Decisiones. La escisión de la humanidad

Abrió los ojos y trató de quitarse a Sofía de la cabeza, ese sol de Nueva Tierra bañando la sonrisa de ángel que sin duda aún poseería su piel dorada y dura, otorgada por aquél mundo aún salvaje. Las regiones del sistema Capiens, a diferencia de aquél paraíso impoluto, están bañadas en la oscuridad. La gente no es capaz de imaginar la absoluta vacuidad del entorno de Capiens. Hay tanta oscuridad que el foco de luz más cercano se encuentra a doce años luz. Todo el sistema planetario gira alrededor del agujero negro Capiens, y este no ilumina nada, sino que se traga cualquier resquicio de luz. No imbuye vida a ningún lugar, a diferencia del sol que alumbraba Nueva Tierra y que Brian aún podía sentir en su piel.

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De no ser por las balizas planetarias del sistema de localización, Gener -en órbita alrededor de Capiens- resultaría inalcanzable. Era el planeta más alejado del centro del sistema, y cuyo valor en inoctenio atrajo a los primeros exploradores, se encontraba justo delante de la nave de transporte.

—Menudos descerebrados—expreso en voz alta mientras mantengo la cara pegada al monitor. Alex levanta la mirada de unos informes de ruido que está comprobando en el suyo y me observa con los ojos perdidos de quien no sabe de qué se está hablando. Matizo—. Los primeros exploradores. Llegaron aquí con naves de la clase Antorcha II sin saber lo que encontrarían, y aun así lograron establecer una pequeña colonia y una baliza para que les siguiésemos cien años después. Unos descerebrados.

—Los exploradores están locos, ya lo sabes—sonrió. Tanto Alex como el resto de la tripulación -ahora en sus tanques de criosueño- eran la cuarta generación de exploradores de este sistema planetario. Eso significaba que en el planeta al que iban habían nacido tres generaciones, y que ellos serían los extranjeros en un mundo en el que no salía ningún sol. Quizá para siempre.

Extranjeros que no sabían nada de la supervivencia en el planeta aun a pesar de haber absorbido todos los conocimientos posibles sobre el tema. Tanto Alex como Brian habían salido a explorar por orden del Almirantazgo, y su obligación era la de informar sobre absolutamente todo lo que ocurriese en la colonia. Desde pequeñas peleas de bar a grandes movimiento sociales, pasando por el estado de la economía. Serían cronistas del desarrollo humano por la galaxia, si a esta gran evasión podía llamársele desarrollo.

Una vez consumida Vieja Tierra, no quedó otra que empezar a buscar a la desesperada. Los primeros colonos del sistema Capiens no habían venido aquí porque fuesen los mejores, habían venido porque no tenían nada. Disparos de naves a ciegas en busca de un lugar donde vivir. Reclusos, pobres, personas de bajo escalafón que no disponían otra salida salvo trabajar para el antiguo Régimen Unificado de Vieja Tierra. Un régimen que hacía años había desaparecido, junto el planeta del que surgió la humanidad.

«Cuando la humanidad era tan solo una» pensó Brian trayendo a la memoria de nuevo a Sofía. Ella pertenecía a la otra rama de la humanidad, una que se encargaba de hacer florecer los campos en lugar de arrasarlos por un consumismo voraz. Se llamaban a sí mismos Homo Curatoris, y habían aprendido a vivir en la naturaleza, con ella y a su alrededor. Sus naves estaban vivas y los impulsaban motores Rossenrot más y más lejos del espacio registrado, hacia mundos que terraformar mediante semillas.

La rama de la humanidad de Brian pertenecía a la antigua mentalidad de tomar lo que necesitas y seguir moviéndote hacia delante en el brazo de la Vía Láctea. Sin duda, a los curatoris les iba mejor. Ellos disponían de la salud y vitalidad que a los humanos antiguos se les escapaba poco a poco. Ellos aún creían en algo más grande, en un hilo invisible conductor alrededor de todas las almas vivas. Brian se llevó la mano al colgante fabricado con la caracola que encontraron Sofía y él en la playa una semana antes de despedirse. Antes de que las obligaciones de cada uno de ellos les forzasen a tomar caminos diametralmente distintos en la galaxia. Antes de una separación de por vida.

—¿Vas a llevar eso toda la vida?—Alex señaló el collar que Brian sujetaba ahora en la mano.

—¿Has hecho el preparativo para el arribe?—interrumpió Brian para evitar contestar a la pregunta. El tema le molestaba y le dolía a partes iguales. Observó su mano y la encontró llena de callos y durezas. La mano de ella era suave y pequeña, familiarizada con una vida de descanso.

«Una vida viva» pensó mientras volvía a quedarse sin aire. La superficie metálica de la nave reforzó su claustrofobia y pareció combarse sobre sí misma hasta prensarse en un pequeño agujero donde Brian descansaba sin poder moverse. Los pasillos, ya de por sí diminutos para el ahorro de espacio vital, parecían reducirse a cada instante que flotaba por ellos. Cada compuerta le recordaba que aquella lata lanzada al espacio podría reventar en cualquier momento lanzando el preciado oxígeno y relegándolos a la congelación en segundos.

