El final del bosque

Estaba preciosa. Sobre unas piernas firmes reposaba un busto que albergaba aún la potencialidad de la adolescencia. Vidya había llamado mi atención la primera vez que la vi semidesnuda. Hasta entonces, solo había sido una joven de aquél bosque de locos, en los que sus habitantes vestían gruesos abrigos para cubrirse del viento que atravesaba la fina capa de árboles. Se bañaba en el río Godaan con tan solo un paño recubriendo desde el vientre hasta la mitad de los muslos. Sin el pudor que gobernaba nuestra sociedad, ella se giró y sostuvo mi mirada cuando avancé hacia su figura. Sus ojos eran del mismo color blanco que su piel y cabello, y la sombra de unos pechos aún sin formar hicieron que mi pudor ganase en aquella ocasión, bajando la mirada.

Cartel «El final del bosque»

Cinco años más tarde, con la arboleda exuberante de verde, abrazo a Vidya en nuestra unión. El resto de los comensales se han ido de la celebración, y ella y yo reposamos en la única vivienda que he construido en mitad de su poblado. El resto de camas duermen a la intemperie, rodeadas quizá por algunas mosquiteras y círculos de piedra de las fogatas. Yo requiero más intimidad que eso mientras la beso y le hago el amor por primera vez. Por la mañana, la cubro con las muchas mantas que poseo y que la protegen del frío de la mañana, y acaricio su piel. Con el paso de los años, esta ha oscurecido levemente, en especial junto a los pechos y la vulva –recuerdo al pensar en ella en el río. Salgo afuera y camino entre el resto de sus hermanos, apilados en el suelo junto a la cabaña, y pienso en padre. No ha venido a la ceremonia de unión. Tan solo mis tíos y mi hermano menor han honrado la alianza entre nuestros pueblos. Sé que la gente del bosque no sigue nuestras costumbres, y en cierto modo es aquello con lo que Vidya llamó mi atención por primera vez. Ellos son puros. No roban, no construyen, no poseen. Respetan el bosque y a sus habitantes, mientras nosotros nos dedicamos a luchar, quemar y destruir. Ellos solo queman para calentarse las ramas, frutos y hojas caídas. Nosotros talamos el extremo norte para abastecer las hogueras de la aldea que crece allí. Mi hermano ha venido por respeto a mi figura, pero ha marchado irritado con la unión, como si tras esto le hubiese perdido. Espero que no haya sido así.

Vidya corre mucho más rápido que yo con la lanza. Aun a pesar de llevar en su vientre a nuestro segundo hijo, se agazapa y salta con una agilidad que la gente como yo no poseemos. Persigue a la presa a unas diez zancadas por delante de mi, y reconozco que me cuesta seguir su ritmo. Esquivo una rama baja y escucho el gruñido del jabalí al que tratamos de dar alcance. Sus manos –que sostienen una lanza corta- son mucho más duras de lo que yo hubiese pensado de verla por primera vez, y aunque los músculos apenas sí parecen formar parte de su estructura, es capaz de inmovilizarme con las llaves que su padre la enseñó. Su fortaleza reside en una voluntad que nunca había visto durante mi juventud, en la que las mujeres embarazadas se quedaban en casa a la espera del buen tiempo, y solo los hombres salían de caza. El bosque está perdiendo su follaje con la llegada del frío, y corremos por el resbaladizo suelo de un bosque cubierto de hojas naranjas, humus y otros desperdicios de la naturaleza. La densidad de los árboles baja mientras nos alejamos al extremo del mismo, y Vidya se detiene en seco mientras el jabalí sale al pastizal. Cien metros más allá, la ciudad empieza, elevando las chimeneas al claro amanecer. El gorrino corre hacia las casas mientras mi pareja detiene mi carrera junto a ella. Si cualquiera de nosotros cruza el umbral del bosque, será visto como una agresión a la gente que un día fue mi familia y a los que ya no reconozco. El poblado ha crecido mucho, convirtiéndose en una ciudad con un camino de piedra y con casas de dos pisos. Aquí y allá se escuchan los sonidos de las forjas. Busco de manera instintiva alguna cara conocida, pero todos son extraños para mí. Gente nueva que han venido a seguir talando el bosque. Vidya me empuja con suavidad hacia nuestro campamento. Volvemos. Hemos perdido la pieza.

El bosque escupe fuego a nuestro alrededor, y lloro mientras corro con mi tercer hijo en brazos. Él no deja de gritar mientras el aire se llena de humo, cenizas y brasas que queman nuestra piel y hacen arder el manto del bosque. El viento viene hacia nosotros, y los habitantes de la ciudad lo han usado para abrasar todo el valle. Y expulsarnos. Durante los últimos años, las tensiones han crecido entre la gente del bosque y los ciudadanos. Estos demandan más espacios para sus pastos y más madera para sus chimeneas. Ahora lo han conseguido. Observo por el rabillo del ojo a Vidya. Aún conserva la belleza que percibí en ella hacía hoy casi treinta años. Pero protege su sonrisa un aura de tristeza que arrasa con el bosque mientras corremos por nuestra vida. El espíritu vivaz del que me enamoré ha sido cubierto por la capa de ceniza que ahora amenaza con ahogarnos, y me temo que ella observa el mismo fenómeno al mirarme. No puedo sino sentirme culpable de la suerte del que ahora es mi pueblo, y me pregunto qué hubiese ocurrido si nunca los hubiésemos descubierto tantos años atrás.

Mi hermano, mi padre y mis dos tíos caminaban junto a mí mientras cargábamos los dos rifles de caza. Para mi hermano, era su primera cacería, mientras que yo había salido con padre durante varios años en los bosques cercanos. Caminamos durante horas sin ver una sola presa, hasta que la encontramos. La muchacha se hallaba en mitad del rio, sin vernos debido a la maleza. A cincuenta metros al norte, se podía advertir a veinte indígenas más, todos ellos pálidos y cubiertos de pieles. Mi hermano levantó uno de los rifles, apuntándoles, y mi padre lo bajó con violencia. No íbamos a matar a ninguno de ellos.

—Serán buenos trabajadores para nuestros campos—dijo, mientras sacaba soga de su bolsa. En aquél momento, al verla a ella, hice un trato con mi padre. La vida de aquellos subhumanos a cambio de toda la herencia que me correspondiese. Renunciaría a todo aquello que fuese mío en el momento de la muerte de mi padre –lo único que yo poseía- en favor de mi hermano si me permitían quedarme con toda la aldea. Mi hermano, satisfecho con un buen negocio, defendió mi idea. Mis tíos, hermanos pequeños de mi padre, acataron su orden, fruto de un capricho de su hijo mayor.

Vidya y su gente pasaron a ser de mi propiedad, no así las tierras en las que vivían. Las mismas que mi hermano, como gobernador de la aldea, mandó quemar con nosotros dentro.