Debimos cuidar la Tierra

Veo a mi hijo temblar de miedo y pienso en lo que mi padre me dijo. Me dijo «Es una pelea a muerte con el propio miedo. Si te mueves, pierdes. Si sales corriendo, pierdes. Si escuchas a tu cerebro, que quiere ante todo huir y ponerse a salvo, pierdes».

Cartel «Debimos cuidar la Tierra»

Desde donde nos encontramos, podemos oír cómo los carroñeros abren nuestras bolsas y nos roban algunas telas y herramientas. En realidad, eso no importa. Lo importante es que no nos cojan, ya que es con nosotros donde guardamos la poca carne reseca que poseemos, fruto de un conejo intrépido y poco asustadizo. Abrazo a mi hijo, le acaricio el pelo, y le hago gestos para que no emita ningún ruido.

Estoy aterrado por él. Cuando viajaba solo, todo era más fácil. Permanecía inmóvil, a veces durante horas, por el más mínimo chasquido. Cazaba de noche, en la oscuridad de los bosques, ahora pasto de las llamas. Ahora, con él, sufro en cada paso por su vida. Me imagino lo que sintió mi padre cuando me llevaba de aquí para allá, cuando me pedía guardar silencio, cuando nos escondíamos en un pozo durante días enteros al escuchar voces fuera.

Miro a mi hijo. Su piel es ligeramente más blanca que la mía o la de su madre, y sus ojos también. En tan solo dos generaciones de deambular por una Tierra marchita, nos hemos adaptado en cierta medida. Apenas sí come, y sin embargo pronto tendrá más fuerza que yo. Además, ya me ha superado en caza, y coser es para él algo natural.

Los conejos y liebres que vemos últimamente tampoco se parecen a las que yo conocí cuando era muy pequeño. Recuerdo una mascota en nuestra casa con jardín, aunque soy incapaz de ponerle nombre. Era pequeña y escurridiza, y mis hermanos y yo jugábamos a darle caza solo para abrazarla. Ahora, los conejos casi no tienen pelo, son unas manchas blanquecinas y ágiles que se confunden con los árboles caídos en el suelo y abrasados por las llamas.

Miro hacia arriba, a la abertura creada por muchos años de viento en el barril metálico y oxidado donde nos escondemos. Las estrellas no están allí. En su lugar, un cielo permanentemente encapotado cubre toda la visión. Mató a los pájaros casi al principio, cuando comenzaron los primeros terremotos.

Recuerdo que nos sorprendió a mi padre y a mí yendo de pesca. Teníamos una barca pequeña en la que apenas cabía una tercera persona, e íbamos a ver si obteníamos algún pez. Llevábamos horas allí sin que viésemos ninguno cuando escuchamos el primer crujido, sin duda a kilómetros de distancia. El sonido hizo bailar la línea de árboles y oscilar ligeramente el agua. Nos quedamos congelados, observando en aquella dirección, cuando el sonido comenzó a avanzar hacia nosotros, y las olas empezaron a ganar fuerza. Veíamos cómo los árboles en la costa caían unos sobre otros, y cómo las olas nacían desde uno de los extremos para tratar de tirarnos al agua.

Tras más de una hora de temblores, los primeros peces comenzaron a subir, muertos, y el agua adquirió un tono amarillento. Las olas cesaron, y remamos a la orilla más cercana abriéndonos paso entre los cadáveres de todos los peces del lago. Subimos el monte del que vino por primera vez el ruido, y vi a mi padre llorar por primera vez. Al otro lado de la colina estaba el valle con nuestra casa, pero ahora solo era un pasto de fuego y árboles y casas caídas.

Me despierta mi hijo. Al parecer, me he quedado dormido dentro del barril. Escuchamos durante una hora más, y salgo del él a la atmósfera sucia. La respiro con placer. Es lo mejor que se puede oler estos días.

Nuestras herramientas han desaparecido, pero conservamos las provisiones, a salvo en nuestros abrigos. Han dejado el juego de botas de reserva del pequeño, sin duda a ellos nos les valdría de nada. Una buena noticia.

Caminamos en la oscuridad de la noche, con los ojos acostumbrados al vacío a nuestro alrededor. Moverse en esta oscuridad es mucho más seguro que hacerlo a plena luz del día: evitas que nadie pueda poner los ojos sobre ti, y ves los campamentos a evitar con mucha distancia.

Ya no quedan muchos humanos, pero es mejor no encontrarse con los que aún caminan. He llegado a preferir la compañía de los cadáveres en las casas que aún se mantienen en pie tras los muchos temblores. Tan solo me lamento por el niño, y su futuro. Si encontrará a alguien o no.

Yo encontré a mi pareja, su madre, caminando hacia el sur, hacía once inviernos. Estaba sola y casi muerta, como yo. Pero de algún modo, conseguimos sobrevivir, seguimos en movimiento, y tuvimos al pequeño. Ella murió en el parto, y yo me quedé para enseñarle cómo vivir. Cómo no dejar de moverse durante la noche, cómo guardar fuerzas durante el día, cómo evitar que el pánico cuando hay gente cerca. Cómo atacarles y rajar su garganta si es necesario.

Seguimos caminando durante cinco horas, hasta que vemos la luz del amanecer en el horizonte. Nos desviamos de la carretera principal para encontrar un pueblo donde dormir hoy, cuando lo vemos. Luces, dos. Una junto a la otra, y avanzando, iluminan la carretera por la que andamos. Miro a mi alrededor, y empujo al pequeño hacia fuera de la carretera, tras un bloque de cemento. Hacía una década que no veía ningún vehículo moverse, y para mi hijo la simple imagen carece de sentido. Sin duda sería de los últimos coches. Los hombres que lo conducían habían sobrevivido hasta ahora luchando y matando, como yo. Protejo a mi hijo con mi cuerpo mientras las luces se acercan.

  • Ricardo Zamorano Valverde

    Un final bastante abierto, aunque eso le da cierta sensación de bucle. Una historia muy parecida a »La carretera» de Cormac Mccarthy, aunque con la novedad de la adaptación al nuevo mundo tanto de los humanos (el hijo) y los animales (los conejos), un punto muy interesante que deja entrever que seguimos evolucionando. El título le da un cierto toque de protesta social que me encanta, porque yo soy de los que piensan que nos estamos cargando el mundo, y tengo alguna historia postapocalíptica cuyo origen fue la contaminación. Buen relato, excelentemente narrado.
    Saludos.

    • Ricardo Zamorano Valverde

      No lo comparto porque no te encuentro por Google+.

    • Buenas tardes, Ricardo,
      muchas gracias por leerlo, y comentarlo. No te preocupes por compartirlo aunque, si de cara a un futuro quieres hacerlo, hay unos botones sociales justo al fondo de cada relato que llevan a mis redes. (Están un poquito escondidos).

      Creo que has captado a la perfección el tono del relato, y su significado para mí. Vi ‘The road’ poco antes de escribirlo (por segunda vez, admito) y es en lo que pensaba cuando lo escribí. En efecto, el título cierra el relato y le da el sentido de advertencia. Estoy contigo con que nos estamos cargando el planeta. Hoy he recorrido varios kilómetros con una botella PETE en la mano para arrojarla al plástico, pero son cosillas que la gente no hace. E incluso trato de usar mi posición en blogs corporativos para lanzar algún que otro mensajillo al mundo 😉

      Muchas gracias por comentar, pásate cuando quieras =)