El día en que escapó el djinn

Se encuentra gritando algo en la calle, cerca de las tres de la madrugada. Es evidente que sangra y que trata de levantarse con esfuerzo. Pero apenas es dueño de sí mismo. La mente embotada por las balas lo ha dejado en un estado de miedo primitivo, y trata de huir.

Del otro lado de la calle, el sonido de un disparo vuelve a sonar, y reverbera en las fachadas desde las que miran los vecinos. Estos contemplan la escena desde el principio, desde que la fiesta popular ha dado lugar a la violencia y al descontrol.

El día en que escapó el djinn

Apenas diez minutos antes, Jonathan paseaba con sus auriculares por las calles de Málaga, ignorando el jolgorio y la festividad que arruinaba poco a poco las calles de su ciudad. Hacía casi un milenio que había llegado a la ciudad, por aquél entonces Mālaqa, un lugar tranquilo lleno de fuentes de agua, floreciente y rodeado de las murallas que mantenían al demonio alejado del resto de la humanidad.

Pero este, dentro del cuerpo de Jonathan, había logrado lo que llevaba siglos intentando. Mientras Jonathan bajaba la guardia, el djinn consiguió controlar el brazo derecho, colocarlo sobre el arma de uno de los agentes que vigilaban la fiesta, y llevársela consigo.

Jonathan lo intentó, Dios lo sabe, pero el djinn no soltaba el arma. Trató de poner espacio entre los agentes y él, pero estos le rodearon y apuntaron con las pistolas restantes. Solicitaron que arrojase el arma al suelo, él no pudo, y los disparos empezaron.

Atravesaron la piel de su cuerpo, mientras caía al suelo aún sujetando la pistola. El djinn era fuerte, y él lo había subestimado. Hacía siglos que sabía que no debía salir de la vivienda, que debía vivir encerrado. Pero cometió la osadía de vivir con el resto de los humanos, se dejó guiar por el egoísmo, y ahora aquella cosa volvería a estar suelta en el mundo. Con sus últimos segundos de vida, entonó una plegaria.

La pistola cayó al suelo con el primer espasmo. La policía volvió a levantar sus armas, dirigiéndolas al cuerpo que convulsionaba violento en el suelo. Aquello no tenía sentido. Había muerto delante de sus ojos, y ahora parecía estar recibiendo golpes desde su interior, que lo levantaban casi medio metro en cada embestida.

Al séptimo intento, el pecho y vísceras de Jonathan estallaron, dejando escapar al djinn envuelto en una coraza de magma. Las balas volvieron a silbar en la capital malagueña, mientras el antiguo demonio destrozaba el alma de todo aquél al que carbonizaba con su mirada.

Fue dejando un rastro de cadáveres mientras avanzaba hacia el lugar que destruiría primero. Hacia el sur, hacia la Catedral de la Encarnación. Sonrió con el rostro deformado en fuego.