El exterior

El sonido de su propia respiración socavaba a cada bocanada la voluntad de seguir trabajando en la esbelta superestructura suspendida en mitad del vacío. Deseaba soltarse, dejar todo a un lado, hacerse un ovillo y flotar hasta ser rescatada. En lugar de eso, la realidad aguijoneó el cerebro con una pequeña inyección de adrenalina.

Exterior

«No, idiota, no habrá rescate» pensó mientras percibía cómo una gota de sudor rodaba por su mejilla.

Los dedos, húmedos de su propio sudor dentro del traje espacial, parecían moverse en el exterior ajenos a su conciencia, pilotados por la experiencia por la cuál había sido llamada al trabajo. Una tras otra, realizaba todas las soldaduras y reparaciones necesarias sobre los dañados conductos sin necesidad de focalizar cada una de las

—Anna, tienes que ser tú, no confío en ningún otro técnico.—Unas horas antes, Daren estaba preocupado. Tanto como nunca le había visto con anterioridad, ni siquiera después de la muerte de su mujer dos años atrás, en las minas de sal. Pero ahora no hablaba él, sino su desesperación, la ilusión de salvar quinientas vidas y el miedo por poder perderlas.

—Si voy a ser yo quien salga, quiero que metas a mi familia en un bote salvavidas.

—Ya sabes que no puedo hacer eso, Anna.—Daren negaba con la cabeza. Él no tenía el poder de sacar a ninguno de los patrocinadores de sus cápsulas para meter a la hija y el marido de un técnico en ellas, ni siquiera si se trataba de la familia del mejor técnico en soldadura y reparación en el espacio que había tenido la Federación.

—Daren, prométemelo.

—Anna, te prometo que cederé mi puesto a tu hija llegado el caso, pero no puedo hacer nada por Miquel.

Antes de que terminase la frase, Anna ya estrechaba su mano.

—Daren, es una promesa. Si no la cumples te prometo que encontraré la manera de matarte.—Anna no estaba tirándose un farol. Acostumbrada a un entorno masculino desde muy pequeña había tenido todo tipo de trabajos basados en la fuerza bruta, incluido el de matar a quien se interpusiese en su camino. Esta expedición era el billete para ella y su familia a una vida aislada y sin problemas, o su tumba. En el espacio exterior ambas caras de la moneda eran terríblemente probables.

Avanzó flotando a la esclusa de salida y se embutió en el traje con el que había trabajado en las reparaciones ocasionales los últimos once meses. Ajado pero funcional, serviría para la tarea aunque fuese la última que realizase. A quince días de alcanzar el puerto orbital ganimediano, un aumento de presión había destrozado todos los conductos que transmitían la energía a los compartimentos vitales. De no ser reparados, todos morirían congelados en menos de un día sin esperanza de que la ayuda llegase con el tiempo suficiente.

El puerto orbital de Ganímedes había enviado una pequeña flota de voluntarios, la mayoría de ellos en pesados vehículos de construcción, en el momento en que la explosión había sido detectada. Tardarían aún cinco días en llegar, dándoles una oportunidad para reparar en la medida de lo posible los conductos dañados, y rescatando todas las cápsulas salvavidas posibles. Pero el grueso de la tripulación no eran patrocinadores del viaje, y por tanto no tenían derecho ni opción a entrar dentro de los nichos.

Anna había salido al espacio con otros tres técnicos y llevaban trabajando más de ocho horas. Habían estado trabajando desde entonces todos a excepción de Dan, quien tras dos desmayos había sido llevado de nuevo al interior. El joven y entusiasta técnico no estaba preparado para la combinación de una nutación y precesión severas. Y ahora disponíamos de ambos en grandes cantidades. Trasladar al técnico al interior les había costado más de una hora, y la temperatura de la nave ya rondaba los doce grados en la mitad de la novena hora de trabajo. Sin un medio de calor interior, empezarían a sufrir congelación en cuestión de un par de horas más, y comenzarían a morir en menos de seis.

Dos veces habían empalmado varios conductos y dos veces habían vuelto a reventar, llevándose consigo gran parte de los repuestos de la nave en cada prueba. Entre el módulo de baterías y el habitacional había una distancia de cincuenta y siete metros que albergaban repuestos, velas solares y varios módulos auxiliares. A lo largo de quince metros, los tubos habían sido destrozados por la explosión, dejando tan solo la estructura base de carbono enriquecido y una miríada de pequeños objetos flotando junto a la nave. Si el eje no hubiese soportado las tensiones, de nada habría servido el paseo por el exterior.

Pero el nervio de cremallera que recorría como un eje la nave tenía la fuerza suficiente como para aguantar explosiones similares e incluso mayores. Tan solo se había curvado dos grados por el empuje tras la explosión y no tenía visos de romperse pronto ni de manera fácil. Las detonaciones secundarias apenas lo habían marcado. El eje aguantaba.

Llegando a la hora número nueve y desafiando el máximo de cinco horas continuos para los trajes, la última prueba de carga modulada había dado esperanzas a Anna y a la tripulación de que esta vez el conducto aguantaría.

Anna realizó las últimas conexiones y levantó el pulgar derecho mientras se ponía a cubierto ayudada por sus compañeros. A un lado, Tomas flotaba grabando la escena. La cámara frontal de Anna hacía varias horas que había perdido energía y había dejado de transmitir. Desde la sala de control, un jefe de motores cubierto con varias mantas encima se incorporó sobre los mandos, esperó a que Anna se hubiese alejado y dio la señal de arranque al flujo de energía.

Cinco cubiertas más lejos, veinte personas que se abrazaban para retener el máximo calor notaron el cambio de temperatura de la estancia y la renovación del aire. La unión solo necesitaba funcionar durante cuatro días hasta que las primeras naves pudiesen intercambiar aire caliente con la Axis y calentar el espacio mientras los remolcaban. Tendrían que resistir algo menos de cien horas más.

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