Cuando el tiempo escapa

Caminaba entre los vivos, tratando de imitarlos. Nunca se le había ocurrido hacer algo diferente con todo el tiempo de que disponía, del tiempo que ganaba al robárselo a sus víctimas. Así, al atardecer, se levantaba de su tumba de madera, se arrastraba hacia el espejo, y empañaba su cara con los tintes de la vida que tan rápido se le había escabullido por los dedos unos siglos atrás.

Luego, se vestía del modo apropiado de acuerdo a la moda del tiempo que le había tocado vivir, y salía a la calle. Aquella tarde, cubría su rostro con un calado gorro de lana negra, y el abrigo oscuro cubría –paso sí, paso no- un chaleco gris sobre una camisa blanca y unos pantalones apagados. Rozaba el suelo al pisar con sus zapatos a la sombra, y observaba el mundo desde sus ojos blanquecinos.

Cartel «Cuando el tiempo escapa»

Se situaba junto a los vivos, paseaba con ellos, y ocupaba su tiempo rodeado de las personas a las que ya no se parecía. Aun así, trataba de imitar el vivir y el respirar. De vez en cuando, observando músicos callejeros cuya música era incapaz de disfrutar, soltaba un suspiro innecesario, una invención de su mente que su cuerpo registraba indiferente. Tras siglos sin necesitar respirar, estos gestos silbaban su apagada garganta.

Tratando de no parecer roto por dentro, acompañaba a sus víctimas durante horas, e incluso en ocasiones interactuaba con ellas. Les invitaba a café, les sonreía con muecas y escuchaba los problemas que los acunaban, ansiándolos más aún que su sangre. Aun así, su corazón inmóvil era incapaz de emocionarse o acercarse a los vivos. No desde aquella noche.

Estaba roto del mismo modo en que el cuco del pasillo de su vivienda se había roto en aquél momento. Durante una noche de hacía hoy varios siglos, y con la oscuridad alumbrando su muerte, la figura lo hizo desplomarse en mitad del recibidor, arrojando con el impulso el reloj al suelo.

La madera se quebró, y la cúpula de las agujas se rompió en un centenar de pequeños cristales que recorrieron pronto el parqué, precediendo a la sangre que él perdería y que se escapó para siempre de su cuerpo.

A modo de metáfora macabra, el tiempo escapó del reloj de cuco, escabulléndose por las grietas abiertas en el parqué. Y, aunque trató de repararlo unos años después, el reloj siguió dando las horas sin que el tiempo pasase por él.

Pensaba en aquello, como cada noche, cuando la descubrió. Salir a cazar era lo único que le hacía palpitar el corazón muerto y cubierto de telarañas. Su piel se endureció, las pupilas se contrajeron y los colmillos bajaron unos milímetros. De su corteza, y a través del maquillaje que le daba el color de los vivos, el aroma a muerte impregnó su alrededor, viajó por el aire que los separaba y entró en la nariz de la muchacha.

Los cambios, claros a los ojos de él, resultaban imperceptibles para todos los demás. En cuestión de segundos, sus párpados bajaron unas milésimas y su latido se relajó a la mitad. Cuando ambos pares de ojos se cruzaron, ella no percibió el encanto ni la subida de su presión arterial. No se dio cuenta del control que él ya ejercía sobre ella, ni de que las decisiones que tomaría no serían suyas, sino de él.

Le acompañó hasta su casa, a unos kilómetros de distancia, hablando con la tranquilidad que presenta contar con un amigo, mientras él la acercaba al sudor invisible de la piel bajo el abrigo. Abrió la puerta y la invitó a pasar, estableciendo contacto visual cada pocos minutos. La sentó en el sillón mientras ambientaba el cuarto con velas, situó la aguja sobre el tocadiscos y se quedó observándola en silencio mientras ella sonreía.

Salió a la calle unas horas más tarde. La muchacha era joven, y había resistido poco a su abrazo. Iba a necesitar más sangre aquella noche. Él siguió paseando por las calles de su ciudad sin estar vivo. Percibió el olor de la gota de sangre sobre su labio y la retiró con el índice, pasándolo por el interior de su boca. Siguió paseando. Buscando.