El barquero

Casi cien años después. ¡Cien años! Cualquiera podría haberse vuelto loco en aquél plazo, si hubiese sobrevivido al salto, y si hubiese estado vivo tras esa cantidad de tiempo. Lo primero llegó a ocurrir. Lo segundo resultaba imposible.

El barquero

La Clea estaba desierta cuando los primeros cortes se hicieron in situ y se comprobó el estado de la maquinaria. En la nave antigua, del tiempo de las Primeras Expediciones, se localizaron setenta y dos cuerpos congelados, treinta menos de lo que indicaba el registro. Hacía casi un siglo que la temperatura había bajado hasta convertir sus cuerpos en cristales de hielo, aunque lo hizo mucho después de que todos muriesen de hambre. Algunos de ellos mostraban heridas por cizallamientos propias de un salto mal realizado.

Los que tuvieron la suerte de morir por las heridas no tuvieron que ver cómo los que sufrían heridas trataban de comerse entre sí.

Los registros de la nave, aún bien conservados, establecieron el origen del salto en las afueras del cuadrante III, sobre Piscis. El destino, la Tierra. Pero un hipermotor viejo los había depositado en las afueras de la Nube de Öpik-Oort, y ahora el barquero remaba en dirección a la que debía haber sido la tumba de todos aquellos colonizadores fracasados.

El apropiado nombre de la nave de remolque era Caronte. Una mole de setecientas toneladas que abrazaba la Clea al trasladarla por las inmediaciones del Sistema Solar. Cinco semanas atrás, una de las balizas de la nave, sin duda lanzadas por el capitán como una remota posibilidad, había llegado a una de las estaciones repetidoras de largo alcance del cuadrante Oort-VII. Una corta expedición de búsqueda después, la Clea apareció en pantalla.

Poco estilizada, la Clea era una nave estándar de salto sin cabinas para la tripulación salvo una serie de habitaciones compartidas en las que sentarse durante el viaje. Construida durante las primeras fases colonizadoras, su forma casi esférica hacía difícil establecer cuál era la popa o cuál el estribor. La Caronte, mucho más grande, la remolcaba asida a los cinco grandes boquetes que el equipo de rescate había abierto para la exploración.

Un trabajo estándar y según el reglamento, pero que carecía de sentido dada la situación. La Clea se había observado detenida a la deriva a las afueras de la Nube, sin ninguna emisión de energía y con un giro fuera de control. En varias secciones podía observarse cómo alguna roca había perforado el blindaje exterior hasta convertirlo en un acordeón. Era imposible localizar supervivientes de cualquier tipo. Hacía demasiado que la tripulación había sido abandonada a su suerte.

Probablemente todos los viajeros del vuelo sabían del mal estado de la nave cuando subieron a bordo. Una de las joyas del diseño, la Clea pronto quedó obsoleta y cumplió más ciclos de los permitidos por las autoridades. Veinte años tras su retirada obligatoria, seguía estableciendo vuelos regulares. Sus dueños pensaban seguir explotándola, y lo hicieron hasta que el motor falló. Sus ocupantes no se preocupaban por un par de créditos, y consiguieron un castigo ejemplar.

Cien años después de que todos se volviesen locos y empezasen a comerse entre sí, el barquero remolcaba los muertos sin moneda a través del espacio, fuera del Aqueronte en que habían quedado atrapadas sus almas.