El ángel de la guarda escrito en la memoria

Cogía los libros instantes antes de que las llamas los lamieran por la estantería. El fuego avanzaba desde el fondo de la habitación, consumiendo muebles y alfombras, saltando de cortina en cortina, y arrastrándose por las moquetas. Ya había devorado casi toda la casa que habían construido juntos. Y ahora le estaba arrinconando en la biblioteca. Iba a por sus libros, los de ella. El fuego quería destruirlos, poseído por un deseo antinatural de relegarla a cenizas, junto con las que ella misma generó de sí misma.

No podía permitirse perder lo único que quedaba de ella. Él alargó sus brazos y, a la luz del calor, empezó a cargar todos los libros que pudo en la mochila. Las heridas por rescatarlos quedaban justificadas.

El ángel de la guarda escrito en la memoria

¡Basta! ¡Sal de la casa! Gritó ella desde su exocortex, y la información se transmitió de manera directa e instantánea al centro de comprensión del cerebro, descongelando sentimientos que hacía años habían quedado fuera de él, protegidos bajo contraseñas y mantos de consciencia instaurados durante años. En una fracción, los sentimientos se abrieron paso a través del laberinto que él había creado para ella, rompiendo el firewall subconsciente y las barreras antivíricas y ciberbiológicas, arañando las paredes de su confinamiento autoconsciente para desplegar lo que quedaba de ella en su procesador secundario.

Lo que quedaba de su voz.

La presión lo tiró al suelo, arrojando los libros que fue incapaz de alcanzar a la alfombra contaminada de llamas que se extendían hacia él. No podía respirar, y no debido al humo. No podía inhalar porque ella había conseguido salir.

Por favor, amor, levántate. Insistió su cálida voz deshumanizada a través del implante.

Él se sentía incapaz de reaccionar, congelado en mitad del fuego por quien hacía tiempo había escrito las letras de las que se veía ahora rodeado. Los recuerdos le aplastaban el pecho, y su voz enturbiaba las ganas que tenía de vivir.

Pensaba que hacía años ella se había ido. Pensaba que ella ya no era nada. Un recuerdo perdido en los confines de su memoria inconsciente. Que se había rendido a la inexistencia y había abandonado su neoneocortex externo. Sin embargo, una voz dulce sin cuerdas vocales sintonizada directamente a su cerebro, y le pedía que se levantase de allí. Que abandonase todos aquellos manuscritos y que se salvase. La voz dentro del ordenador estaba programada para hacer lo que siempre había hecho: amarle de modo incondicional.

—No puedo abandonarte—dijo él en voz alta, señalando los cuadernos y libros sobre el suelo.

Amor, esos libros no son lo que fui, ni lo que soy. Confía en mí, tienes que irte antes de que…

Él retiró la mano derecha con un aullido. El fuego que se arrastraba por la alfombra le había alcanzado, abrasando su piel.

¿¡Crees que quemar los recuerdos es un gran esfuerzo!?—gritó al fuego, poniéndose en pie. Luego, susurró mientras empezaba a llorar—. El esfuerzo es no olvidarlos y lograr que no te quemen por dentro…

Ya basta… Sentenció la voz de ella en su cabeza. Lo siento, tengo que hacerlo, por tu bien.

El exocortex emitió un zumbido sobre las orejas de él. El toroide en forma de diadema horizontal cerrada a lo largo de su cráneo brilló con todos sus indicadores durante unos segundos, y él cayó al suelo. Desmayado. Había sido ella, lo que quedaba de la personalidad digitalizada de sus diarios, quien había logrado eludir sus sinapsis, bypasear el flujo de conciencia de él y lograr control sobre su sistema motor.

¿Qué está pasando?» Se preguntó él, obteniendo el sonido de su propia voz amortiguada a través del aire:

—Te he pirateado, lo siento.—Ella puso en pie su cuerpo, y lo sacó de la habitación. Avanzó trastrabillando por el pasillo y se abrió paso hacia la puerta con las llamas franqueándole. Agregó—: Este cuerpo es horriblemente grande.

Su cuerpo salió de la casa y caminó hacia el bosque situado a quinientos metros, fuera de la exposición del fuego. Ella lo dejaría allí, y él esperaría mientras llegasen los bomberos a la casa en la montaña. Le obligó a sentarse en una piedra, y luego ella ejecutó su última función.

—Lo siento, amor, pero debes olvidar—dijo ella con la voz de él—. Los recuerdos no te dejan avanzar, y ni yo ni esos cuadernos somos la persona que dejaste atrás. Había que borrarlo todo. Lo entiendes, ¿verdad?

¿Has sido tú la que… Empezó a preguntar él dentro de su propia cabeza, solo para descubrirse a sí mismo preguntando en voz alta una frase que no comprendía:

—…ha iniciado el fuego?

Miró a su alrededor. No recordaba cómo había llegado hasta aquél punto, o por qué su vivienda estaba ardiendo. Le dolía la cabeza, como miles de punzadas a lo largo de todo su cráneo, y era incapaz de entender por qué estaba en el exterior, contemplando aquello. Sin embargo, la sensación de urgencia por apagarlo no existía. Todo estaba bien con las llamas destruyendo aquella casa.

Escrita y escondida dentro de su exocortex, ella sonrió en silencio y sin labios para hacerlo. Se mantendría el resto de la vida de él protegiéndole, ayudándole a vivir, a amar de nuevo, asegurándole la felicidad que nunca pudo entregarle en vida. Sería su ángel de la guarda, y permanecería escrita en su memoria inconsciente a la espera de ser necesitada.


Gracias al Tweet de @Crismandarica que, contra todo pronóstico, ha encajado a la perfección.