Dios vuelve a estar furioso

Las figuras caían del cielo. Llevaban días haciéndolo, y la sensación era la de que el aguacero de formas pálidas no se detendría en ningún momento. Estas aparecían con un centelleo justo sobre la capa de nubes que no terminaban de descargar, y se cristalizaban en un girón de carne blanquecina con vetas oscuras.

Cartel Dios vuelve a estar furioso

El cielo llevaba encapotado más de un mes, pero las lluvias no habían llegado en ningún momento, situación que puso a los climatólogos como yo de los nervios, y nos hicieron fumar el doble. Tras las primeras caídas, todo el asunto del cielo pasó a un plano eclesiástico, y aquí y allá la gente saturaba los lugares de culto. Yo me limitaba a hacer pasar el humo por mis pulmones, y dejar que salga al ambiente encapotado.

Cada pocos minutos, cae una figura. El flash dibuja un contorno humanoide entre las nubes y segundos después aparece el bulto en caída libre. Los vuelos han sido prohibidos con razón, pienso mientras exhalo el cáncer que acabará por matarme. Visto lo visto, casi mejor ir al infierno.

Las formas tardan menos de cincuenta segundos en llegar al suelo e impactar contra el asfalto, otros edificios, coches e incluso personas. Tengo la radio encendida, y truena más que la atmósfera. La mayoría de las emisiones son estupideces, claro. Cada vez que algo merece la pena ser contado, un ejército de un millar de imbéciles satura las ondas e Internet, proclamando a los cuatro vientos sus bobadas. Su éxito radica en que los oyentes al otro lado no son mucho más listos que ellos mismos.

La única emisora coherente que he encontrado los llama como son, humanoides, aunque todo el mundo tiene un nombre para ellos debido a nuestra carga histórica de mitología. Una sin la cual resulta complicado vivir, y con la que nunca me he sentido lo bastante cómodo. La radio anuncia la colisión del que acabo de ver aparecer a unas manzanas de donde me encuentro. El sonido del impacto de este no se ha oído. Demasiado lejos.

Sin embargo, hace una hora uno de ellos ha caído justo en el tejado de enfrente. El sonido era tan desagradable como pudiera ser el provocado por una persona lanzada desde la capa de las nubes al aterrizar de boca contra un edificio. Desde mi posición ya no se veía nada. Tras impactar contra la azotea, un equipo había llegado a cubrirlo con prisas. Lo han cubierto con una especia de plástico dorado y luego se habían ido a atender otra emergencia. Una de las muchas hoy.

La ciudad es un puto caos. Todas las ciudades lo son ahora mismo, pero esta es aquella en la que está ocurriendo, y eso da preferencia a la locura desenfrenada. Cientos de accidentes de coche han hecho imposible que los bomberos alcancen los tres fuegos que algún hijo de puta radical ha comenzado aquí y allá, y cuyos humos ascienden en forma de columnas negras para sujetar las nubes que no terminan de querer caer. Es curioso, nadie te dice lo rápido que puede todo irse a la mierda. En cuestión de días desde que el primero de ellos cayese, la ciudad se ha vuelto loca, y los servicios de emergencia no dan abasto.

Yo estaba trabajando cuando el primero de ellos aterrizó al otro lado de la ciudad. Al principio, las noticias no sabían de qué informar. Nadie había visto cómo caía, y parecía más una broma que un hecho contrastado. Estaba en el suelo, destrozado -en parte- por el impacto, con las articulaciones deshechas y la cara irreconocible. La piel blanca, más aún que la nieve, se veía manchada aquí y allá con una sangre espesa y oscura. Por todo su cuerpo, unos tatuajes indescifrables de tinta oscura parecían reflejar el tono grisáceo del día. Lo más extraño eran sus otras dos extremidades, a la espalda, surgiendo de algún punto por encima de los omóplatos. Dos alas de seis metros de envergadura se hallaban cubiertas de plumas oscuras, del color del azabache.

Cuando el segundo de ellos cayó del cielo, varias cámaras estaban pendientes de él, y casi consiguieron seguir su trayectoria. Para el tercero, todo el mundo miraba al cielo, esperando que el evento cesara. Pero no lo hizo. Cada pocos minutos, la luz volvía a aparecer tras las nubes, y otra forma blanca y negra se precipitaba hacia la Tierra.

Apago la radio, tiro la colilla a la cubierta de piedras, y entro en casa. Vivo en un ático, y reconozco que tengo miedo de que alguno de esos tipos muertos y asexuados caiga sobre mí. Pero no tanto como para abandonarla. Al fin y al cabo, he de ser yo quien defienda «el fuerte» ahora que ella se ha ido. Mi novia, Eva, se marchó en las primeras horas, cuando yo aún no había llegado de trabajar. Conseguí hablar con ella al salir de la oficina al suspender el horario, justo antes de que el transporte y las comunicaciones se interrumpiesen. Pero no fui capaz de que me dijese a dónde iba. Solo sabía que estaba demasiado alterada, y que haría alguna tontería.

