lo que significaba aquello. Cuando la planta, que no había sido catalogada aún como tal, dejó de soltar esporas invisibles, fue recogida y almacenada en un lugar frío y presuntamente seguro en un área desconocida para el público. Como si aquello fuese a ayudarlos.

Para aquél momento, los ochenta y siete cilindros O’Neil ya habían sido lanzados, por suerte, y se alejaban de una Tierra moribunda que aún no sabía lo que estaba pasando.

Varias de estas grandes esferas surgieron en las inmediaciones de Ilfeld en las semanas siguientes. Brotaban a la existencia devastando una pequeña área circundante, y se quedaban ahí horas hasta que algo las desenterraba, o pasaba el tiempo suficiente como para que se abriesen. Luego, se desvanecía su carcasa exterior y las semillas grandes eran almacenadas en laboratorios.

En ellos se dieron cuenta de que las esferas del interior de la cronopausa eran idénticas a la grande, la que había aparecido desde ninguna parte con una explosión que descartaba el espacio. Estas semillas contenían un patrón fractal de esferas contenidas en esferas en un diseño que no se había visto en ninguna planta hasta la fecha, pero que recordaba el crecimiento de algunas semillas. Absorbían los nutrientes con los que crecer al igual que lo hace la vegetación terrestre, pero de un modo mucho más eficaz. Optimizado. El aprovechamiento de la luz que les llegaba era tal que, depositadas en el suelo crecían en radio casi un uno por ciento diario. Maduraban a una velocidad excepcional.

Pero lo que más asustó a los científicos fue las esferas pequeñas, que iban desde un milímetro a dos micrómetros. Invisibles, semillas esferoidales diminutas, conservaban el mismo patrón fractal, y crecían del mismo modo que las grandes. Más despacio al principio por su baja superficie, pero lo hacían incluso dentro del tejido vivo y oscuro de un huésped, obteniendo la energía del calor de este.

Las primeras muertes se confirmaron en Ilfeld cinco días después de que la primera semilla hubiese sido abierta. Las autopsias revelaron centenares de semillas creciendo en los órganos de las personas que vieron abrir la primera cronoplanta. Habían crecido hasta obstruir venas y arterias, y destrozar órganos con tamaños visibles. Y seguían creciendo.

En aquél momento, las fronteras terrestre y marcianas fueron selladas al instante y puestas en cuarentena. Nadie entraría o saldría de los planetas, y el espacio jupiterino quedó aislado del resto de la Red a ochocientos dos días de víveres.

Con el paso de los días, la aparición de más semillas en la zona centroeuropea causó el pánico en todo el planeta, y algunas poblaciones entraron en guerras civiles. Nosotros, en los cilindros, establecimos los protocolos de emergencia que nos otorgaban el autocontrol de las naves mientras observábamos cómo la civilización se destruía a sí misma mucho antes de que las cronoplantas arrasasen la superficie del planeta.

El último informe de laboratorio que recibimos había cosechado con éxito, haciendo uso de lámparas de hidroponía y cultivando sobre un manto de nutrientes puros, una de las primeras semillas grandes. Había crecido hasta el medio metro de diámetro, y desapareció del laboratorio. Esa fue la última señal de la Tierra. Segundos después, nuestros radiotelescopios mostraban un planeta completamente cubierto por lo que parecían millones de billones de esferoides grises.

Nuestra teoría es que estas plantas no maduran todas en nuestro tiempo. En lugar de eso, en su última fase de existencia acumulan una cantidad considerable de energía y luego, saltan. Hacia atrás. Quizá uno o dos años, quizá miles. No lo sabemos. Desaparecen de nuestro espacio porque dejan de estar en él para estar en otra parte. O en el mismo lugar de otro tiempo. Hasta ahora, todos los datos de radiotelescopio nos indican lo mismo: la superficie terrestre es casi esférica, y su esfericidad y radio es cada vez mayor. Esto, creemos, es debido al hecho de que parte de las plantas viajan hacia atrás, pero otra parte de ellas se queda en esa franja temporal y siguen multiplicándose.

En el momento en que una sola de esas plantas llegó al pasado, se multiplicó hace años de manera exponencial, enviando copias de sí misma hacia atrás en el tiempo en un crecimiento tal que la superficie de la Tierra se alisó a lo largo de miles de millones de años del peso de las plantas sobre su superficie. A día de hoy, no hay rastro de masas de agua ni elevaciones o depresiones de terreno. Creemos que el peso de las plantas hundirá su propio hábitat en cuestión de un siglo, momento en el cual la temperatura de la Tierra se elevará y calcinará lo que quede de ellas desde el principio de la creación del planeta. Aunque, quizá, sobrevivan a las altas temperaturas de su propia formación y al frío del espacio que hubo en la órbita antes de la creación del propio Sistema Solar. Simplemente, no lo sabemos.

De ser así, hace 4500 millones de años, y fuera del pozo gravitatorio del planeta, bien pudieron haberse extendido por todo el Sistema Solar o incluso haber sido lanzadas como esporas hacia otros sistemas. Si esto hubiese ocurrido, no tendremos ningún lugar a donde llegar.

Nosotros, a bordo de los cilindros O´Neil, salimos hace novecientos años de un Sistema Solar contaminado con algo que no entendemos, que nunca nos dio tiempo a crear, y que destroza los posibles futuros de los que vino. Y todos sus pasados. Si las cronoplantas pueden sobrevivir al fuego o a la lava, entonces nos estarán esperando en todos los sistemas estelares a los que viajemos.

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