El cierre del universo

Miró a su alrededor, desconcertada, al suelo empedrado. ¿Dónde estaba a quien buscaba? Estaba completamente segura de que hacía falta alguien a su alrededor. Se llevó la mano a unos labios aún calientes y una lágrima le quemó la cara al frio del invierno. ¿Dónde estaba aquella persona, y por qué no recordaba su nombre? El aire se levantó, empujando un recorte de periódico por encima de su cabeza, en dirección a la cadena montañosa del este. Miró a su alrededor y descubrió la calle vacía.

el cierre del universo

«Juraría que, unos minutos antes había alguien aquí, además de…» interrumpió sus pensamientos el único coche que recordaba. Blanco, alargado, con las ruedas negras y una figura irreconocible a modo de conductor. Tan solo un borrón en dirección al otro lado de la calle. Siguió la trayectoria del vehículo y observó más allá de los edificios y el bosque que rodeaba la ciudad para encontrarse cara a cara con la desaparición de las montañas. Estaba segura de que unos instantes antes ahí había cimas altas cubiertas de nieve. Ahora, a través de una leve ventisca, la nada cubría las regiones más alejadas para evitar ver aquello que fuese que guardaba.

Desvió la atención de la confusión sobre su cabeza para refugiarse en algún establecimiento. Aunque no tenía noción de que hubiese pasado el tiempo, la oscuridad de la noche caía sobre la ciudad, bañando los tejados de los edificios de estrellas y el claro brillo de una luna ausente.

Durante lo que le parecieron horas, caminó entre los edificios aparentemente vacíos y sin vida. Ninguna puerta abría para acoger al calor del fuego a la muchacha. Se preguntó dónde habría un bar a estas horas, y recorrió en el silencio de su arrastrar los pies el resto de la ciudad. Para cuando hubo llegado al otro lado, el frio atenazaba su espalda –dura por el esfuerzo de combatir el hielo del aire- y la hacía encorvarse en busca de…

—¿Puedo ayudarla?—Al otro lado de la calle, un joven con una linterna le alumbraba la cara e interrumpía un pensamiento olvidado. Aun a través de la luz de una pequeña pila de petaca, la muchacha sintió el calor que irradiaba el pequeño foco, y sin mediar palabra se abrió paso a través del viento unos pasos más—¡Está usted helada! ¿Cómo se la ocurre salir con este frio?

El muchacho la colocó el brazo encima, pasearon unos doce metros y abrió una puerta de madera al calor del fuego y la luz. En el interior, una señora de avanzada edad los hizo pasar mientras le retiraba a ella la poca ropa de que disponía y la cubría con varias capas de abrigo secas.

—Gracias—dijo la joven a la señora mayor, quien farfulló algo sobre el tiempo y la locura de salir a la calle.

—Si yo tuviese tu edad, no volvería a salir nunca más, a ningún sitio. Me quedaría quieta, en lugar de tratar de llegar a un lugar que ha dejado de existir.

—¿Perdone?—La muchacha contempló a la anciana, quien encendió la chimenea sin contestar, y desapareció en lo que parecía la cocina. No había rastro del chico, ni se oída algo aparte del viento tras la puerta. Pasados unos minutos, ni siquiera eso era audible bajo el crepitar del fuego y el calor que irradiaba. Ella tuvo que alejarse un par de pasos para no sentir el calor abrasador en la cara, la única zona del cuerpo visible bajo las capas de ropa. Se sentó en el suelo a contemplar cómo las llamas bailaban cuando notó la falta de presencia en la vivienda.

Sintió que, minutos antes, había alguien más con ella. Pero ahora estaba sola, contemplando un fuego que se apagaba poco a poco y escupía volutas cada vez más débiles. Ella se quitó el abrigo, mirándolo extrañada y sin saber de dónde lo había obtenido. Había que reavivar el fuego, la temperatura bajaba rápida en la habitación.

Luchó durante varios minutos contra las ascuas menguantes solo para verlas desaparecer tras el humo gris. Contempló a su alrededor y se preguntó de quién sería aquella casa con agujeros en las paredes por el que entraba el frio de la calle. Se levantó del lugar que ocupaba la chimenea y cruzó el salón pasando por encima de donde unos segundos antes se encontraba el abrigo, solo para inspeccionar aquellas absurdas aberturas al exterior.