Miro al cielo a través de la ventana y pienso que, si hay alguien ahí arriba, es muy difícil se más cabrón de lo que está siendo. Tanto o más que la gente que desvalija ahora mismo la ciudad. Si hay alguien ahí, seguro que ha conseguido que mi novia vaya a adorarle a algún credo oculto en una barriada perdida de la ciudad con un rezo en forma de chute. En cinco años nunca había sufrido una recaída, pero yo solo podía imaginármela de nuevo con la jeringuilla en el brazo, los temblores y la saliva colgando de sus labios morados. Y los ojos vidriosos, entreabiertos y sin foco. Ese era el único ángel al que yo quería ver ahora. Una adicta a todas las sustancias que pudiese llegar a encontrar.

Me pregunté si alguien echaba en falta a los que caían constantemente sobre la ciudad, y si Eva caerá sobre algún mundo en el que criaturas estúpidas y crédulas la adorarán como si se tratase de la respuesta a sus preguntas. Ella era la respuesta a las mías, y ahora se había ido por todos aquellos hechos sin sentido e incoherentes. ¿Qué quería decir todo aquello? ¿Qué Dios estaba furioso? ¿Que estaba eliminando todo su absurdo reinado? ¿Qué unos alienígenas de formas angeladas trataban de abrirse paso por nuestra atmósfera?

El viento golpea fuerte contra el ladrillo, y puedo oírlo silbar a través de una pequeña rendija en la cocina. Rompiendo la cadencia de un solo flash cada vez, varios relámpagos sin rayo iluminan la estancia sobre la que me encuentro, y tengo que taparme los ojos si quiero mirar hacia las puertas acristaladas de la cubierta. Me dispongo a salir de nuevo cuando una decena de descargas eléctricas caen sobre los tejados de alrededor. Lejos de ser aleatorias, estas parecen dirigidas contra algo, aunque no alcanzo a ver el objetivo. Este debe encontrarse sobre la casa, muy arriba, para que los rayos se abran de ese modo en forma de abanico.

De pronto, todos ellos cesan, y el viento se detiene lo suficiente como para que el silbido desaparezca. Trato un instante en darme cuenta de que el viento debe seguir allí, pero que mis oídos no han resistido el sonido de los centelleos. Mis ojos, al parecer, tampoco, ya que me cuesta enfocar justo enfrente. Una mancha oscura aparece en el centro de mi visión, sobre las piedras que conforman el suelo del ático.

Me froto los ojos y caigo al suelo cuando los abro. Sobre las piedras del tejado, a menos de cinco metros de mí, dos de esas formas han aterrizado. Estas, a diferencia de todas las demás, no se han estrellado contra el suelo, sino que han debido de aterrizar como han podido. Me encuentro en el suelo, con las piernas estiradas hacia ellos, y la forma que sostiene al otro me mira fijamente.

Mide lo mismo que debe medir una persona promedio, encorvado para soportar el peso de su compañero. Pero hay diferencias anatómicas considerables. Para empezar, su cuerpo desnudo y asexuado es casi por completo blanco, salvo aquí y allá donde quemaduras han abierto la carne oscura y han dejado escapar una sangre casi negra. Sus ojos están más vivos que los de muchos humanos, y me observan con una mezcla de miedo y piedad. Sostiene a lo que parece un compañero inconsciente, con su brazo por encima de su espalda y sus alas.

Observo estas últimas, y puedo asegurar que el que está muerto o desmayado no tiene alas. O, al menos, no en su totalidad. Del ala derecha no se puede decir nada, porque parece no haberla tenido nunca, pero de la izquierda, cortada a pocos centímetros sobre su cabeza por lo que parece una explosión, se mueve con la lenta velocidad de su respiración. El que está de pie me observa y trastabilla, cargando su peso y el de su compañero sobre su rodilla derecha, y perdiendo el sentido. Ambos caen abatidos sobre mi tejado, y el ala derecha del que estaba de pie parece cubrir al herido. La otra se repliega lentamente en lo que da la sensación de ser un acto reflejo.

En mi cabeza, una decena de voces me gritan que huya, que eche la cortina y salga del edificio, que me olvide para siempre de todo aquello. Que me vaya, como Eva, y que me centre en mi droga. Me dicen que cualquier otra cosa me pondrá en peligro, uno que ni siquiera mi cabeza podrá llegar a entender. Para ayudarme a decidir, el cielo rompe a llorar con una tromba que oculta los edificios de alrededor.

Lo ignoro todo, abro la puerta, y me dispongo a ayudarles.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *