Cuando el mundo tiemble en pedazos

Cuando el mundo tiemble en pedazos

El impacto contra el otro vehículo hace que su cabeza golpee la el salpicadero, manchando de sangre la huella sobre la guantera, y desparramando los objetos de esta sobre las piernas ahora inmóviles de Lorena. Se ha quedado en shock, aturdida por el golpe del vehículo y su colisión al no llevar el cinturón de seguridad puesto.

Recuerda la broma que le hizo él minutos antes del impacto. La broma por la que soltaba su cinturón y la dejaba expuesta a… Abre los ojos y tose. La cabeza le duele, pero el dolor del pecho la está matando. Tiene algo en la garganta y no puede respirar. ¿Qué ha pasado?, se pregunta, y nota cómo unos brazos la empujan de nuevo sobre la almohada. Su corazón se dispara. ¡Es él!

—Descansa—le dice una voz antes de volver a perder el conocimiento.

Despierta pocas horas después, con la boca áspera. Le duele la garganta, y es consciente al instante de dónde está. Ya estuvo aquí una vez, cuando se portó mal con Dani. Mira alrededor y no puede evitar pensar en qué ha hecho mal esta vez. ¿Ha sido porque no me he portado bien? reflexiona mientras se observa el brazo derecho, cubierto por una escayola. Otra vez.

Una enfermera entra en la habitación, interrumpiendo sus pensamientos, y le sonríe. Habla, pero sus palabras quedan amortiguadas por el dolor. Dice algo más, y luego se va. Lorena se queda sola de nuevo, como lleva los últimos tres años.

Sola, con Dani.

Sola, sin él.

Sola con el miedo que le provoca que él no esté, y con el pánico de que se encuentre junto a ella. Vértigo absoluto a…

¿A qué?, pregunta una voz crítica dentro de su cabeza. La voz a la que suele no escuchar. Nadie contesta a la pregunta, porque no hay nada que contestar.

¿A vivir? ¿A tener una vida plena? Tienes miedo a eso, ¿eh?, continua la voz, y las palabras pronto adquieren el tono que tiene él cuando la riñe. Y, ¿qué vas a hacer? ¿Irte? Irte, ¿a dónde? ¿Tú sola? ¿Con quién vas a irte tú?

Se estremece en la cama con las palabras que la persiguen cada noche en boca de él, y le asusta no saber la causa del miedo: si es porque él no está con ella o por tener pensamientos que duelen en toda su piel con sus marchas. Las sábanas que cubren su desnudez no ayudan. Se siente desprotegida.

Miedo, ¿a qué?, tiembla su mente tratando de encontrar la salida del laberinto donde él la ha encerrado. Puede percibir el aliento de él en su cuello y el olor de la pared mientras él la aprieta. ¿Eh? ¿A qué tienes miedo? ¡Te estoy haciendo una pregunta!

El mundo explota en pedazos a su alrededor, la verdad abriéndose paso a través de las comisuras del miedo hasta la cama de hospital donde ha despertado. La verdad que no puede seguir negándose con la mentira que tiende a aliviar el terror. Despierta sudores fríos de resolución. Hoy el miedo que le tiene a él termina por superar el que tiene al sentirse sola. Ya no…

Alguien llama a la puerta, y ella se estremece en la cama. Pasan tras unos segundos, aunque ella no dice nada. Todavía tiene esa idea en la cabeza, y no está prestando atención a los visitantes. Les mira. Dos personas, policías. Mujeres. Saludan, cierran la puerta y se sientan a hablar con ella.

***

Lorena mece al pequeño en sus brazos mientras le da el biberón. La masa regordeta engulle la leche en polvo calentada. Si es lo que a él le gusta, sea, piensa, al compararle sin querer con su padre. Les daría a ambos todo lo que ellos pidiesen, porque ella no es nadie sin ellos.

Un repentino escalofrío recorre su espalda. Se le ha olvidado poner la cacerola en el fuego, y él está a punto de llegar. Sujeta el biberón con la barbilla mientras avanza hacia la cocina. Le duele el brazo donde tiene el moratón. El pequeño hace un ruido por la dificultad del movimiento.

—Lo siendo, Bolita—se disculpa.

