El coste de la mentira

Demasiadas horas sin excusa. Demasiados tonos de móvil sin contestar. Aunque era consciente de que algo pasaba, decidí que era mejor no saber. Bajar las orejas y esperar a no tener razón, a que el universo volviese a colocar todo donde debía, justo al momento mágico en que nos conocimos. Y, por supuesto, el universo no lo hizo.

Observo mis manos, empapadas en su sangre, y no comprendo lo que ha ocurrido. Se escuchan golpes sordos en la puerta, y esta estalla hacia la vivienda, arrancada del marco. Varios policías me apuntan con sus pistolas y me piden que suelte el cuchillo, que cae sobre la moqueta empapada con la sangre de mi novio.

Cartel «El coste de la mentira»

Unas horas antes, él estaba en el baño. Yo permanecía en la cama que aún poseía el olor a sexo de la noche anterior, y trataba de ignorar los motivos por los que mi cerebro deseaba repasar las últimas semanas. Intentaba dormir, aun a pesar de saber que iba a resultar imposible. Crucé mis brazos tras la cabeza y me quedé observando el techo.

Su teléfono sonó a los pocos minutos, y yo me senté sobre la cama. Me asomo a la pantalla, que solicita el código de desbloqueo que él no ha querido darme, y leo el mensaje antes de que la pantalla se apague de nuevo.

«Donde siempre, en una hora»

Me quedo unos segundos observando la pantalla apagada. Mi reflejo. Veo a un joven agotado y sin demasiado cuidado. La barba ha crecido sin control y amenaza por cubrir mi rostro desde abajo. A la altura de los ojos, las ojeras tratan de hacer lo mismo, disputándose mi cara en una batalla de desaliño. Oigo cómo tira de la cadena antes de volver a mi posición sobre la cama.

Sale del baño con mi bata puesta solo hasta la cintura, atada por el cordel. No puedo evitar reparar en su pecho y espaldas. Lleva una toalla de mano con la que seca su melena, y este gesto hace que se marquen los músculos de sus brazos y los abdominales.

Rober es más pequeño que yo, le saco una cabeza. Sin embargo, su cuerpo está mucho mejor distribuido que el montón de desperfectos que constituye el mío. No puedo sino observarle con deseo. Y en silencio mientras me sonríe, con sentimientos encontrados.

Quiero levantarme, ponerme en pie junto a él y besarle. También quiero hacer que confiese qué es lo que me oculta atándole a una silla y torturándole. Y no sé cuál de las dos fuerzas va a ganar esta mañana. La cabeza, revuelta de insomnio y sospechas, atormenta con volverse loca.

—¿Qué ocurre?—pregunta, haciéndose el inocente. Creo que sospecha que lo sé. O que no quiero saberlo. En cualquier caso, ninguno de los dos decimos lo que pensamos desde hace unas cuantas semanas.

—Creo que tu teléfono ha sonado.—Hago un gesto con la cabeza mientras me siento en la cama, apoyado en el único cojín que aún sigue sobre ella. Le miro en silencio mientras me miente.

—Es de mi madre.

—¿Qué tal está?—pregunto, siguiendo con el juego al que jugamos desde hace un tiempo. Él me miente, yo acepto la mentira como cierta, ambos sonreímos ignorando la verdad. Ambos seguimos como si nada hubiese pasado. Como si uno de nosotros no hubiese mentido al otro. Cuando su mentira termina, añado.—Voy a preparar el desayuno.

Bajo al piso de abajo, donde un frio salón con cocina americana me espera. Me pongo los pantalones que me quité anoche y que Rober arrojó al sillón y voy hacia la encimera a preparar algo.

Cuanto él baja, yo le estoy esperando con el cuchillo en la mano y, sin darle tiempo a decir nada, lo hundo hasta el fondo en su abdomen. Lo hundo todo lo posible, girándolo en el proceso mientras mi mano derecha se llena con la sangre y mis oídos se saturan de su silencio. Tan solo me mira durante unos segundos, antes de morir, mientras yo sigo oprimiendo el filo contra sus tripas.

Ahora que ambos estamos arrodillados sobre la alfombra, noto el calor de su sangre recorrer mis piernas. Permanecemos así hasta que él deja de respirar. Unos segundos después, su pulsera empieza a emitir un pitido intermitente, pero se detiene al cabo de unos minutos. Su pulsómetro ha notado la bajada gradual de presión, y ha avisado al departamento para el que trabaja y del que nunca me habló en vida.

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