Derecho sobre la vida

Aún se sentía algo desorientado, y los espasmos musculares no ayudaban precisamente a que su mente estuviese tranquila. En los segundos en que conseguía asimilar la verdad, las piernas fallaban y caía al suelo solo para verse rescatado por una de esas cosas.

Quien se imagine a un robot humanoide no será capaz de apreciar la forma de aquella máquina biológica. Esbelto, quizá en exceso, y con aristas, se parecía más a una mantis religiosas que a uno de esos robots acompañantes con los que nos querían engatusar en mis tiempos. Cuando desperté por primera vez por poco me da un infarto al ver al primero, y eso que tuvo la delicadeza de ocultarse tras una cortina y de hablarme desde allí.

Cartel «Derecho sobre la Vida»

Abrí los ojos, y me encontré en lo que parecía una improvisada sala de hospital. Algo más fría de lo que me gustaría, mi cuerpo estaba cubierto con dos mantas pesadas. El techo y las paredes estaban impolutos, pero notablemente viejos. Una cortina de algún tipo de polímero que no podía alcanzar con la mano izquierda me separaba de la figura al otro lado. Esta reparó en mi movimiento, y se enderezó tras el plástico vertical.

Esa fue la primera vez que oí a Alfa, nombre que acabé por poner a mi compañero. Vagamente masculina, su voz parecía modulada por aquellos juguetes walkie-talkie que usaba cuando era pequeño y corríamos por el jardín fingiendo ser astronautas. No poseía acento, pero sí un ritmo característico, como quien trata de hablar a la perfección una lengua.

—Buenos días—dijo—. ¿Cómo te encuentras hoy? Por favor, no trates de levantarte. Necesitas descanso.

El esfuerzo de tratar de levantarme había hecho que notase mis exhaustos músculos. Habría contestado, pero mi mente cayó en la inconsciencia del sueño. En mi fantaseo, una decena de brazos mecánicos examinaban cada milímetro de mi piel, acariciando y reparando todo mi cuerpo, cuidando de mi persona. Desperté, según me dijeron, dos días más tarde, sobresaltado.

Mi sombrío compañero, por la forma en que su silueta se ocultaba tras la cortina, seguía a mi lado. Volvió a preguntarme, y esta vez sentí un atisbo de emoción en su voz.

—Hola de nuevo. Estabas agotado y te has rendido al sueño. Aún no estás listo para andar, pero quizá puedas hablar.

—Hola—dije con la boca pastosa y en un hilo de voz que me costó oír incluso a mí—. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? ¿Y Carol?

Ella fue la primera persona en la que pensé. Carol no solo era mi hermana, era mi copiloto en medio centenar de misiones de transporte para esos ingratos de los cinturinos. Mis recuerdos estaban borrosos. Recuerdo la que creo que fue nuestra última misión, y el fuego abriéndose paso por la estación. La eyección de los módulos. Y, luego, el vacío. Despertar aquí, con mi misterioso acompañante.

—Aaron, me temo que tengo malas noticias—dijo la voz con un ligero movimiento de su sombra—. Hace mucho tiempo que todo aquél que conociste ya no está. Recogimos tu módulo a la deriva. La batería nuclear aún te mantenía en criosueño.

Traté de procesar todo lo que me decía. Conocía a mucha gente, y la esperanza de vida de mi época eran más de cien años. Si habían pasado más de cien años, bueno, ¿cuánto podría durar un criotubo?

—Aaron, han pasado mil cincuenta de tus años—dijo la voz modulada al otro lado de la cortina.

***

Volví a despertar por tercera vez en la misma sala. Recordaba la conversación anterior, y de nuevo el empuje del agotamiento venciéndome al pulso por mi cuerpo. Pero esta vez estaba mejor. Me sentía nuevo y renovado. Incluso pude recostarme con la espalda en la pared.

—Mil años—dije a la figura tras la cortina, haciéndome a la idea de cómo mi cuerpo habría sufrido lesiones irreversibles—. ¿Cómo me encuentro de salud?—pregunté por curiosidad.

—Lo cierto es que bien, tenemos buenos conocedores de la anatomía humana, y tu cuerpo carecía de tecnología de autoreparación. Eso ha hecho más fácil la inserción de nanomáquinas ajenas sin que sean tratadas como una infección.—Hizo una pausa para que digiriese que tenía pequeños robots corriendo por mi torrente sanguíneo.—Si quieres, puedes levantarte, aunque no podrás salir aún al exterior.

Probé a girar hacia la ventana, al otro lado de la cortina. El suelo estaba frio y era más duro de lo que parecía. No llevaba calcetines. Lo cierto es que, además de una bata liviana, no llevaba absolutamente nada. Unas zapatillas de aspecto tosco y peludo descansaban en el suelo. Se parecían a unas que tuve hacía años para andar por casa. Me las puse sin pensar y me incorporé.