Así era su civilización. Se habían vuelto dependientes del metal que conformaba sus naves y sus vidas, que los abrazaba y que les permitía sobrevivir a las inclemencias de un universo pensado para otro tipo de seres.

«¿Por qué si no el espacio iba a estar completamente vacío si no era para otros?» pensó mientras se alejaba de la sala de control en busca de algo más de aire. Un aire que no iba a encontrar en ningún recodo de aquella pequeña estación flotante en rumbo a la oscuridad. Una de las luces del pasillo que recorría parpadeó, haciéndole sudar del pánico a lo que había a tan solo unos metros a su derecha. En esa dirección, un pasillo secundario de sesenta centímetros de ancho estaba separado del espacio por una fina chapa metálica de unos milímetros. Y, tras ello, nada en absoluto.

—¿No te da miedo dormir en una cama sabiendo que está flotando en el espacio y que no hay nadie que pueda ayudarte en millones de kilómetros a la redonda?—preguntó Sofía la tarde anterior al lanzamiento. Ambos se abrazaban bajo la puesta de sol, tumbados sobre los crecebien que llenaban el valle y la mitad del planeta.

—En absoluto—mintió—. Es para lo que he sido entrenado. Soy un explorador espacial, ¿recuerdas?

La besó mientras el sol bajaba durante horas en aquél mundo iluminado. Aún tardaría siete días estándar en desaparecer del todo, y el espejo orbital ya estaba en posición para el giro que daría lugar a un nuevo y artificial amanecer. A los curatoris les encantaba la luz, les encantaban los cielos azules y abiertos, las distancias imposibles de ver cuando la vista se pierde en la lejanía.

Brian cogió aire mientras flotaba en el pasillo y trató de mirar lo más lejos posible. Dos metros allá, una pared de aluminio impedía la vista antes de entrar en los dormitorios, un pequeño cubículo de dos metros cúbicos por persona. Trató de girar en el aire para volver a la sala de mando –más grande- pero perdió el apoyo y giró lejos de cualquier posible agarradera, obligado a mirar cómo la pared lateral le oprimía. Trató de imaginarse el aterrizaje y las llanuras de su nuevo planeta, Gener. Trató de imaginarse…

No. No habría llanuras en Gener. Tan solo habría focos de luces concentrados en algún páramo minero y colonias subterráneas, donde el calor del núcleo del planeta aún permitía la vida. Paredes de roca viva que se le venían encima. Y, arriba, en la superficie, oscuridad más allá de los focos en cualquier dirección hasta el punto de confundir la mente humana de lo que era arriba y abajo.

Volvió a sujetarse la caracola y cerró los ojos. Por fin, llegó flotando a un anclaje y tiró para acercarse a la pared. A una velocidad del todo prohibida en la flota, se empujó por el pasillo, sintiendo su pulso acelerado por la adrenalina. Había tomado una decisión. Una decisión que iba en contra de su juramento, de su título, de su contrato por más de veinte años, de las creencias de su familia y que sin duda rompería cientos de leyes curatonianas que no conocía en absoluto.

Chocó contra una pared, se impulsó y siguió. Atravesó el laberinto de pasillos y paneles hasta llegar al extremo de la nave, junto a las cápsulas de eyección. Activó y escuchó la voz de Alex por el interfono.

—Eh, tío, ¿qué estás haciendo?—la cara de Alex sobre la consola lateral pasó desapercibida a Brian, quien solo podía pensar en otra cara. Una iluminada por el sol del atardecer y el amanecer del espejo orbital. Una con una sonrisa suficiente como para tirar toda su planificada vida por la borda.

Se metió en la cabina y se ancló. Pulsó los botones y accionó la palanca de eyección. Dos segundos más tarde, la nave había desaparecido de la pequeña escotilla a la que daba la cápsula personal de salvamento, disminuyendo en la distancia hasta volverse invisible. Y seguiría alejándose de Alex el tiempo que tardase que alguien pudiese pasar a recogerle. Quizá incluso un año. No importaba, tenía mantenimiento de vida para más de diez.

—Alex, ya sido un placer. ¿Puedes grabar un mensaje de rescate por mí?

—Eres un imbécil, ¿lo sabías?—La voz de Alex llegaba nítida por el comunicador—. Dime, ¿qué necesitas?

—Establece una recompensa de todo mi patrimonio para la nave que me lleve de vuelta a Nueva Tierra. El cobro se hará allí bajo mi código de autorización.

—Eso está hecho. Sabes que acabas de tirar tu futuro por la borda, verdad?

—Acabo de nacer, Alex, de nuevo. Voy a inventarme mi propio futuro—dijo mientras activaba la función de criosueño de la vaina y se disponía a soñar con campos amarillos. Y con Sofía.

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