Custodes: ¿Qué harías si todos están mirando?

Custodes era sucio, claramente deshonesto y del todo traicionero, morboso en grado sumo y del todo ilegal.

Por supuesto, triunfó.

La primera vez que gravé a mis vecinos lo hice con la cámara de mi teléfono móvil, y pasé a encriptar la fuente y origen del mismo en el momento en que usé por primera vez la aplicación. Como todo aquello que pronto se vuelve un escándalo público, la opinión pública lo prohibió a nivel moral unas semanas antes de que empezase a infringir la ley.

Por las mañanas, criticábamos la aplicación, firmábamos peticiones para la total retirada de Custodes y establecíamos cómo debían ser castigados los que lo usasen. Por la tarde, todos nos enganchábamos al que sería el nuevo show del siglo XXI.

Cartel «Custodes» 1

Había nacido en la luz pero, debido a su naturaleza, pronto fue empujado a la obscuridad más abyecta. Desapareció de las tiendas clásicas y se desplazó como .apk por el ciberespacio, desde el que –cada vez más- más gente se la instalaba. Eso no impidió que gran parte de la población hiciese uso de ella.

Para cuando superó al resto de redes sociales juntas, habían resultado evidentes varios puntos. El primero, que era indetectable. Nadie podía –a menos que te pillase usándolo- decir que el vídeo lo habías hecho tú. No había pruebas. El segundo, que todos lo usaban. Todos, en todas partes. Incluso aquellos que en un inicio maldijeron su tecnología.

El mecanismo era sencillo, pero su uso y funcionamiento resultaban evidentemente complejos. Era necesario una imaginación importante para «jugar».

Se parte de un vídeo grabado por alguien, y sobre ese vídeo se insertan vídeos relacionados o modificaciones llamadas moods. Así, pronto resultó posible ver a los vecinos cazados desnudos, mintiendo o realizando actos ilegales. Todos ellos con versiones del vídeo con música graciosa o con bocadillos divertidos.

Las comparticiones fueron masivas. Las reprimendas, nulas. Nadie podía saber de dónde había salido el vídeo original, el mood o quién lo había visualizado. La tecnología de encriptación borraba los datos a la segunda vez que la clave era introducida mal, o cuando trataba de ser atacado por la fuerza. La policía era incapaz de romper el código sin borrar los datos del teléfono, y todos salían impunes a excepción de quien era cazado en público haciendo algo que no debía.

El «Fuck the police» pronto se convirtió en una de las bandas sonoras predefinidas en la aplicación, y los valores cívicos tomaron un nuevo rumbo. Los servicios públicos a los que esa canción insultaba se vieron obligados a hacer uso de la aplicación que prohibían para denunciar a sus usuarios.

Gente ensuciando las calles, invadiendo el carril contrario o estafando al seguro. Pronto, la sociedad empezó a actuar como pedían las leyes por miedo a las reprimendas de sus iguales. En menos de un año, el presupuesto para becas de movilidad se demostró hiperinflado al abandonar muchos usuarios fraudulentos el servicio. Al eliminar las estafas a los seguros, estos empezaron a bajar sus cuotas. Las cámaras de tráfico no conseguían poner ni una sola multa, pero el dinero acudió a las arcas públicas cuando millones de ayudas innecesarias no fueron solicitadas al siguiente año fiscal.

Las sociedades que habían protestado por estados que colocaban una cámara en cada esquina se sintieron cómodos llevando una cámara cada uno. La delincuencia se redujo a valores mínimos históricos, y el crimen se disolvió de la noche a la mañana. En cuestión de meses, el ciudadano medio se sintió más cómodo con la observación de sus vecinos frente a la de su gobierno. La herramienta de la anarquía había dado lugar a una sociedad de normas que temía el castigo.

Tras algo más de dos años en línea, ocurrió lo que incluso los gobiernos empezaron a temer. Custodes desapareció.

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