Dioses furiosos

Dioses furiosos

Fuera no llueve, eso no es lluvia. Hace tiempo que el olor a humedad dio paso a un sonido tal que esconde todos los aromas bajo su estruendo, y que ruge el cielo flechas coléricas de energía rasgando la atmósfera en dirección a algún punto en el horizonte.

Siempre son en el horizonte, medita mientras se sube un poco más el anorak.

Fuera trona, como si todos los dioses modernos estuviesen llorando a la vez sobre la Tierra. Las gotas, hinchadas de agua y frío, caen sobre el suelo de piedra irregular con una fuerza que parece poder partir cada una de las losas de la terraza. Y lleva horas haciéndolo. Treinta y seis, en concreto.

Treinta y seis horas de alcantarillas vomitando sus propios fluidos. Treinta y seis horas sin nadie moviéndose por una ciudad en la que resulta imposible hablar con quien tienes al lado por el sonido que hacen las gotas al caer. Treinta y seis horas de nadie trabajando, y de ciudad paralizada.

—¡Quizá esta vez sí que les hayamos tocado la fibra a los de arriba! —gritó Rend a pocos metros, en la terraza, para hacerse oír por encima del rugido del agua golpeando el techo. Miraba absorto el espejismo de una ciudad invisible por la lluvia.

—Los de arriba pasarían de nosotros, si existiesen. —Graez sonrió con esa sonrisa torcida y cínica con que últimamente lo hacía cada vez que alguien la mencionaba a los dioses. Nunca había sido devota de una religión monoteísta, pero la última moda de rescatar panteones le parecía aún más absurdo. Se encendió otro puro y siguió contemplando el hipnótico diluvio.

—A lo mejor es una nana. Un arrullo. No sé tú, pero yo llevo las últimas dos noches durmiendo como un bebé —siguió diciendo Rend—. O quizá sea una limpia para nosotros. Tras esto, la contaminación atmosférica será casi nula. Es posible que nos estén ayudando o…

—O quizá solo esté lloviendo —masculló interrumpiendo, poniendo los ojos en blanco y pasando de la estancia a la terraza parcialmente cubierta y techada. Se unió a su novio.

La terraza era un espacio abierto a la atmósfera por un frontal de cuatro metros desde el cual contemplar la ciudad.

Contemplar la lluvia, ahora, pensó Graez en la apertura a un infinito sesgado por una cortina compuesta por millones de gotas de agua, que se interponía entre ellos y el resto de la ciudad. El cielo no existía. Ni el suelo. Con un techo de chapa, la terraza tenía su propia banda sonora, una nota por cada impacto.

Sin duda parecía que era el mismísimo nuevo panteón el que enviaba aquel muro de agua hacia abajo. Hacía siglos que no llovía de aquella manera en esa ciudad, y no tenía visos de acabar. Las calles se habían colapsado a las pocas horas y los helicópteros iban aquí y allá para repartir medicinas, rescatar a gente o llevarles comida.

Rend y Graez llevaban las dos últimas comidas subsistiendo con los restos de la nevera, y pronto haría falta tirar del pequeño huerto ahora cubierto en el que los tomates y diversas hortalizas crecían. Pero no había luz eléctrica.

Toda la ciudad era una tumba de silencio en el horizonte de las gotas de agua. De haber habido alguna luz, quizá fuese posible ver el siguiente edificio alto, a cincuenta metros al sur de su terraza. Pero nada salvo los ocasionales centelleos de los rayos del Nuevo Zeus y los helicópteros se perfilaban tras la empapada cortina.

Graez se preguntó cuánta agua sería capaz de soportar la ciudad. ¿Trescientos kilos por metro cuadrado? ¿Varias toneladas, llegando el agua a su terraza e inundando los otros pisos? Una tos en su sofá interrumpió sus pensamientos. Era Drea, la hija de la presidenta de la comunidad, cuyo primer piso había sido sepultado por el agua hacía unas horas. Dejó el puro apoyado en la cornisa de la ventana, aún encendido, y entró a su salón.

—Hola, pequeña, ¿cómo estás? —dijo poniéndola la mano en la frente. Su padre estaba con ella, mientras que la madre y sus otros dos hermanos se encontraban en el piso de abajo. Se habían repartido los habitantes de los tres primeros pisos en los últimos ocho de manera que no causasen demasiado problema.

Drea tosió un poco más pero sonrió. Ya solo tenía inflamada la garganta, pero no tenía fiebre.

—Tienes que quedarte aquí quieta, tumbada bajo la manta y al lado de la chimenea. ¿Me oyes? Vale. ¿Quieres algo de leer?

La pequeña asintió con la cabeza, y pidió algo sobre los dioses. Graez sonrió. Claro que quiere leer sobre los dioses, ¿qué otra cosa iba a ser? Se levantó y caminó a la biblioteca con la linterna en la mano. La biblioteca era el espacio más amplio de la vivienda, más aún que el salón, y estaba caldeada a espaldas de la chimenea. Por la ventana entraba algo de luz azulada y fugar, cada vez que uno de los rayos impactaba contra el cristal. La lluvia corría por la fachada, y Graez percibió el frío al aproximarse a la pared norte, lejos del tiro.

Los libros se iluminaban por segundos, para apagarse a la luz de su linterna amarillenta. El juego de sombras le recordó un holo en dos dimensiones de una película antigua en la que un niño se refugiaba en una biblioteca durante toda una noche para leer un mundo imaginario. Había olvidado el título, pero recordó el miedo que le daba un enorme lobo.

Un ruido la hizo estremecerse. Miró por encima de su hombro, y se imaginó a Gmork surgiendo de una estantería repleta de libros destrozada. Era Rend, quien sujetaba un libro infantil sobre el neopanteón.

—No sé de dónde lo hemos sacado, pero es posible que este sea el único libro que entienda —dijo él—. ¿Te he asustado?

—Pensaba que eras Gmork —susurró ella, besándole a la luz casi sin batería de la lámpara y los rayos azules. Notó su erección a través de la ropa de ambos.

—¿Quién es… —empezó a preguntar, ignorando su propia pregunta. Cerró la puerta de la biblioteca con el pie, camuflando su portazo en el sonido de un trueno. Se tumbó con ella sobre la alfombra caliente junto al tiro de la chimenea.

El libro permanecía en el suelo, junto a cada vez más ropa de ambos, y la ventana palpitaba fría la pasión de la habitación. Todos los dioses miran hacia abajo, furiosos.

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