Día triste que no llora

Día triste que no llora

Respira hondo y se revuelve en la cama mientras la conciencia de desarrolla dentro de su cabeza del ovillo en que torna cuando duerme profundamente. Pero ahora está despertando, y esta empieza a desenvolverse siguiendo el ritmo de la apertura de una flor. Muy despacio. Giró en redondo y se estiró en la diagonal de la cama de matrimonio desocupada, plegando sus brazos y desenrollándolos de manera alterna. Luego, estiró el derecho en busca del calor que sabía que no podría estar a su lado.

¿Qué mundo es este en que no puedo despertarme con tus besos, eh?, pensó para sí mismo, activando la función de recordar el pensamiento. ¿Qué clase de crueldad cósmica no permite girarme y encontrar tu rostro, admirar tus labios o acariciarte el pelo? Oler tu respiración, y despertarte paseando un dedo sobre tu piel. Cubrirte si el día amanece frío, y destaparte con cuidado si te percibo acalorada. Y si el acalorado soy yo…

Apagó con un pensamiento la recordadera y envió el contenido para cuando ella despertase al otro lado. A tres horas y siete minutos de distancia en el tiempo a máxima velocidad. Miró al techo, y se quedó contemplándolo en el silencio del mediodía que trataba de entrar por una ventana enrejada de luz.

Un instante después, la respuesta llegó a modo de caricia por el canal abierto, que crepitaba sobre su cuerpo y le hacía vibrar ligero sobre la cama.

« ~ »

Percibió el ánimo de ella, y sus sentimientos, compactados en la frecuencia de emisión y decodificados en su cerebro. Por una segunda línea de emisión, ella retransmitía audio y vídeo. Estaba descompasado cuarenta milisegundos, pero la unidad de memoria externa hizo de buffer, y pudo ver casi en directo cómo ella jugaba con su sobrina a los ojos de ella.

Claro que está despierta, reflexionó, esta vez para sí, estirándose de nuevo, soltando el aire retenido unos segundos en sus pulmones y levantándose de la cama mientras veía lo que ocurría a kilómetros de distancia en sus ojos, sobreimpreso en la realidad de su habitación.

La pequeña, de pie sobre la arena, no quería mancharse las manos de la tierra del parque. Observaba a su tía casi con cara de enfado, enfurruñada porque ella la hubiese traído ahí. Maldecía con una voz imperceptible e indescifrable para el software de subtítulos algo relacionado con la humedad de la arena.

¡Si toco la arena me mojo!, aparecía como trazas de vibración en el canal visual de los subtítulos mientras la pequeña daba vueltas por el parque sin estar muy segura de qué es lo que debería hacer.

Él respiró hondo y percibió la humedad del parque, y el tono brillante del cielo que anuncia tormenta. Le gustaba ese aroma que indicaba que un cielo triste estaba a punto de llorar. Cogió el bolígrafo sobre la mesa y apuntó para luego la nota:

«Día triste que no llora.»

Todo el horizonte consistía en un manto de nubes esperando por lloverlas en un parque infantil sin niños.

¿Lo estás viendo?, envió él, adjuntando como emergente el mapa climático en tiempo real más dos horas, fijado en un lateral de la visión.

—¡Vamos, trasto! Que nos va a llover —dijo ella a su sobrina, y recalcó palabras escondidas de afecto para él—, que al parecer no todos quieren que juguemos hoy, y nos mandan a casa.

—¿A casa? —escuchó él en boca de la pequeña mientras se lavaba los dientes y colocaba la cafetera sobre el fuego de su pequeña vivienda.

—A casa. A jugar con las pinturas y los libros. ¿Sabes qué? —picó ella a la pequeña, obteniendo la respuesta deseada en forma de cuestión—. He aprendido a dibujar dragones. ¿Te enseño?

La pequeña sonrió a la cámara oculta en la retina de ella, y por tanto a él, a quien escapó con su gesto involuntario una gota de saliva que se apresuró a limpiar mientras reía.

¿Qué pasa?, preguntó ella al percibir la agitación enviada a través del canal. Por detrás, en la banda de audio, la pequeña cantaba una canción inventada sobre dibujar dragones. Ambos rieron tras la explicación de él, una vez enjuagado, y la pequeña se volvió hacia su tía.

—¿Hablas con alguien? —inquirió.

—¿Yo? —mintió—. Solo contigo, renacuaja.

La renacuaja sonrió, se acercó a su tía y le dio un besito en la mejilla al tiempo que ella se agachaba para recibirlo.

Ohhh, ¿un besito para mí?, le pensó él.

¡Ni hablar!, ese besito de renacuaja es mío…, contestó mientras él sentía las primeras gotas de agua sobre la piel de ella.

¡Anda, corre! Voy a escribir, tú llévala a casa, comunicó. Y abrigaos.

~, envió ella, estremeciendo el cuerpo de él del placer de no saberse solo.