Di adiós, cariño

La pista de baile se movía milimétricamente el song de los tacones y las botas militares, subiendo y bajando unas milésimas con cada acorde musical, y esta aumentaba en frecuencia para el climax del final de la noche.

¡10…

La torre de control iniciaba la cuenta atrás mientras la estructura vibraba con la precombustión y el encendido de los motores. Estos cabeceaban unos pocos grados varios cientos de veces por segundo, y desde fuera del armazón era imposible percibir movimiento alguno. Pero Michel notaba todas y cada una de las notas musicales de aquél viaje sobre su espalda.

…9…

Ella se acercó a través de la pista de baile, abriéndose camino como solo una mujer atractiva puede hacerlo a lo largo y ancho de una marea de camisetas sudadas con la pasión de quien busca cazar y se resigna a beber. Con cada zancada, aquellos hombres entrenados para detener a cualquiera la dejaban pasar con más atención que la que destinaban a su capitán, trastabillando en mitad de la pista.

…8…

Fijó su mirada en la vibrante fotografía situada frente a su rostro. La imagen oscilaba demasiado como para focalizar sus ojos en ella. Por suerte, había memorizado la instantánea tras contemplarla durante años. Y, como todo lo que estaba prohibido en la estación internacional y en el despegue, la foto del amor de su vida le acompañaría en el despegue junto a algunos grados de alcohol en sangre no permitidos.

…7…

Tras la última línea de futuros cadetes, un joven sentado en una silla bebía whisky directamente de la botella, estando esta gobernada por sus amigos, y careciendo él de las capacidades motoras para negarse. Otros tantos sujetaban sus brazos, y coreaban la hazaña, ajenos al ritmo de la música a su alrededor. Con cada ida y venida de los focos, ella los apartó a los que lo aclamaban uno por uno, y retiró la botella de su boca en lo que acababa una canción y la pista se oscurecía por unos segundos.

…6…

Rozó su fotografía con los dedos enguantados y mantuvo su vista en el borrón de la que podía haber sido su prometida. Quizá, si las cosas hubiesen sido de un modo diferente. Quizá, si no le hubiese dejado ir aquella noche a aquella discoteca.

…5…

Compensando la belleza con la fuerza que solo da el entrenamiento, ella levantó al joven de la silla y, bajo los abucheos de sus amigos, deshizo el camino que la llevaba de nuevo a la puerta de aquél garito. El muchacho, en un perfecto estado etílico, apenas sí podía andar, y se escurría con los objetos empapados de alcohol del suelo. Ella lo mantuvo a flote de la caída, guiándolo con su determinación y el cariño que solo surge de una profunda amistad.

…4…

Michel apretó los dientes. El temblor y los miles de golpes por minuto en su acolchada espalda eran suficientes como para que cualquier persona perdiese el sentido. Pero, gracias a la muchacha de la fotografía, él no era cualquier persona. Había superado con éxito todas las pruebas, ganado a todos sus adversarios y compañeros, y batido marcas inviables para alguien que se encontraba en su posición cuando ella le salvó, tantos años atrás.

…3…

Salieron a la noche fresca de Cabo Cañaveral, y él terminó por caer ante el heroico cansancio de ella. Con las rodillas cubiertas de hierba, y un hilillo de saliva hasta la misma, el joven apoyaba sus manos sobre el suelo. Miró a la chica mientras luchaba por no perder el sentido. Nunca pensó en volver a verla, no desde que vio los resultados de los test de entrada que le mostraban que él nunca podría ser piloto. Motivo por el que se había emborrachado esa noche, y pensaba hacerlo todas las demás.

…2…

Pensó durante un segundo en rezar una oración por ella, estuviese donde estuviese, pero no le salió ninguna. Una lágrima, fruto de la memoria, rodó por su cara hasta la oreja mientras contemplaba por la pequeña escotilla el cielo que ella nunca más vería por su culpa. Los sucesos de hacía hoy seis años volvieron a su memoria.

…1…

Ella lo sentó en el bordillo mientras el sol despuntaba por el horizonte, mostrando el reflejo del mar. Se tapó los ojos mientras el reflejo de las olas dañaba su retina, y la escuchó. Ella siempre tendría razón para él, incluso cuando le susurraba que no pasaba nada. Que lo conseguiría. Que volviese a intentar la prueba una tercera vez. Que había nacido para ello. Que ninguna prueba iba a decirle a él qué es lo que no podía hacer. Le dio un último beso y le susurró que la esperase. Ella iría a por el coche, le recogería e irían a su casa. Le susurró que no le iba a abandonar solo por aquella estúpida nota. Le susurró que no se preocupase, que todo saldría bien.

…ignición!

La fuerza del despegue le hizo volver al mundo con el dolor de sus entrañas y sus músculos. Todo su cuerpo gemía y solicitaba ayuda, mientras el cohete salía propulsado hacia arriba, hacia el cielo y más allá. Hacia el adiós a la Tierra. A través de las nubes, de todas y cada una de las capas de la atmósfera. Hasta que las estrellas cobraban la relevancia que una vez tuvieron, antes de que el hombre empañase los cielos.

Cartel «Di adiós, cariño»

Michel permaneció sentado más de una hora en el suelo, junto a los vehículos estrellados contra el muro, a su lado. Ella permanecía aún en el asiento del conductor de uno de ellos, cubriendo de sangre el volante. El levantamiento del cadáver debía hacerse con un juez presente, y aún no había llegado. El otro conductor lloraba esposado junto a la policía, que trataba de cumplimentar el informe.

Si ella no hubiese venido a buscarle, él se habría matado en su lugar junto a sus amigos. Pero, en vez de aquello, sucedió que vivía gracias a ella. Intercambió los destinos, no podía sino compensárselo con la mejor vida que pudo imaginar. Recorriendo el espacio vacío, la imagen descansaba ahora estática junto al cuadro de controles, mirándole con la sonrisa que le sacó aquella noche de la discoteca. La misma con la que se presentó aquella primera vez.

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