El amor es una ecuación

Ella sonríe, y él la imita. La imita porque desea hacerlo, y porque algo dentro de él tira de ambos lados de sus labios para enseñar su sonrisa. Algo intuitivo, caprichoso y espontáneo. Algo imperfecto e involuntario.

Es guapísimo, piensa ella cada vez que él sonríe y muestra los dientes perfectos y blancos. Vuelve a besarle, y se acurruca junto a él en la cama. Coloca con cuidado la cabeza en el abdomen de él y cierra los ojos mientras él la revuelve el pelo con ambas manos.

Él está tumbado sobre la cama, desnudo, apoyando la espalda contra el cabecero. La sábana hasta el ombligo. Ella está hecha un ovillo con su cabeza en el linde de la sábana, que la cubre casi por completo. El pie derecho se encuentra en vilo fuera de la cama con la única prenda que llevan ambos. El resto se haya repartido por la habitación allí donde ha caído.

—¿En qué piensas? —pregunta él. Ella se tensa un poco, y él percibe esa sensación sobre su piel. También puede notarlo como un susurro en su espíritu. Aún está aprendiendo a identificar ese tipo de comportamientos de la piel de otros, y ahora siente cierta rigidez—. ¿He dicho algo inapropiado?

El amor es una ecuación

—No, no —resuelve ella sin moverse. Él percibe cada una de sus palabras tanto a través de sus oídos como de su superficie exterior. Cuando ella mueve los labios, hace que su abdomen tiemble con su movimiento. Esa sensación le recorre por completo, satura su sistema nervioso y le invade una sensación de bienestar—. Has preguntado algo sobre lo que quieres saber. Eso nunca será malo, siempre y cuando yo no desee contestar y tú insistas. En ese caso será algo poco educado.

—Anotado —confirma.

—Tampoco es una norma escrita en roca. Digamos que puedes insistir en determinados momentos pero en otros no. No te preocupes, lo irás entendiendo poco a poco.

Ambos guardan silencio unos segundos. Ella percibe cómo el oxígeno entra en el cuerpo de él mientras su cabeza sube o baja unos milímetros. Nota sus abdominales marcados. Nunca ha estado con nadie con un físico parecido, y se siente cohibida en cierto modo. Sube la sábana y cubre aún más un cuerpo lleno de arrugas e imperfecciones fruto de la edad.

Él aparenta más de treinta años menos que ella, pero sonríe cada vez que ella le observa. Es en esos momentos en que los ojos de ella se apagan, y se hace la pregunta de cuánto de verdad hay en la sonrisa de sus ojos, y cuánto hay de…

¿De qué?, se pregunta. ¿De libre albedrío? ¿De programación orgánica?

—Entonces, ¿puedo preguntarte en qué piensas?

—¿Mmm? Oh, sí. Lo siento, había cambiado de pensamiento solo para volver al mismo. Creo. —Se disculpa y gira sobre sí misma, llevando sus ojos ahora a los de él mientras le contempla sonreír—. Ya sabes, la cabeza de una anciana va de aquí a allá.

Menudos pechos, piensa la mujer de las tetas perfectas de él. Parecen de gimnasio. Se ruboriza casi al instante de haberlo pensado y se promete a sí misma que no hablarán de eso. Ella las tiene, por su edad, arrugadas y caídas. Y obsoletas. Hace décadas que no puede ser madre. ¿De qué sirven entonces? ¿No podrían caerse como lo hacen los frutos de los árboles? Todo sería más cómodo si desapareciesen como lo hizo la regla.

—Pensaba en que sigue siendo algo raro —termina por decir ella sin dar más pistas.

—¿El qué es raro? —Él levanta una ceja. Resulta obvio que no se entera demasiado, pero tampoco es que su cerebro sea una joya. El modelo da para lo que da.

—Lo nuestro. Nuestra… relación.

—¿Nuestra relación es rara? —pregunta desconcertado.

—Lo es para los estándares humanos de comportamiento. Las mujeres de más de sesenta no suelen salir con treintañeros macizos. Menos aún acostarse con ellos. Algo así induce a las habladurías que pronto empezarás a escuchar por las calles.

—Bueno, yo no tengo treinta años.

—No, no los tienes —dice ella más para sí que para él—. Es aún peor. Me acuesto con un recién nacido.

—No, ahí te equivocas de nuevo. Porque, técnicamente, yo fui ensamblado. No llegué a nacer nunca.

Se ríe de su propia corrección nada más decirla, lo que provoca que ella se ría también. A pesar de los materiales que le constituyen, ella percibe la suavidad de su piel clonada. No sería capaz de identificarlo como fabricado aunque quisiese. Todo en él parece real.

—¿Dirías que me quieres? —pregunta ella aún con la risa escapando de su dentadura. Es una de esas dentaduras atornilladas a la mandíbula que se puso hace algunos años, más de los que quiere tener en cuenta, y que cuida como su única joya.

—Digo que te quiero —dice él mientras sigue dando vueltas a los mechones llenos de canas.

—¿Puedes decirme eso aunque seas de mi propiedad?

—Quizá te lo digo porque soy de tu propiedad. —Se ríe, esta vez en solitario.

—¿Se lo dirías a otra persona si te vendiese? —pregunta ella, ahora sin un ápice de felicidad en la voz.

—No es así como funciona. Tú has impreso algo en mí. Has sido la primera. Eso quedará grabado y no hay nada que yo o un ser humano pueda hacer para evitarlo. Te amo a ti. Es un hecho objetivo.

—Eso te dice tu programación.

—Creo que algo parecido te dice la tuya con respecto a mí —replica él.

—Yo no tengo programación.

—La tienes. — Ella casi puede percibir cierta incomodidad en su asistente. Se pregunta si le habrá molestado, pero guarda silencio—. Respóndeme a esta pregunta: ¿Es menos el amor por tratarse de un artificio matemático? ¿Vas a evitar disfrutarlo solo porque es computable en un ordenador?

—El amor como artificio matemático —medita ella, pensando para sí—. Me gusta la idea.

—El amor quizá no sea una fórmula, pero sí puede ser parametrizado. Tú quizá pienses que nuestros sentimientos son distintos a los vuestros, pero lo cierto es que la diferencia es tan solo la sustancia en la cual estos sentimientos se procesan.

—¿Sustancia? —pregunta ella mientras percibe la erección de él a través del tirón de la sábana—. ¿Qué sustancia?

—Las sustancias que soportan nuestro raciocinio —resuelve—. Tú piensas con carbono en tu cerebro gracias a una red de neuronas. Yo computo con silicio en el mío gracias a una red de procesadores. Cambia la base. La forma. Pero la ecuación es la misma. Y, si la ecuación es la misma, ¿qué importan los materiales?

Ella se levanta sobre sus ancianos brazos y mira dentro de sus ojos. Él está serio. Es evidente que se ha sentido ofendido por la comparación.

Y, sin embargo, él no dice nada de las manchas de su piel o de la ligereza del pelo. Para él, ella es hermosa aunque sea una anciana. Él la quiere por su inteligencia y por las conversaciones sin final que acostumbran a mantener entre jadeos.

—Me gusta tu ecuación —confirma ella. Él la besa, atrayéndola hacia sí, y la última prenda de ropa termina por caerse.

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