El día en que morí

Esas son las cosas que uno recuerda cuando muere abrasado por el fuego. No a los hijos, no a los seres queridos. Recuerda todos y cada uno de los demonios del pasado que fueron sus errores. Mientras el humo entra en los pulmones y abraza desde el interior el diafragma para que este no sea capaz de trabajar, las personas a las que fallaste surgen una a una de tu memoria, huyendo de las grietas donde las habías enterrado años –a veces décadas– atrás.

Cartel «El día en que morí»

El día en que morí empezó como podría haber empezado cualquier otro día, sin que este fuese reconocible en modo alguno por mi poca entrenada cabeza en muertes propias. Me sorprendió un martes a eso de las ocho con una oleada de vértigo.

«Algo iba mal.» Recuerdo que pensé, y me levanté de la cama de un salto. Una mirada al reloj confirmó mi sospecha. Corrí a subir la persiana y el sol en ascenso corroboró la hora.

—Joder, cariño.—Trato de ser comedido en mi ímpetu de tratar de despertar a mi mujer.—Despierta, nos hemos dormido.

Ella despierta asustada, y tarda un par de segundos en ser consciente. Tras ello, corre a quitarse el camisón y a ponerse la ropa del trabajo. Hoy no habrá ducha para ninguno de los cuatro. Corro al dormitorio de los pequeños sin camiseta de pijama y los despierto. Abro su ventana y dejo la puerta abierta para que el frío les espabile. Sé que tardarán cinco minutos en reaccionar a cualquier cosa, y los aprovecho para vestirme y empezar a prepararles el desayuno. Mi mujer, vestida y con un peine en la mano, los lleva a la cocina mientras termino de servir leche y zumo fríos. Unas pocas galletas descansan en cada puesto, pero tan solo los pequeños las tocan.

—Hijos, hoy no hay tostadas, papá se ha dormido.—Beso a mis dos hijos y acaricio la cabeza del pequeño, quien no parece dar importancia al tipo de comida que le ponga.

—Y mamá también.—Ella me besa a mí. Un beso corto, respetuoso y afectivo, que llevamos ensayando los últimos quince años.

Ambos corremos de un lado a otro de la casa mientras los pequeños terminan su frugal comida, y bajamos las escaleras de casas a toda prisa con las mochilas de ambos en la mano. Me las echo al hombro y las meto en el maletero del coche.

—¿Te recogerá Roberto?—pregunto a mi mujer, que está mirando los mensajes de su teléfono mientras hablamos.

—Uf, pues sí, dice que está llegando. Suerte la nuestra.

—Dile que no maneje el teléfono mientras conduce. Podría pasar algo—insisto, y me pregunto en qué momento de mi vida empecé a ser la persona preocupada que soy hoy día.

Ella me vuelve a besar y corre hacia la esquina donde el compañero del trabajo suele recogerla. Yo meto a los pequeños al colegio y arrancamos en dirección al colegio, al que llegamos por los pelos. Para cuando vuelvo al coche, realizo una inspección completa. Cartera, teléfono, monedero, carpeta, cámara de fotos. Está todo. Me miro en el espejo y trato de peinarme.

«Bueno, da igual.» Pienso mientras acelero al trabajo. A la oficina donde moriré.

Al llegar, la puerta abre del mismo modo en que suele hacerlo, y el portero me saluda exactamente como siempre. Nada parece indicar que será hoy el día que muera, no hay ningún cartel que me advierta del peligro, o no soy bueno como para ver esas señales.

Subo a la segunda planta y trabajo la mitad de la mañana en mi puesto. Tras el almuerzo, recojo todo y bajo al sótano, donde me toca trabajar testando máquinas el resto del día. Lo cierto es que se agradece el fresco y la soledad. Arriba, donde un teléfono suena cada minuto, concentrarse es complicado, y varias veces he bromeado sobre trasladar todo mi trabajo al subsuelo.

Quizá sea por eso por lo que no escuché el sonido de las sirenas, o las luces de emergencia. Hasta el momento en que el humo entró por el sistema de ventilación, estaba firmemente convencido en que el sótano tendría algún sistema de aviso.

Mi alarma interior volvió a sonar por segunda vez en un solo día cuando olí el humo, mucho antes de que este fuese visible. Corrí escaleras arriba, haciendo el ruido característico por los escalones de chapa, y abrí la puerta al pasillo. La única puerta del sótano.

La temperatura era sofocante. El pasillo era un naranja interminable de fuego y calor. A lo largo de más de veinte metros, el suelo, paredes y techo ardían con la fuerza del fuego. Este crepitaba y bailaba, haciendo que la propia estructura del edificio crujiese.

Retrocedí, cerrando la puerta detrás de mí, y busqué algún lugar dentro del sótano donde estar a salvo. Por supuesto, no lo encontré. Seco y lleno de papeles, el sótano era el lugar perfecto para que el fuego me consumiese. Y tan solo tenía una salida, bloqueada por las llamas.

Fue entonces cuando ella volvió a mi memoria. Mi primer amor. Ese al que uno no termina de renunciar pero acaba por escurrirse entre los dedos de las manos durante la juventud. Los errores cometidos, las palabras mal dichas, lo que pudo haber sido. Mientras el sótano se va llenando de humo procedente de otras plantas, mi mente divaga por las experiencias de una vida que no llegué a tener.

Me invaden recuerdos que hubiese creado si hubiese tomado otros caminos. Conversaciones de vidas que no me permití, y que incluso negué, llegan ahora a mi garganta con la fuerza del deseo de haberlas vivido.

Despierto varias veces, tosiendo, y pierdo el sentido otras tantas. Es curioso. Ahora, desde la distancia de estar muerto, pienso que en ningún momento mis hijos o mi mujer vinieron a la memoria cuando agonizaba. Nada de lo que había conseguido parecía más importante que lo que pude haber sido si hubiese sido diferente.

Me giro en este espacio vacío tras la muerte, y percibo cómo mis recuerdos son borrados uno por uno, reducidos a chispas de sentimientos básicos. Luego, todo se apaga durante un tiempo. Estoy ciego, pero percibo voces y movimiento a mi alrededor. Sensaciones cálidas de placer de seres que me quieren. Me cuidan y sustentan, y eso es suficiente.

Tras aquello, la claridad irrumpe en mi nuevo cerebro, uno que llenaré con nuevos recuerdos y en el que no conservo los antiguos. El brillo es cegador, y lloro. Pataleo y gimo mientras alguien me levanta, lejos de las personas que me dieron el cariño que necesitaba para crecer.

—Es un niño.—Oigo mientras siento unos brazos fuertes y conocidos sobre mí.

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