Entra en la cocina, enciende el fuego con la mano libre y arrastra la olla hasta la vertical del disco naranja iluminado. Luego, termina de dar de beber al pequeño, que eructa antes de volver a la cuna en el salón.

Ella empieza a poner la mesa para que todo esté perfecto para cuando él llegue. Todo tiene que estar impoluto, porque él se lo merece. Coloca el mantel, los platos y cubiertos, y espera a que la olla le silbe que la comida está preparada. Unos instantes antes de que lo haga, él entra por la puerta.

Saluda en voz alta y deja caer la bandolera en la entrada, que luego recoge con pereza y acaba por colgar en el perchero del recibidor. Está agotado, el trabajo le mata cada día un poco más. Entra al salón y observa los platos sobre la mesa.

—¿Aún no está lista la comida?—pregunta a voces cuando se la encuentra viniendo de la cocina.

—No, se me ha olvidado…

Él la empuja hacia sí, la besa, y sonríe. (No importa), le susurra al oído antes de dar un último beso y buscar la cuna con ruedas que mueven de la habitación al salón, y de este de nuevo al dormitorio. Levanta al pequeño en brazos y se lo come a besos mientras la olla sigue silbando. ¡Ya voy yo!, dice mientras le vuelve a pasar al bebé.

Ella escucha cómo él va a la cocina, abre la olla exprés y comienza a servir en platos soperos. Mientras, habla con ella como a él le gusta hablar. Quiere saberlo todo sobre lo que piensa. Quiere saber hasta la más mínima idea que ella pudiese tener.

—¿Estás lista para dejar a Bolita conmigo?—pregunta trayendo dos platos hondos que coloca sobre los lisos. Nunca ha tenido mucho equilibrio, y los platos repican al soltarlos en la mesa.

—¡No le llames así!—replica ella en el juego al que llevan jugando desde que quedaron embarazados. Sonríe al bebé, a quien coloca en la cuna para que vuelva a dormirse—. Pobrecito, mi pequeño.

—Ya, pero no me has respondido. La semana que viene ya me toca a mí cogerme la baja, señorita empresaria. Ay, ¡perdón!—se disculpa al ver el moratón en su brazo—. Había olvidado que tenías el golpe. Te dije que no intentases mover tú la lavadora, que para darme golpes ya estaba yo.

Directora, no empresaria—matiza, y agrega—, es diferente. Yo no pongo dinero para trabajar: yo lo controlo. Al igual que puedo mover la lavadora. Al final pude, ¿o no? Dime, tú, ¿vas a poder con el pequeño? No es uno de tus programas informáticos, es un niño, ¿sabes lo que es eso? No podrás apagarlo ni…

Él vuelve a besarla de nuevo. A ambos les gusta la provocación del otro para ganarse besos de silencio mutuos. Sonríen, mientras empiezan a comer.

 

Apenas veinte minutos más tarde, el pequeño rompe a llorar anunciando la entrada de la tarde, y ambos empiezan a recoger la mesa. Él mira el reloj de la cocina. Me da tiempo de sobra, piensa. Se remanga y mete los brazos en la olla. Todo tiene que quedar impoluto, porque ella se lo merece.

Ella le descubre fregando, y le riñe por la hora:

—¡Sal de aquí, ya lo hago yo!—protesta antes de ser empujada con cariño por las caderas de él.

—Túmbate con el peque, ahora voy yo—miente, porque sabe que tiene que salir corriendo al trabajo esta tarde. Miente, porque él daría todo lo que ella pidiese, porque no sería nadie sin ella. Y porque a ella le encanta echarse tras la comida.

Pablo no entiende cómo puede querer tumbarse tras la comida, cuando él ha recargado energías para ir casi corriendo de vuelta a la oficina, y sonríe pensando en que en una semana acabará la baja de ella y empezará la suya.

Termina de fregar, y va al salón, donde ella está tumbada en el sillón con el bebé. Si a ella le gusta, sea, piensa mientras sonríe, les besa a ambos y sale de casa. Conocedor de que ellos son su mundo…


 

B. «Quizá alguien lo lea algún día y se dé cuenta. Despierte»

M. Despertad =)

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