Decreto Zero

Capitulo 16 Decreto Zero

Cogió una copa de vino tinto y contempló el océano extenderse hacia el horizonte, un horizonte que no llegaría nunca. El mar, en lugar de desaparecer en la distancia, se curvaba hacia arriba en una carambola imposible, cubría el cielo y avanzaba hacia su espalda desde atrás. La pequeña isla en la que se encontraba debía verse como un puntito de tierra en un enorme mar cilíndrico.

Jason había copiado el diseño de un antiguo libro de hacía siglos, del momento en que creían que la exploración espacial y las colonias sembrarían de humanos el universo. Había volcado los datos de un Cilindro tipo O´Neil y le había añadido una isla como lo había hecho Arthur C.Clarke varios siglos antes. La isla contenía únicamente una palmera, un pequeño minibar y una tumbona, además de la arena y el letrero de madera “Nueva York”. A Jason le gustaba esa broma.

Lo único que la humanidad había sembrado para 2.456 había sido Marte y la Luna. Dos mierdas de colonias en dos mierdas de planetas mientras la Tierra se hundía bajo el peso de sus habitantes.

Sobre la simulación, flotando a una distancia de unos metros, un cartel rojo emergente le daba el aviso que había estado temiendo. Quería quedarse allí, dentro de su impresionante mundo cilíndrico sin problemas. Quería seguir emborrachándose con vino infinito y el sol de miles de focos sobre su pequeña isla de mentira.

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Esta página web está pensada para discutir o hablar sobre el relato “Decreto Zero” del libro «Simulados. Cuando los programas tengan derechos». Si estás interesado en escribir tu opinión, adelante. Si te han pasado este enlace, quizá te interese leer el libro.

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