Cubierta 57B

Un estrecho pasillo ligeramente curvo de cincuenta pasos de longitud, sin ventanas, dando a cuarenta y tres puertas de habitaciones dobles igualmente ciegas. Siete metros de ancho entre la pared exterior de la habitación situada a la derecha y el fondo de la habitación de la izquierda. En esas dimensiones cabía un baño comunitario unisex además de una pequeña cocina. Durante catorce años, ese fue todo el espacio que tuve, a compartir con otras noventa y tres personas.

Cubierta-57B

Cuando eres un niño y tus padres te meten a la fuerza en la única de las naves que llegó a despegar, a costa de sus propias vidas, no te planteas tener más. Te conformas con lo que te dan, y agradeces cada pedazo de aluminio sobre el que poner el pie. Con seis años, dejé la Tierra para no volver. En dirección a Brenen, junto con miles de personas, a bordo de la Necario. Disponía de una cama para mí solo, y un juego de rotuladores que alguien olvidó junto a unos archivadores y con los que me hice nada más subir. Cientos de hojas con diagramas técnicos de seguridad en el espacio que usé para colorear y negociar hasta que cumplí los nueve, momento en el que me quedé sin juguetes.

Éramos treinta y dos niños de diferentes edades en aquél pasillo situado en el anillo B y, aprovechábamos la baja gravedad para seguir jugando con fuerzas más allá de las posibilidades terrestres. Debido al giro de la Necario, pesábamos tres cuartas partes de lo que lo haríamos en la Tierra, con lo que los más altos eran capaces de tocar el techo si saltaban lo suficiente. Nadie nos decía lo malo que sería para todos nosotros la falta de gravedad.

Hasta los veinte años, ninguno de mis amigos tuvo ningún problema significativo debido a la baja g, pero a medida que pasaban los años e íbamos conociendo a otras personas de las zonas B y C, los traumas empezaron a ser no solo visibles, sino dolorosamente cercanos. Cinco de mis amigos murieron a lo largo de la década siguiente, lo que (según las estadísticas) nos convertía a la cubierta 57B en los más afortunados de todos. La Necario perdió casi doscientas almas durante esa década, y apenas hubo nacimientos.

Nuestra población siguió en recesión hasta que cumplí los treinta y cinco y Brenen se hizo visible en los sensores de largo alcance. Solo faltaban tres años para llegar, y eso aumentó el ánimo general de la tripulación, entre los que nos incluimos Sarah y yo. Aunque ella era de la 57J, nos habíamos visto de manera ocasional a lo largo de toda una vida, y las bajas en la 57B permitieron cierta permeabilidad. Ella había sido uno de los primeros bebés a bordo, y cuando el médico nos dijo que estaba embarazada, nos alegramos de saber que la pequeña sería unos de los pocos de la segunda generación a lo largo del vuelo. Pronto, a nuestra hija la acompañaron una veintena de nacimientos más, y Sarah ganó un permiso para vivir de manera temporal en las cubiertas exteriores, con unas condiciones sanitarias mucho mejores que el pasillo donde nos habíamos criado.

A diferencia de la B, la zona A y el hotel daban al exterior. Al cielo estrellado que nos rodeaba. Yo nunca pude verlo, claro, pero Sarah me lo contaba siempre que nos veíamos. Recuerdo que no era capaz de imaginarme cómo era el cielo hasta que no volví a verlo casi dos años después, al llegar a Brenen.

Aquella primera mañana tardamos casi seis horas en poder salir al sol. Ligeramente más pálido que el terrestre, el brillo de nuestro nuevo mundo casi nos quema las retinas, poco acostumbradas a nada más brillante que unas pocas bombillas. Eso, sumado al descenso, nos dejó a todos en unas condiciones demasiado pobres como para ponernos a andar de inmediato. Yo había descendido con la 57B, pero Sarah había bajado en uno de los transbordadores del hotel junto con la pequeña de dos años. Podríamos haber descendido juntos, pero bajo ninguna circunstancia les hubiese dejado hacerlo en nuestro módulo de escape. A diferencia del transbordador, el módulo de la 57B era una lata de impacto sin asientos, en la que una decena de personas nos agarrábamos con miedo a la red central con la esperanza de no morir al llegar al suelo. Ninguno lo hizo, lo que no puede decirse del resto de naves.

A mediodía del día 1, cogimos todos los víveres que fuimos capaces de llevar con nosotros y avanzamos hacia el este, hacia el humo del resto de impactos. Eran cientos las fumatas azules que se habían levantado tras la llegada al planeta. El azul significaba que había supervivientes. El rojo, como señal de emergencia, que no. Dejamos el humo azul encendido y nos dirigimos hacia el cúmulo central de impactos. Supongo que todos lo hicimos, pero nosotros tardamos en llegar casi dos meses.

Tardamos tres años en localizar a los tres últimos supervivientes, que encontramos en una isla cercana a la costa cuando mi hija mayor cumplió los cinco. La civilización en Brenen empezó con seiscientas doce personas distribuidas en un radio de dos mil setecientos kilómetros.

Brenen es duro. Mucho más que la Tierra. No hay vida superior a unos peces minúsculos, y las plantas fuera del agua apenas existen, pero nos las apañamos. Hemos plantado todo lo que hemos traído, y parece que en un par de décadas las cosechas llegarán a un punto óptimo. Somos pocos, y pretendemos que siga siendo así. Mientras no pasemos del millón y medio de habitantes, todos tendrán aquello que necesitan para sobrevivir toda una larga vida. Solo espero que mis descendientes hayan aprendido la lección, y cuiden este mundo.

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