El cadáver siempre deja pistas

La habitación donde se ha encontrado el cuerpo está completamente cubiertas de sangre de la víctima. Las paredes, los muebles, el techo. Todo está oculto tras su líquido vital y sus tripas. En cada rincón, una perla rojo oscuro contempla el cadáver en mitad de la sala. El asesino lo ha golpeado con fuerza incluso minutos después de que la víctima hubiese muerto. Según el psicólogo que tengo a mi lado, eso indica algún tipo de afinidad hacia la persona que lo hizo. Sea quien sea, conocía a la víctima, y le tenía guardado un odio invisible y mortal.

Cartel «El cadáver siempre deja pistas» 2

Observo el pequeño puñal de plástico sobre la mesa y miro a las personas que lo rodean. Uno de ellos ha sido el que ha asesinado al ahora cadáver, y ha teñido de rojo la salita donde lo han matado.

Ahora mismo, todos los participantes de la fiesta nos encontramos en una pequeña sala con muebles limpios que ignoran la carnicería, sentados sobre sillones. Miramos una representación de la casa, situada sobre la mesa baja en el centro de la sala. Nadie habla, a pesar de que hemos definido un sistema de turnos para hablar.

Me toca a mí, y no sé qué decir o qué hacer. Solo puedo mirar el pequeño puñal sobre la mesa y hacer conjeturas sobre quién lo habrá matado, y por qué. Supongo que eso es parte del juego al que nos hemos visto arrastrados esta noche. El porqué. Por qué alguien apuñalaría cincuenta y ocho veces un cadáver, y por qué ninguno de nosotros tenemos marcas de sangre.

Establezco contacto visual con Carmen, mi pareja en la fiesta, y me sonríe durante una fracción de segundo. Luego, cambia la sonrisa por una mueca de afecto, baja los ojos, y busca otros que apoyen sus palabras:

—Quizá debería hablar el que quiera, ¿no?—Me vuelve a mirar—¿Quieres pasar?

Niego con la cabeza, afirmando que es mi turno, y que quiero decir algo. No sé qué puedo decir. Ni siquiera tengo coartada. Estuve toda la fiesta bebiendo a oscuras en el pequeño desván de la propiedad, y nadie me vio. Para el resto del círculo, yo solo soy un candidato a asesino más.

Respiro hondo tres veces y asiento con la cabeza. Relato mi versión de los hechos con toda la seriedad de que soy capaz.

«Al empezar la fiesta estuve con Mónica [ella asiente con la cabeza al oírlo] durante la primera hora. Pero estamos teniendo problemas entre nosotros –por eso no quería venir a la fiesta en un principio- y necesitaba estar a solas.

Lo cierto es que lo que necesitaba era un buen vino, y nada de ruido a mi alrededor. Por eso me escabullí de la fiesta, robé una botella y fui al desván

Me incorporo sobre la mesa y, evitando el puñal, señalo la parte de la casa a la que fui, y la ruta que seguí desde las once de la noche. Varias personas asienten, y el que hemos nombrado de forma unánime como portavoz hace un par de preguntas:

—¿Alguien puede corroborar su historia? ¿Alguien le vio subir las escaleras?

Con que una persona salga en mi defensa, tendré más oportunidades para que dejen de sospechar de mi como el asesino, y aumentará la culpabilidad de cada uno de ellos. Incluida Mónica. Dirijo mis ojos hacia ella, buscando su apoyo, pero esta vez no me mira. Mira al suelo. El resto de la habitación guarda silencio.

—Muy bien—dice el portavoz, mirándome—, ¿has terminado? ¿Quieres que hable otro?

Asiento con la cabeza, robo una carta del mazo sobre el centro de la mesa y el turno pasa a Esteban. Leo mi carta antes de que él empiece a hablar: «Recuperas la memoria. Has ayudado a matar a la víctima. Tu objetivo secundario es que no cojan al verdadero asesino». Por fin, algo de emoción en el juego.

Sonrío mentalmente, y escucho la declaración de Esteban con mucho más interés del que tenía. Quizá le he ayudado a él.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *