El dueño de todas las ventanas rotas

Qué voy a pensar. Cuando el dueño de todas las ventanas rotas te hace una pregunta tú contestas lo que él quiere oír, no lo que piensas. Y me ha preguntado que si creo que el poder corrompe. Vaya que si corrompe. Corrompe y destroza todo aquello que toca, aniquila la voluntad de las personas y rompe familias y países al completo, rajándolos por la mitad y creando islas de desesperación y soledad. Desesperación para los que están fuera del poder, y soledad para aquellos que lo tienen.

cartel «el dueño de todas las ventanas rotas»

—No—consigo contestar con un nudo en la garganta.

El dueño de todas las ventanas rotas me mira desde su trono de madera –una especie de mueble reconvertido- y sonríe. Sabe que me hace temblar, que me tiene acojonado. Sabe que por una palabra suya yo soy hombre muerto, y que si salgo de aquí con vida, esta será suya.

—¿No?—pregunta, jugando con mi futuro cadáver. El muy hijo de puta se lo está pasando bien. Lo sé, está disfrutando mientras yo solo puedo taparme los genitales y soportar el frío de la piedra helada bajo mis pies.

Me han traído hace unos minutos, desnudo, desde una pequeña habitación en el sótano en la que he pasado tres horas de esta noche de mierda. De vez en cuando, toso por el frío que ha calado en mi cuerpo y que no me deja pensar con claridad.

—No, Señor Juan.

—¡Señor! Nada de eso, Óscar, tú eres un amigo aquí, llámame Juan a secas.

Los amigos no encierran a los amigos desnudos, maldito cabrón.

—No, Juan, no creo que el poder corrompa.

Él sonríe de nuevo desde su trono de mierda, mira a uno de sus esbirros y asiente con la cabeza. Alguien, desde algún punto de la oscuridad que nos rodea, me lanza ropa que apresuro a ponerme. No es mi ropa, pero me da igual. Me visto lo más rápido que puedo mientras el dueño de las ventanas rotas me observa divertido.

—Lo mismo que pensaba yo. ¿Sabes por qué has pasado la noche ahí abajo, Óscar?—pregunta Juan.

—No, se… Juan. No lo sé.

—Has pasado la noche ahí abajo porque alguien me había dicho que eras tú quien trataba de arreglar las cosas que se rompen en el barrio.—Hace una pausa y me mira casi son afecto. El muy capullo está loco como una cabra, pero es el que manda. Y el resto solo podemos obedecerle.— Pero no eras tú. Al final hemos encontrado quién era, y le hemos dado una paliza. Ya sabes que no me gusta matar a la gente, es muy engorroso y sale caro.

Me quedo ahí de pie mirándole con cada de bobo. Siempre he tenido la misma cara de idiota, me lo ha dicho mil veces mi mujer. Cara de buena persona, de no entender el mundo. «Tú vales mucho, Óscar, pero intenta que no te pongan entre la espada y la pared, que pierdes». Pues ahora estoy contra dos paredes con espadas incrustadas dentro, y ambas quieren abrazarme.

No tengo ni idea de quién dio el chivatazo, ni a qué persona de mi pequeño equipo revolucionario han cogido, pero sé que como esa persona hable yo soy hombre muerto. Claro que he sido yo quien ha limpiado parte de la ciudad, y seguiré haciéndolo mientras siga vivo. La gente como Juan se aprovecha del caos que desata el caos, y de la facilidad con la que todo se va a la mierda en muy poco tiempo.

Cuando vino hace cinco años al barrio, su estrategia no pasó por traficar con droga o extorsionar a los vecinos. No, Juan es mucho más listo que todo eso, aunque vista como si fuese pobre y hable como un paleto. Durante casi dos meses, se dedicó a grafitear todos y cada uno de los edificios, rajar ruedas de coche y quemar contenedores. Durante más de seis meses, no dejó de romper el barrio en todos los sentidos, hasta el punto en que las viviendas se devaluaron y los vecinos empezaron a irse, preocupados por algo que aún no había venido a visitarles.

Tras ello, empezó a regalar las viviendas que no eran suyas a las mafias que las ocupaban. Se convirtió en el eje de la vorágine de mierda que arrastraba, y esta le hizo ascender en la jerarquía. Disneylandia tiene una norma, obligatoria para todos sus empleados, y la tiene por un motivo. Les obligan a recoger hasta el mínimo papel del suelo. Todos, porque saben que el mínimo papel da pie a otros papeles. El dueño de las ventanas rotas anima a la gente a ensuciar, a romper, a descuidar, a convertir el barrio en un tugurio. Y lo ha conseguido.

Hace meses que la policía no entra. Hace meses que el ayuntamiento ha decidido suspender la recogida de basura, que ahora corre a cuenta de una mafia menor que se queda con todo aquello que pudiese resultar de valor y tira el resto a orillas del barrio. Han convertido esta parte de la ciudad en una zona sin ley, y unos pocos hemos decidido, desde dentro, parar toda esta locura.

—Ahora vete a casa, Óscar, que tu familia te estará esperando—dijo, recalcando familia con el retintín que solo puede atribuir a una amenaza.

El jersey que me he puesto está al revés, y la etiqueta me pica sobre el pecho. Agacho la cabeza con un solemne gesto de agradecimiento, y me voy con mi cara de bobo. A organizar lo que quede de una resistencia que se está viendo perseguida por una persona en forma de agujero negro que devora el civismo. He decidido que voy a matar al dueño de todas las ventanas rotas.