Se asomó por una de ellas y contempló la calle de adoquines. Dos filas de edificios más allá, el pequeño pueblo se acababa y daba lugar a un bosque de absurdas dimensiones. Apenas unas pocas filas de árboles daban a… Se concentró y trató de ver a través de la niebla levantada por el frío y notó el aire tras ella.

Se giró y se encontró a sí misma expuesta a los elementos. Lo que quedaba de las cuatro paredes de lo que en su día fue una vivienda se encontraba ahora congeladas en el tiempo y en el espacio, en ruinas que parecían imposibles de recuperar. Se giró, de nuevo hacia la calle, y saltó el pequeño muro sur que aún resistía el paso del tiempo en aquél lugar. No debía quedarse allí si no quería congelarse. Pisó el empedrado y la sombra del recuerdo cruzó fugazmente su cabeza. Había alguien, alguien a quien no recordaba. Lo sabía.

Se maldijo por no poder acordarse mientras caminaba por la calle en busca de algún lugar donde guarecerse del frío. Los pies pronto acabaron empapados y cubiertos de una pequeña capa de barro. Allá donde posaba los ojos veía barro helado sobre el empedrado. Intentó volver por donde venía pero allí solo había camino y antiguas casas de piedra sin ninguna iluminación interior. Paseó entre la decena de viviendas rodeadas del pequeño bosque y escuchó por primera vez aquél crujido.

Se giró para encararse a quien estuviese detrás de ella solo para toparse con la hilera de árboles tras la cual no parecía haber nada. El crujido volvió a oírse, esta vez a su derecha. El miedo la obligó a mirar en aquella dirección y a correr en ninguna. El barro duro transformaba el suelo en un espacio difícil sobre el que caminar, y la joven trató de volver hacia atrás, hacia las casas que ahora habían desaparecido y cuyo recuerdo apenas latía congelado en lo más oscuro de su memoria.

Caminó varios minutos por el bosque, tratando de ignorar los cada vez más frecuentes crujidos. Oía cómo las ramas se caían de los árboles solo para girarse y encontrarse con un muro de niebla cada vez más cerca. Ahora que tan solo tres hileras de árboles se extendían en cada dirección, pudo ver cómo uno de ellos desaparecía en un girón de nube al son de aquél chasquido.

Corrió al lugar donde el árbol había estado unos segundos antes y contempló el suelo húmedo y liso sin saber qué o a quién estaba buscando.

«No» pensó «Algo se me está escapando»

Giró de nuevo sobre sí misma para contemplar la niebla sobre sus ojos. El mundo había dejado de existir. No había nada tras ella. Trató de girar pero no sintió las piernas sobre las que hacerlo. Miró hacia abajo y fue incapaz de determinar en qué dirección se encontraba su cuerpo. Tan solo el muro de niebla la observaba, rodeándola. Borrando sus recuerdos. Una duda de incertidumbre parpadeó en su cerebro antes de apagarse del todo y para siempre.

***

—¿Y bien?—Jefferson esperaba en la puerta del laboratorio, golpeando cada pocos segundos el suelo en una muestra de impaciencia—¿Cuánto acabas? Creía que íbamos a cenar antes.

Al otro lado de la sala, su compañera se había puesto un traje nuevo para la ocasión. Esta iba a ser la primera vez que saliesen juntos a tomar algo, y quería sentirse más atractiva de lo que por norma ya solía encontrarse a sí misma. Le miró de reojo, sonriendo, mientras volvía unos segundos más a la pantalla.

—Acabo de apagar el universo de simulación U-27 del servidor uno. Lo hemos puesto en cuarentena porque creemos que puede haber entrado un virus. Voy en seguida—dijo apagando el ordenador y caminando hacia la salida—. De todos modos, da igual. El U-27 apenas sí era autoconsciente, y tenía fallos.

—Espero que nadie haya sufrido dentro.

—Seguro que no. Para ellos es tan solo como si se apagasen las luces—sentenció mientras la habitación entró en la oscuridad.

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