Es cierto, estaba mucho más fuerte, y usé toda la fuerza que tuve para desperezarme y hacer crujir mis articulaciones. Tras esto, me quedé mucho mejor. Miré hacia la cortina, y avancé antes de recibir la orden de que me detuviese.

—Aaron, espera. No creemos que estés preparado para vernos. Tu mente no está familiarizada con nuestra apariencia. No somos lo que dirías…—Hizo una pausa.—…exactamente humanos. Quizá sea menos traumático para ti esperar a recuperarte para…

Interrumpí a mi interlocutor retirando con fuerza la cortina antes de caer al suelo del susto.

***

Era bueno caminar. Me sentía bien, y a salvo con mi nuevo amigo. Alfa paseaba a mi lado por el jardín de flores solares. Yo llevaba un traje de protección total para que ninguna parte de mi organismo no adaptado, como lo había denominado Alfa, sufriese la contaminación. El cielo aparecía claro ante mi visor aun a pesar de que este indicaba un aumento de un 20% en el metano atmosférico con respecto a los índices de hacía mil años.

Mi cuerpo sufriría asfixia y un colapso casi inmediato en pocos minutos. El cuerpo de Alfa y del resto de habitantes de la ciudad, sin embargo, estaban protegidos frente al exterior.

Mi compañero caminaba clavando cada una de sus palancas en el suelo, y usando sus largas extremidades para propulsarse hacia delante. Casi todo su cuerpo permanecía sobre mi cabeza, y sus doce patas apenas sí tenían que moverse para mantener mi brío. Como si de un tanque pesado se tratase, Alfa paseaba tranquilamente a mi lado, pudiendo desarrollar una velocidad y fuerzas mucho mayores a las mías, pero adaptándose a mis movimientos pausados.

Al menos, los que tengo ahora, y tendría si yo permanecía como estaba actualmente.

Alfa había mencionado la semana pasada la  cadena de operaciones necesarias para convertirme, si es que así lo deseaba, en un humvec. O, al menos, en una versión aproximada de lo que son los humvec actuales. Los seres humanos hacía tiempo que habían desaparecido de la Tierra. No murieron, sino que evolucionaron en formas que no habíamos imaginado. Cubrieron sus cuerpos con tecnología y empezaron a jugar con el ADN para adaptarse a los cambios atmosféricos que ellos mismos habían dejado descontrolados.

Desde hacía quinientos años, los embriones eran retirados directamente en su concepción de la placenta materna y colocados sobre la cápsula biónica que sería su cuerpo futuro. Este, organometálico, crecía al mismo ritmo que el embrión, sustituyendo los órganos corporales –innecesarios y poco efectivos– por filtros de aire, impulsores, servomotores, centros de control, procesadores secundarios, sensores externos e internos y un sinfín de complementos, baterías y otros componentes que aún no había tenido el tiempo ni las ganas de investigar.

Ambos paseábamos pensativos. Sin duda, Alfa no se estaría equivocando si pensaba en que yo daba vueltas a la idea de operarme. Vivir como un humano antiguo, en este mundo, ya no tenía sentido. Aunque por otro lado renunciar a un cuerpo por otro me daría una calidad de vida infinitamente mejor, aún no me había hecho a la idea de lo que sería perder mi cuerpo.

Observo a Alfa y le veo tranquilo, observando el cambiado paisaje que los seres humanos habíamos reformado. Sus sensores visuales parecen prestar atención a los árboles de hidrógeno que retiran el metano atmosférico en sus las bolsas presurizadas que los elevan cientos de metros en el aire, en catenarias de esferas explosivas. Sin embargo, algo me dice que me mira a mí a través de otros cientos de ojos o sensores ocultos a mis poco entrenados globos oculares humanos.

Él, aun a pesar de su aspecto, es el más humanoide de todos los humvec que me han presentado. Algunos de ellos tenían formas vagamente naturales. Piernas y brazos, torsos, e incluso cabezas asomando aquí y allá. Pero otros carecían incluso de elementos móviles externos, con aspectos más similares a un cubo de rubik o una esfera. Incluso me presentaron a un humvec que había decidido hacer voto de silencio, movimiento y consumo de datos. Se había aislado a sí mismo y plantado de forma literal en un patio, y reposaba en silencio desde hacía casi dos siglos entre los árboles secos que lo acompañaban con una forma arbórea similar. No hablaba ni intercambiaba información con nadie desde entonces, y solo se sabía que vivía porque realizaba sus funciones de procesamiento con la normalidad del sueño.

Miré hacia arriba y observé una bandada de pájaros. Sonreí dentro del traje antes de que Alfa abriese un canal de comunicaciones con nosotros.

—No son pájaros—dijo, volviendo a leerme la mente. Era realmente bueno adivinando lo que pensaba. Algo normal, supongo, en un mundo en que cada humvec tenía su particular modo de actuación, el localizar los cientos de pequeños tics nerviosos que mostraban nuestros pensamientos internos.

—¿No?—pregunté—. Pues a mí me parecen pájaros.

—Pero no son pájaros. Se trata de dispositivos de reacción solar para la optimización del reciclado atmosférico de las plantas de hidrógeno. Ningún pájaro puede sobrevivir a esta atmósfera, aunque tenemos el ADN de todas y cada una de las especies a las que extinguimos para su reinserción en la biosfera en cuanto podamos.

Ambos nos quedamos un rato en silencio observando el movimiento de aquellos seres hasta que terminé por preguntar con curiosidad y cierto aire de tristeza. Parecía haber un profundo y sincero sentimiento de culpa entre los humvecs sobre el estado del planeta, y no había duda en que realizaban enormes esfuerzos personales en tratar de revertir los efectos de siglos pasados.

—¿Están vivos?

—Se mueven, procesan información y son capaces de interactuar entre ellos, formar comunidades para mejorar su funcionamiento. E incluso pueden construir más en caso de que se estropeen. No son conscientes de sí mismos, ni albergan voluntad.

—Eso no contesta a mi pregunta.

—La pregunta en sí no creo que sea válida debido a tus prejuicios contra los materiales—Alfa giró su cabeza de mantis religiosa y me observó con sus ojos principales. Me pregunto si las antenas que tiene en el lomo y que no dejan de reorientarse están retransmitiendo esto a su servidor privado, o si incluso está manteniendo otras conversaciones a distancia—. Según los humanos de tu tiempo, la vida está formada por carbono. Ese pensamiento es parcialmente correcto, pero el significado y definición de la vida es mucho más amplio. Para el pensamiento moderno, casi todo está vivo en el universo, a diferencia del vuestro, en que casi todo era muerte y silencio.

Volvimos a ponernos en marcha hacia el río de amoníaco que pasaba cerca. Me gustaba sentarme allí a mirar las nubes de metano. Era lo más parecido a estar en casa que tenía aquí. Pero no volvería a casa nunca, y la Tierra no se parecerá nada a la que conocí en el tiempo en que viviré.

—¿Están las estrellas vivas? ¿O los meteoritos?—pregunté.

—Son parte de un sistema vivo. ¿Está el ADN vivo? Es una cadena proteica. Un montón de elementos situados en un orden específico, así como el meteorito o la estrella tienen una serie de elementos en esa configuración. Las estrellas se formaron del gas resultante de la Gran Explosión. Estas estallaron a su vez formando sistemas planetarios de energía potencial que intercambian colisiones y propagan meteoritos y otros cuerpos por el espacio, logrando de manera eventual formar cúmulos de masas que, a su vez, forman otras estrellas que empiezan de nuevo con el ciclo. Las estrellas y sistemas estelares forman a su vez galaxias que siguen el mismo patrón y ,estas, cúmulos. Y los cúmulos generan desvirtuaciones del tejido del espacio-tiempo que se replican a sí mismas con cada ciclo.

—¿Me estás diciendo que el tiempo está vivo?

—El espacio-tiempo—corrigió—. ¿Por qué no?

—Sí, claro. Por qué no—dije yo, tratando de asimilar las palabras que me transmitía. Reconozco que Alfa se había convertido en un compañero de conversación cojonudo, y que era muy difícil aburrirse de sus filosóficos paradigmas.

Una bandada de aquellas máquinas vivientes purificadoras empezó a bajar hacia nosotros mientras los niveles de oxígeno subían una milésima porcentual a su paso. Cuando la atmósfera se limpiase en cuestión de un par de milenios, los verdaderos pájaros volverían a batir las alas por estos cielos, y estas máquinas morirían y dejarían de ser útiles. El pensamiento contenía cierta tristeza. ¿Quién nos daba el derecho a los homvec o a los hombres de elegir qué sistema biológico de conservación de movimiento era el correcto y adecuado para nuestro planeta?

Uno de los pájaros se acercó a mí y aleteó cerca de mi mano solo para salir disparado sobre nuestras cabezas, cortando el aire venenoso junto a nosotros.

—¿Podemos volver a dentro? Necesito quitarme esto.—Golpee el traje en mi pecho dos veces.

—Sin duda—contestó Alfa, girando sobre sí mismo con grandes punzadas verticales al suelo mientras yo pasaba bajo su cuerpo, e ignorando mi llamada de atención sobre el traje para centrarse en la verdadera causa—. A mí también me pone triste pensar en tener que eliminar un ecosistema para dar la oportunidad a otro.


Imagen original de blee-d (Bryan), más en artbleed.com