¿De qué sirve volver a un futuro en el que ellas no están?

Me abraza y llora de alegría. Mi compañero dice que lo hemos conseguido. Que los hemos salvado a todos. Que impedimos que la guerra empezase, y salvamos miles de millones de vidas. Pero, ¿de qué sirve haber salvado un futuro en el que ellas no están? En el que ninguna de ellas llegó a nacer nunca. En el que ninguno de nuestros nombres fue puesto a ningún bebé, en el que no tenemos familia.

De qué sirve volver a un futuro en el que ellas no están

Dejamos el claro de agua hirviendo y avanzamos por la nieve del este de Hamilton. Toronto ilumina el lago Ontario con las luces de sus edificios. Ni una sola de las estructuras de la ciudad subía por encima de las cinco plantas cuando saltamos hacia atrás hace tan solo unos segundos, en las instalaciones que nunca tuvieron que construirse. Trece personas dejamos el rastro de nuestras huellas, y abrazamos el brillo de la luna para guiarnos a través de la noche.

Mis lágrimas son diferentes a las suyas mientras observo cómo ha crecido la ciudad que las bombas no llegaron a derribar nunca. Cientos de miles de familias viviendo sus vidas en la ignorancia de las balas, en la tranquilidad de la paz. Ajenas a todos los cadáveres de sus hijos no nacidos que atestaban el lago. De mis amigos.

Son felices. Mi compañero tiene razón. Lo hemos conseguido. Aunque yo siga llorando sin vergüenza mientras avanzo ahora por una carretera poco iluminada junto con el resto de mi tropa. Palpo el bolsillo donde guardo la última fotografía que me tomé con mi mujer y mi hija. La fotografía que nunca se tomó, y única prueba de que llegaron a existir, pesa ahora mucho más que el arma de energía que llevamos al brazo.

Volver a un futuro en el que ellas no están es llegar a mitad de ninguna parte. Ahora que he vuelto, soy consciente del sacrificio de nuestra misión. De las pérdidas que ha supuesto el éxito del proyecto. Vuelvo a un erial lleno de vida que no me pertenece, y a la que no pertenezco.

¿Dónde se cava la tumba de la gente que no está viva por no haber nacido? ¿En qué lugar se llora a una hija que nunca pisó el suelo? ¿Dónde descansaremos en paz, si ninguna de nuestras madres o padres nos reconocerá como sus hijos?

Puede que tenga unos cuantos hermanastros a quien no conozca, hijos felices de un mundo en paz con quienes no tengo arraigo ninguno, con familias a las que no pertenezco y a quienes estoy ligado tan solo con media cadena de ADN. Ninguno de nosotros tendrá con quien hablar, salvo nosotros mismos, a lo largo de toda su vida. Somos los únicos que recuerdan los motivos que llevaron al mundo a caer en el vicio de la guerra, los únicos que saben lo que se ha sufrido para conseguir lo que el resto del planeta da por sentado.

Ahora, necesitamos un lugar donde escondernos. Un sitio tranquilo para desaparecer y ocultar el objeto que tuvimos que inventar para hacer retroceder las balas. Para sacarlas de los cuerpos de nuestros amigos y devolverlas a los coches y edificios que ahora ocupan el mundo. Es probable que la civilización que no nos conoce y que nos debe la vida nunca llegase a necesitar la máquina, por lo que esta bien podría ser la única que existe.

Tenemos que esconderla.

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