El equilibrio del último cielo

Me lleva arriba del todo, muy por encima de los cuchitriles donde acostumbro a vivir y trabajar. Me lleva al cielo, por supuesto, para restregármelo por la cara. Y no entiendo por qué. Su ascensor privado desde la Avenida Vístula tarda casi media hora en llegar arriba y, aunque podríamos haber cogido el tren vertical que le deja a dos minutos andando de una de las puertas de su casa, el muy capullo me obliga a acompañarle y a sentir el cambio de presión gradual que aportan los tres kilómetros de altura.

Cartel «El equilibrio del último cielo»

—Lleva todo el invierno nevando, ¿lo sabías?—me dice con lo que intuyo es cierto tono de desprecio en su voz.

No, claro que no lo sabía, malnacido hijo de puta. He olvidado la última vez que vi el cielo por última vez. ¿Fue en el colegio? ¿O acaso con aquella modelo con la que estuve? Me cuesta trabajo focalizar, y separar la verdad de la mentira en mis recuerdos. Hace demasiado tiempo, y supongo que nunca tuvo la importancia suficiente. Quizá fuese todo mentira, pero soy incapaz de discernirlo. Niego con la cabeza, haciendo uso de mi cara de póker.

Y el ascensor sigue subiendo. En algún momento, cuando la basura de conversación pretenciosa que mantenemos se vuelve aburrida, aumenta la tensión. Y entonces le pregunto algo que sé que responderá encantado.

—¿Tienes jardín?—indago, sabiendo que sí, que lo tiene porque antes ha mencionado cómo a su mujer le encanta ver las flores tardías en verano.

—Doscientos metros cuadrados de jardín.—Sonríe, y yo le sonrío del mismo modo, supongo que ambos pensando en hundir esa sonrisa de gilipollas en la cara del otro mediante un puñetazo bien dirigido.—Protegido, por supuesto, con su cúpula de presión y termorreguladora. ¿Te imaginas el desastre ahora, con este tiempo? No, no, los jardines hay que protegerlos. Generan atmósfera, y eso es bueno, ¿no?

Ha sido lo único coherente y legalmente apropiado en las casi dos horas con él por la ciudad. Conozco a Carlos desde que era pequeño, pero nuestros caminos se separaron siendo jóvenes. Él ingresó en la policía, y yo acostumbraba a acampar en las celdas de su comisaría. Dos ascensos después ya no era divertido que nadie cubriese tu espalda en los arrestos, y traté de enmendarme. Sin éxito, claro. Ratas de alcantarilla como nosotros no se enmendan. Solo parecen cambiar. Nadan con la cabeza fuera del agua, haciendo uso de la cola y las cuatro patas para no hundirse en las turbulencias del mundo, y pisan todas las cabezas que sean necesarias para estar donde están.

Y el mundo era turbulento. Joder, el mundo era una puta mierda. Tras la cuarta Gran Guerra, las fronteras se borraron, y Colonia Luna Dos y Marte fueron anexados al territorio terrano sin que nadie se sintiese cómodo del todo, pero sin que ningún idiota se quejase. Los necesitábamos, y ellos nos necesitaban a nosotros. Demasiada gente.

En la Tierra se había alcanzado el récord de cien mil millones de personas el año pasado, y en la Luna y Marte, sumados, habían nacido ya la mitad. El problema de ser demasiada gente era el espacio. Nunca sobra. Y mientras que en la Tierra los edificios eran altos y trataban de comerse el cielo, en la Luna abundaban las cúpulas, y en Marte los edificios subterráneos. Cavernas de kilómetros de profundidad para dar cabida a todos.

Tierra enviaba aire, Marte comida y la Luna energía en un equilibrio que ningún idiota se atrevería a tocar. Demasiado delicado como para que nadie hiciese ninguna tontería al respecto. Y, en todos los planetas se cumplía la llamada «ley de la altura». Cuanto más arriba, más rico. Si podías ver el cielo o las estrellas, eras el rey. Y Carlos era el rey. Lo era, al parecer, desde hacía algunos años, cuando su fotografía comenzó a circular por la Red. Ahora lo tenía delante, por fin, y solo sentía la urgente necesidad de perforar su vientre con la hoja de doce centímetros que tengo para ocasiones especiales. No sé si por envidia, o por lo que alguien como él representaba para la escoria de la que provengo.

El ascensor alcanza su vivienda y se detiene, pidiendo de nuevo una autorización triple. Aliento, huellas dactilares al azar y reconocimiento de voz de una frase aleatoria. En cuanto la compuerta se cierra detrás de nosotros, Carlos adquiere un tono ceniciento, languidece delante de mí y denota el cansancio que me ocultaba. Que ocultaba al mundo. En un segundo, mis ganas de asesinarlo brutalmente desaparecen. Se tumba en el sillón de la entrada, ignorando la luz blanca y pura del sol llenando la sala contigua.

—¿Te apetece verlo?—pregunta, haciendo un esfuerzo monumental por levantarse y acompañarme a la terraza.

Es una terraza interior, por supuesto, como lo son todas en Europa del Este. Carlos no mentía, bien podía caber cinco veces mi apartamento de un solo cuarto aquí dentro. Pero, viéndole abatido, no pude sino preguntarme cuál era la verdadera razón de haberme llamado. Hacía días había recibido su invitación para el restaurante del que veníamos, tras años de no comunicación entre nosotros. Pero todo parecía alegre, vivaz, despierto.

El Carlos que tengo ante mí da la impresión de haber envejecido diez años desde la comida, y se abate sobre uno de los bancos del jardín, mirando con lo que parece lástima a la Luna, allá arriba. Desde aquí pueden incluso distinguirse las manchas de construcción sobre los cráteres, y las líneas de cosechado del helio-3.

—Carlos, ¿qué ocurre? ¿Para qué me has llamado?

Me mira a los ojos. Esos ojos amargos y tristes que recuerdo de nuestros encuentros en su comisaría. Solo que eros eran mis ojos, observando desde la celda e implorando perdón por lo que habían hecho.

—Necesito un favor.—Sitúa una pequeña holoesfera en el suelo y una proyección guiada desde su terminal aparece frente al sauce, ocultándolo. La proyección es nítida, y parece casi sólida. A escala real, una fotografía tridimensional llena el espacio. Nos encontramos en una sala de reuniones formal, pero con cortinas y ropajes cálidos. Hay una mesa, en la que varios embajadores hablan mientras apuran los restos del café. Está el gordo de Martin III en representación de la Luna; O’Petrelli, la representante de Marte, con el turbante rojo cálido con el que suele acudir a estos encuentros, y Carlos con las insignias de Tierra en el hombro. Condecoraciones de Estado.

—No sabía que eras embajador. Solo sabía que andabas metido en política de asuntos exteriores.

—Diplomático—corrige con un apagado todo de voz mientras recorre con la mirada el resto de la sala proyectada frente a nosotros.

En el extremo de la sala, parcialmente a oscuras, dos mujeres y un hombre parecen hablar y reírse estáticos.

—La mujer del fondo es Chi Li Xial, la larguilucha con exotraje es la representante de los Territorios Independientes del Cinturón, con su marido. La otra es mi mujer, quizá la reconozcas de alguna foto en la que sale conmigo. Que no te engañe, yo soy la cara visible, pero ella es el genio del mal tras mi poder—sonríe con tristeza, acercándonos a la zona del fondo—. El problema en esta imagen es la señorita Xial. Su gobierno, de hecho.

Me mira a los ojos de nuevo, y la imagen desaparece. El sol vuelve a iluminar el espacio y a llenar el ambiente de vida, solo para retirarla cuando Carlos habla.

—Los TIC poseen tecnología de energía avanzada. Mejor que el Helio-3. Han encontrado algo en alguno de sus planetoides, aunque desconocemos cuál, o qué puede ser. Siempre hemos sabido que usaban algún tipo de energía alternativa, pero no a gran escala. Y, desde luego, no útil en planetas grandes. Pues nos equivocábamos. Tratan de venderla al mejor postor, y eso va a destrozar el equilibrio solar. Si se la venden a la Tierra, la Luna caerá y, tras ella, Marte entrará en guerra por nuestra energía. Si se la venden a Marte, será la Tierra la que sufrirá escasez. Parece que tenemos que elegir. Un Marte frío o una Tierra con hambruna. Y, luego, la guerra.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Mi mujer hizo algo más que apoyar mi carrera durante todos estos años. Me colocó en el lugar preciso para aceptar el trato que nos ofrecen desde el Cinturón. Un trato del que no puedo escapar sin hundir mi carrera. Si lo cojo, seré un traidor a los ojos del resto de planetas y me mandarán asesinar casi seguro. Si no, mi mujer me destronará, ocupará mi lugar y aceptará el trato. Lo han planeado todo desde hace décadas. Quizá desde el mismo Éxodo. Quizá por eso se fueron de la Tierra todos a vagar por el Sistema Solar. Pensábamos que daban tumbos de asteroide en asteroide. Quizá sabían algo que nosotros desconocemos.—Mira al cielo.—Necesito que mates a mi mujer, que la descubras como un agente doble por su cuenta y la convirtamos en el chivo expiatorio para reforzar la paz con el gobierno del cinturón. Obligarles a admitir a mi mujer como un cabo suelto que actuaba por sí misma. Necesito que evites una guerra.